La Maldición de la Diosa (La Reina y la Heredera 1) 1. Capítulo 1 #2
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1. Capítulo 1 #2

Por ahora, su prioridad era mantener a la bebé abrigada.

—¿Qué pensará Saha cuando te vea? —murmuró mientras el mar rugía, golpeando con fuerza el casco. La madera crujió y el corazón de Raan se aceleró en respuesta.

—Poseidón, por favor, permíteme regresar con mi esposa —rezó, apretando a la bebé contra su pecho—. Ouranós, déjame ver el sol una vez más.

Desde el rincón donde había decidido descansar, un soldado compañero soltó una risa burlona .

Raan arqueó una ceja tupida. —¿Qué te pasa a ti?

—No sé qué me da más risa: que no te decidas a qué dios rezarle o que estés rezando en lo absoluto.

Raan negó con la cabeza y bajó la vista hacia la niña, cuyos sollozos se habían calmado por el momento.

—Hablas como si los dioses no existieran, mi pana.

—Se fueron hace tiempo.

—O eso creemos —refutó Raan, pero el hombre rió y le dio la espalda.

—¿Ya se te olvidó la Gran Desaparición?

La Gran Desaparición de los dioses había ocurrido siglos atrás.

Se habían ido, dejando a un puñado de mortales con sus poderes.

Los más fuertes habían usado esos dones para reinar sobre los demás y así habían nacido los reinos.

Pero Raan seguía creyendo que los dioses estaban presentes, escuchando aún, maldiciendo a quienes lo merecían y bendiciendo a quienes obraban bien.

—Yo no estaba hablando contigo, así que métete en lo tuyo —dijo Raan.

—Aunque los dioses siguieran por ahí, yo ni loco les estaría rezando ni pidiendo nada.

Raan bufó y agitó su mano con desdén, volviendo su atención a la bebé envuelta dentro de su abrigo. Contempló sus rasgos: como todos los mareños, la niña tenía rizos azules finos sobre su coronilla y ojos del mismo color. Era hermosa. Estaba seguro de que Saha la amaría tan pronto como la viera.

—Primero tenemos que llegar vivos a casa —susurró a la niña, con una sonrisa cansada pero brillante. Apoyado contra la pared de madera, Raan suspiró fuerte mientras el vaivén del barco lo arrullaba hacia un sueño ligero.

Aún podía oír las conversaciones a su alrededor. Soldados y rescatistas intercambiaban teorías sobre lo ocurrido. Algunos decían que era mala suerte: hacía décadas que las islas del Reino del Mar no recibían una tormenta así. Otros aseguraban que los dioses los habían castigado.

Cuando el barco por fin llegó a la orilla del Reino del Cielo, un soldado le dio una palmada en la pierna para despertarlo. Raan jadeó suavemente y apretó a la bebé contra su pecho. No lo admitiría en voz alta, pero ya sentía el deber de protegerla.

—Llegamos, Era. Vamos.

Raan asintió y lo vio subir a cubierta.

—Ya estamos en casa, mi niña—murmuró, revisando dentro del abrigo para encontrar a la bebé sonriendo con ganas y manoteando al aire en un intento de tocarle la nariz—.

Bendito sea Ouranós, debes estar muerta de hambre.

Te conseguiré fruta en cuanto salgamos de aquí.

—Selló la promesa besándole la manita. Su barba negra le acarició los dedos y ella chilló de alegría.

Subió a cubierta y descendió del barco. En el muelle ya había ayudantes del Reino del Cielo. Mesas grandes de madera servían para registrar nombres, pueblos y familiares cercanos de los refugiados.

Raan apretó el bulto con un brazo y con la mano opuesta tocó la empuñadura de su espada. Él y su esposa llevaban tiempo intentando tener hijos. Encontrar a esta niña le parecía una bendición de los dioses. Pero si tenía padres, debía haber alguien buscándola.

—Vamos a buscar a tus padres, ¿sí? —Raan cojeó entre la multitud densa de mareños y celestinos.

La herida en el muslo le ardía a cada paso.

El aire se sentía cargado de desolación, duelo y miedo.

Vio a mareños abrazándose al encontrar vivos a sus seres queridos, y también madres y esposas desplomándose al confirmar la muerte de sus hijos o parejas.

Raan tragó con fuerza al pararse frente a una escribana celestina.

—Soldado —lo saludó una mujer de mediana edad, inclinando la cabeza—. ¿Qué tiene para mí? —preguntó, mojando su pluma en tinta para luego fijarse en el bulto dentro del abrigo.

Raan se tensó, decidiendo si debía mostrarle a la bebé. Antes de alejarse, vio a un padre abrazando a su hijo adulto, gritando de felicidad. La situación lo envolvió por completo. Entonces, se volvió hacia la escribana y abrió el abrigo, mostrando a la niña.

—La encontré abandonada afuera del castillo. Estaba sin ropa, sin nada que la identificara.

Los ojos de la mujer se abrieron de par en par, y Raan no supo si por la belleza de la criatura o por la sorpresa de que alguien la hubiera dejado sola.

—¿Había cadáveres cerca? ¿Alguno que pudiera ser de sus padres?

Raan negó con la cabeza. —Era como si la hubieran dejado ahí para que muriera en la orilla. Yo recién acababa de revisar las ruinas del Castillo Tritón y… no había nadie.

La mujer se mordió el labio inferior, pasándose la pluma por la quijada.

