La Maldición de la Diosa (La Reina y la Heredera 1) 1. Capítulo 1 #3
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1. Capítulo 1 #3

En la cama, Valda yacía enredada entre las sábanas de satén, durmiendo tranquila.

No había dormido en su cuarto desde el incidente dos semanas atrás.

No porque tuviera miedo (o eso decía), sino porque no quería que su madre estuviera sola.

Rionach había intentado ocultar su sonrisa cuando Valda se lo había informado.

Su Valda, su pequeña tormenta, con una personalidad tan grande como el cielo mismo, siempre velaba por ella. Pero con la muerte de su padre, Rionach temía que esa personalidad se marchitara.

Había creído en Brontes cuando él le había hablado de su sueño: sobre Valda y el heredero del Reino del Mar, sobre la unión y la revolución a través de Gaia.

Aunque Gaia era diversa, la idea de que los reinos se unieran debido a un lazo de pareja del alma, o incluso por un matrimonio común, era inaudita.

Pero nada de eso importaba ahora. Todo lo que importaba era que su dulce tormenta había sido privada de conocer a su pareja del alma.

Un golpe suave en la puerta interrumpió sus pensamientos. Rionach se giró justo cuando alguien empujaba para abrirla. Arwin entró con aspecto cansado, su mano apoyada en la empuñadura de su espada. Ella se estremeció al ver las ojeras bajo sus ojos. ¿Hacía cuánto este hombre no dormía bien?

—¿Todavía estás despierto? —preguntó Rionach, cuidando de no despertar a Valda.

—Todavía trabajando —corrigió él—. Solo quería ver cómo estaba antes de retirarme por la… —Los ojos de Arwin se desviaron hacia Valda—. Ah. La nena está aquí.

—¡Ah, si! —Rionach miró a su hija—. No quiere separarse de mí.

—No la culpo —murmuró Arwin antes de carraspear—. Rionach…

—Necesito un informe completo de lo que pasó en el Reino del Mar —dijo ella, levantándose de su escritorio—. Un informe bien detallado.

La mirada de Arwin cayó antes de asentir.

—Y lo tendrá, pero no hay mucho en qué indagar.

—Se apartó de la puerta, cruzó hacia la sala de estar de la recámara y se dejó caer en el sofá.

Abrió las piernas ocupando casi todo el espacio.

Luego exhaló, cerrando los ojos y echando hacia atrás su cabello plateado.

—Todavía tengo barcos llegando desde las Islas de Agenor. He recibido reportes de marejadas ciclónicas que destruyeron algunas embarcaciones en el camino de regreso. —Se frotó el lado marcado de su rostro—. Seguimos perdiendo gente…

—Hacía años, décadas incluso, que el Reino del Mar no enfrentaba un huracán así.

—Uno pensaría que estarían listos, pero no lo estaban… —Negó con la cabeza antes de fijar su mirada en Rionach—. ¿Y si fue un castigo?

—¿Un castigo por qué? —Rionach resopló—. ¿Y por qué habría de caer cualquier castigo sobre mi pareja? —Suspiró—. ¿Por qué borrar a la familia real mareña, especialmente con la profecía?

Arwin se giró ligeramente para esconder su rostro de ella. —Quizás… las Moiras se equivocaron.

Rionach se tensó de inmediato. —Blasfemia…

Encogiéndose de hombros, Arwin se levantó del sofá y caminó en silencio hasta la cama, donde Valda aún dormía profundamente. Los músculos de su espalda se relajaron al mirar a la niña. Se inclinó para apartarle un rizo oscuro de la frente, antes de enderezarse de nuevo.

—Se parece tanto a él —dijo en voz baja.

Rionach tragó con dificultad y sonrió. Sí, Valda era una copia de su padre.

Con su cabello oscuro, ojos color miel, piel dorada por el sol y pecas esparcidas por el rostro, los hombros y el pecho, no cabía duda de que sería la próxima reina.

Sin embargo, cada vez que Arwin mencionaba la semejanza de Valda con su pareja, ella percibía resentimiento en su voz.

Decidió apartar ese sentimiento por ahora. Recordó a Brontes y cómo había sido verlo por primera vez: cruzar miradas y sentir de golpe el torrente, la conexión inmediata…

Valda nunca viviría eso. Rionach suspiró y caminó al otro lado de la cama antes de acostarse junto a su hija. La acunó entre sus brazos y le besó suavemente la mejilla. Valda no despertó; al contrario, se acurrucó más contra su calor.

El colchón se hundió cuando Arwin se sentó con ellas, mirándolas intensamente.

Por mucho que deseara empujarlo y decirle que se fuera…

no podía evitar apreciar su presencia, sobre todo cuando se preocupaba tanto por ellas.

Su mano volvió al cabello de Valda. La acarició con suavidad antes de soltar un suspiro cansado.

—Lo siento, Valda —Arwin murmuró, con la voz temblorosa.

—¿Por qué?