—Hoy he recibido demasiados huérfanos en esta mesa.

—Su mirada pasó de la niña a Raan—. Puedo encargarme de ella, pero dudo mucho que vayamos a encontrar los familiares.

Una beba tan pequeña, dejada así… —Negó con la cabeza y señaló un grupo de niños—.

Justo ahora recibí a dos hermanos gemelos, una nena y un nene…

Perdieron a su mamá al atracar. Esto ha sido bien fuerte .

Los huérfanos estaban sentados aparte, lejos de los demás mareños. A Raan se le revolvió el estómago. Había niños de todas las edades, desde infantes hasta adolescentes: todos rotos, llorando, golpeados, muertos de frío.

La mujer suspiró con resignación. —La puedo recibir y…

—¿Puedo quedarme con ella?

Ella inhaló profundamente, miró a la niña y se encogió de hombros. —Si alguien aparece diciendo que tiene un bebé de esa edad, tendré que contactarlo para investigar. —Sacó un libro grande, lo abrió y mojó la pluma nuevamente—. ¿Cuál es su nombre completo, soldado?

—Raan Era. Soy guardia de Oberón.

—¿Dónde vive?

—En las afueras de Cressida.

La mujer asintió mientras escribía. —¿Tiene pareja?

—Sí. Mi pareja se llama Saha Era. —No pudo evitar sonreír al pensar en su esposa, su alma gemela. Se preguntó cómo reaccionaría al ver a la bebé. ¿Se enojaría? ¿Le pediría que la devolviera?

Un balbuceo suave interrumpió sus pensamientos. Miró hacia abajo y vio a la niña chupándose el dedo.

—¿Tiene algo de comida que pueda darle? Debe estar muerta de hambre.

—Les daré comida a ambos enseguida. Necesito que me diga su nombre.

Raan frunció el ceño. —¿Perdón? ¿Nombre? ¿De la nena?

—Lo necesito para el registro. Puede ponerle un nombre ahora mismo. —La escribana se rió por primera vez, y su sonrisa torcida le trajo a Raan un poco de consuelo. Hacía tiempo que nadie le sonreía—. Quizá algo relacionado con su herencia. No queremos que olvide sus raíces.

—¡Claro! —Raan le devolvió la sonrisa y se tomó un minuto para pensar. Lo había puesto en aprietos; era difícil elegir un nombre para otro ser humano. Suspiró, dándole la espalda para observar a su alrededor en búsqueda de inspiración.

Las olas golpeaban las rocas cerca del muelle. Dos barcos más se acercaban, probablemente cargados de refugiados.

—¿Qué tal Maris ? —sugirió por fin.

—Maris… suena hermoso. Maris Era —aprobó la mujer.

Raan asintió con decisión. —Maris Era. —Le gustaba también. Sonaba bonito.

—Perfecto. —La mujer cerró el libro y se levantó—. Espéreme aquí. Ya vuelvo con comida para usted y la bebé Maris.

Raan la observó alejarse hacia las cajas de provisiones. Maris hacía burbujas de saliva, jalando la ropa sucia de Raan. La escribana regresó con un odre de agua fresca y una caja con frutas, carnes secas, pan y queso. Raan hizo un esfuerzo por tomarlos mientras acomodaba a Maris en sus brazos.

—Muchas gracias.

—El Reino del Cielo hace lo que puede por nuestros hermanos y hermanas del Reino del Mar. Esa hermosa niña merece una buena vida, y estoy segura de que la encontrará con usted, Raan Era.

Un nudo se formó en la garganta de Raan.

Lo tragó con fuerza y bajó la cabeza en señal de agradecimiento antes de despedirse y alejarse cojeando.

Encontró un rincón tranquilo, lejos de los barcos.

Se sentó y acomodó a Maris contra él. La niña tenía edad suficiente para sentarse sola mientras él sacaba algo de pan para ofrecerle.

Con sus manitas regordetas, Maris lo tomó y se lo llevó a la boca.

Raan rió quedito y repitió la acción. Ella comió todo lo que le ofrecía y no fue hasta que se quedó dormida que él finalmente probó bocado.

El rugido del mar borraba las voces en el muelle. Raan se lo agradecía. No hubiera soportado seguir oyendo los lamentos. Estaba decidido a conseguir un caballo después de comer, ya que lo único que quería era estar en casa con su pareja y con Maris.

Rionach se frotaba las sienes para aliviar la tensión mientras escribía otra carta a los reinos aledaños. Las cartas eran cortas y directas: el Rey Brontes Aither había muerto y al parecer la familia real mareña también.

Era difícil poner el anuncio en palabras.

Su estómago se retorcía cada vez que escribía el nombre de su pareja.

Tragó con fuerza, dobló el papel y lo selló con cera, estampando el símbolo de su dios patrón Ouranós.

Lo dirigió al Reino Vulcano y lo hizo a un lado antes de empezar su última carta, destinada a Harmonia .

Rionach deseaba poder sentir algo más que un vacío en el pecho. Porque si tuviera el corazón roto, eso significaría que había un corazón que sanar. En cambio, lo único que sentía era la pesadez de la ausencia.

Escuchar sobre la ruptura de un lazo de pareja era una cosa; sentirlo cuando ocurría era otra.

Despertar con ese dolor punzante, seguido por  un silencio absoluto era algo que nunca olvidaría.

Con un suspiro pesado terminó la última carta.

Guardó meticulosamente su papelería, no sin antes secarse las mejillas y la nariz.