Los labios de Arwin se entreabrieron, como si quisiera contestar enseguida, pero se mordió el labio inferior y se levantó de la cama.

—¿Porque no conocerá a su pareja del alma?

Arwin frunció el ceño. —No —respondió con indiferencia—. Muchísima gente vive toda su vida sin encontrar a su pareja del alma.

Sus ojos claros, penetrantes, la traspasaron. Rionach desvió la mirada.

—Muchos esperan hallarla en su próxima vida —Arwin se encogió de hombros nuevamente—. Reza con ella y mantén la esperanza de que la encontrará. —Los pasos del general fueron lentos y calculados mientras se dirigía hacia la sala y luego a la puerta.

La mandíbula de Rionach tembló, sin saber si hablaba con burla o en serio.

Raan no estaba seguro de lo que sentía su pareja. En lo profundo del pecho podía percibir su emoción y su miedo, pero también la aprensión.

Saha, su pareja desde hacía quince años, estaba de pie junto a la mesa del comedor, observando a la bebé mareña.

Maris estaba envuelta en sábanas de satén que él había comprado antes de regresar a casa.

Las pequeñas manos y pies de Maris se estiraban hacia el candelabro que colgaba del techo de madera.

Por un momento, Raan miró a Saha. Sus manos estaban cerradas en puños y presionadas contra su estómago, como si no supiera si debía o no tocar a la niña.

Cuando Raan había llegado y atado el caballo afuera de su hogar, antes de poder tocar la puerta, su esposa ya la había abierto, quizá sintiendo su presencia minutos antes de su llegada a través del lazo.

Antes de que pudiera lanzarse a sus brazos y recibirla con un beso, ella había notado el bulto en su abrigo.

Su sonrisa desapareció por un segundo cuando él entró y colocó a la bebé sobre la mesa.

Ahora, se miraban como si ninguno supiera qué era un bebé, a pesar de ser lo que más habían deseado desde el inicio de su vida juntos.

—Eso definitivamente es un bebé —exhaló Saha, frotándose las manos contra sus pantalones de algodón sueltos—. ¿Cómo…? —Se rascó la nuca y pasó la mirada de Maris a Raan—. Este…

—La encontré afuera del Castillo Tritón —empezó Raan, acercándose—.

El general Arwin había dicho que no había sobrevivientes tras el colapso del castillo, pero…

—Extendió su mano, rozando con un dedo la de Maris.

Ella se aferró a sus dedos y Raan rió ante la fuerza de la bebé.

«¿Quién sabe? Quizás algún día será una gran soldada».

Se estremeció al pensarlo. Quizás se estaba adelantando demasiado.

—Estaba en la orilla, rodeada de agua. Como si el mismo Poseidón la hubiera mantenido a salvo. Yo no podía dejarla allí, mi amor. Los barcos ya se estaban yendo, así que la metí en mi chaqueta y salí.

—¿Y sus padres? ¿Nadie la reclamó?

Raan le explicó todo: que nadie había dicho que le faltara un bebé y que los huérfanos serían cuidados, aunque la mayoría acabaría en un hogar temporal. Para él, era mejor quedarse con la niña. Al fin y al cabo, ¿no era tener un hijo uno de sus mayores deseos?

Maris no sería de su sangre, pero Raan ya sentía que la amaba.

—¿Entonces… nos la quedamos hasta que alguien aparezca?

—Si aparecen —murmuró él, ambos con la mirada fija en la hermosa bebé.

Un silencio se adueñó de la habitación, interrumpido solo por los chillidos felices de Maris.

—Tiene un lunarcito en la cara —dijo Saha, rozándole la mejilla izquierda, justo debajo del ojo—. Como yo, mira. —exclamó, señalando la marca en su barbilla.

Raan rió, le tomó el rostro y le besó la mandíbula. —Si no fuera por el cabello azul, diría que es tuya.

La risa de Saha se apagó. Se mordió el labio inferior y apartó la vista de Maris y de Raan. —Si vienen a buscarla, voy a estar devastada, Raan.

Él asintió. No quería admitirlo, pero a él también se le rompería el corazón.

Sujetándole la cintura a Saha, la giró para mirarla de frente.

Ya sabía lo que ella sentía antes de que pronunciara palabra alguna.

El lazo les permitía sentir al otro sin necesidad de hablar.

Suspirando, apretó su figura más pequeña contra sí y le besó la sien.

—Nadie la va a reclamar.

—¿Cómo puedes estar tan seguro? —preguntó ella, aferrándose a la camisa de él.

—Porque no voy a dejar que nadie te la quite. Te lo juro.

Saha se separó lo suficiente para volverse hacia la niña. Con manos temblorosas, la alcanzó.

—La llamé Maris.

Los labios de Saha se curvaron en una sonrisa mientras levantaba a la bebé de la mesa. —Maris Era… —pronunció el nombre con orgullo.

Sintiendo el calor extenderse por su pecho, Raan suspiró con satisfacción y rodeó con sus brazos a su pareja y a su nueva hija.