La Maldición de la Diosa (La Reina y la Heredera 1)
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1. Capítulo 1
L os gritos de la Reina Rionach se filtraban por las grietas del viejo Castillo Oberón.
Junto con el aire frío de la mañana, llegaron hasta la alcoba de Valda.
La niña despertó de una sacudida y cayó de la cama.
Corrió hacia la puerta y pegó su oreja a la gruesa madera.
Al escuchar pasos del otro lado, se preguntó si debía asomarse.
No se suponía que lo hiciera. Su madre siempre le había dicho que se quedara en su cuarto si escuchaba bullicio afuera.
Pero nunca había mencionado qué hacer si era ella quien gritaba.
Valda jaló el cerrojo y abrió la puerta. Los guardias que estaban parados a cada lado la miraron sorprendidos de verla despierta. No se suponía que saliera de su cuarto tan tarde en la noche. Debía esperar a que una criada la despertara.
Pero su madre la necesitaba. No era normal escucharla gritando.
Ignorando las miradas de los guardias, Valda corrió por el pasillo tan rápido como sus cortas piernas lo permitieron.
Ellos la siguieron, sus armaduras repicando detrás.
La cámara real no quedaba lejos, pero esa noche sintió como si lo estuviese.
Los guardias que normalmente custodiaban la entrada no estaban allí.
Al empujar la puerta, su confusión se disipó al ver al general en jefe del ejército del reino.
Arwin se giró despacio hacia ella, con el rostro lleno de marcas. Su armadura de cuero estaba rota, inutilizada. Valda, aún con apenas seis años, arrugó la nariz ante el distintivo olor a sangre.
—Valda… —su voz ronca espetó en un susurro.
—¿Ella está aquí?
Valda miró a su madre. La joven reina estaba sentada al borde de la cama, con el semblante empapado en lágrimas. Valda abrió la boca, pero Arwin la cargó en brazos, interrumpiéndola. El olor a sangre se intensificó y ella lo empujó en un intento por alejarse del mismo.
Por suerte, su madre se levantó de la cama y la jaló de los brazos del general. Valda recibió un beso lloroso y se abrazó fuerte a su cuello, escondiéndose de Arwin y su apariencia destrozada.
—¿Qué le pasó? —preguntó Rionach, acariciando la espalda de Valda.
—Tienen que ir al salón del trono —respondió Arwin.
El agarre de Rionach sobre Valda se tornó más fuerte. La niña miró a su madre y luego a Arwin, cuyo rostro se ensombreció.
—¿Qué le pasó a mi pareja, Arwin?
Él no respondió. Sólo se enfocó en Valda. Ella se revolvió incómoda en los brazos de su madre. La cara de Arwin daba miedo. Aunque muchas criadas decían que era guapo, ella no encontraba belleza en ese rostro, cuyo lado izquierdo estaba marcado por una cicatriz profunda.
—Arwin, ¿qué le pasó a Brontes?
Él sacudió la cabeza. —Vine a buscarla porque la necesitan en el salón del trono…
—¡Está muerto! Lo sentí… Sentí el lazo romperse.
Arwin asintió e intentó agarrarla, pero Rionach lo apartó de un manotazo y corrió por el gran pasillo, pasando soldados heridos y criadas preocupadas.
Valda se aferró al cuello de su madre hasta llegar a la entrada del salón del trono. Con respiración temblorosa, Rionach empujó la puerta pesada, llamando al rey.
—¿Brontes?
El cuerpo del rey yacía sobre una plataforma de mármol, rodeado de hombres moribundos y heridos.
Con la empuñadura entre sus manos, la Espada Celestial reposaba sobre su pecho.
Aunque sus ojos estaban cerrados, Valda sabía que ese sueño no era normal.
Entendía lo que era la muerte. Sabía que cuando alguien fallecía caía en un sueño profundo del que nunca regresaba.
Su padre, que lucía tan golpeado como Arwin, estaba ahora en ese sueño de muerte.
El general entró a continuación, sujetando su costado como si estuviera herido. Miró a Brontes, luego a Rionach y por último a Valda. Su mirada se suavizó y le tembló la mandíbula.
¿Acaso él… iba a llorar también ?
Valda frunció el ceño al caer en la realidad.
Su padre estaba muerto. Brontes Aither, Rey del Reino del Cielo, yacía sin vida frente a sus ojos.
—¿Mamá? —Valda jaló la blusa de su madre, que, con la mirada perdida, apenas se sostenía en pie. Al no obtener respuesta, volvió a tirar de la tela, pero su madre ya no estaba allí. En su lugar sólo quedaba una figura vacía.
Entre los sollozos de los guerreros, los pasos torpes del general retumbaron en sus oídos. Alcanzó a verlo pasarse los dedos por el cabello plateado, tocando en el camino la cicatriz de su cara. Luego posó el brazo sobre Rionach para guiarlas de vuelta a la cámara real.
—Vamos a comenzar los preparativos para el entierro del rey —susurró Arwin cuando quedaron a solas.
—¿Cómo murió? —Rionach por fin pudo hablar.
Arwin negó con la cabeza. —El Reino del Mar fue destruido. Un huracán…
—No puede haber sido un huracán —Rionach lo apartó, tocándole el costado. Arwin gimió de dolor y se echó hacia atrás—. ¿Tú lo vistes? Un huracán no haría eso. ¿Qué pasó?
Arwin se alejó aún más, agarrando sus manos con fuerza para que no lo tocara otra vez.
—Arwin… —Era extraño oír el nombre del general en la boca de su madre. Valda no recordaba que alguna vez lo hubiera llamado así—. ¿Qué pasó?
Valda también quería saberlo. Su padre era un hombre fuerte, robusto, el mejor luchador de todos los reinos. Temido por muchos, respetado por todos. ¿Cómo podía un huracán quitarle la vida?
—Ahora no —susurró Arwin, mirando primero a Rionach y luego a Valda. Se limpió las manos en los pantalones antes de ofrecérselas a su madre—. Déjeme ayudarla —dijo, cargando a Valda en sus brazos.
Valda se abrazó a su cuello sin pensarlo. No se había dado cuenta cuánto necesitaba un abrazo, algo de consuelo.
La mano pesada del general le sujetó la espalda, subiendo hasta la nuca. Valda hundió su rostro en el hueco de su hombro y Arwin la sostuvo, igual que lo hacía su padre cuando estaba a punto de llorar.
Cuando Arwin la apretó contra él, Valda sintió la presión de un objeto contra su torso. Con curiosidad, lo sacó del peto de cuero del general. Resultó ser una manzana dorada y brillante.
Arwin se la arrebató y la escondió en sus pantalones antes de sacudir la cabeza. La estaba regañando en voz baja cuando Rionach comenzó a sollozar nuevamente, llamando una y otra vez al rey.
El pecho de Valda dolía al ver a su madre alejándose, luego de haber intentado en vano suprimir su llanto.
—Llora todo lo que necesites, niña. Yo estaré aquí —dijo Arwin, mirando a Valda y luego dando un paso hacia Rionach—. Para las dos…
El silencio llenó la habitación, hasta que Rionach gimió: —¿Qué pasó con el Reino del Mar? ¿Con la Reina Anfítrite…?
Arwin le acarició la espalda a Valda con dedos pesados y temblorosos. Ella se apartó para mirar a su madre. Lágrimas frescas bajaban por sus mejillas.
—La familia real no sobrevivió —dijo Arwin con voz grave.
—¿Qué? No… —Rionach miró a Valda, su corazón rompiéndose nuevamente.
—El castillo colapsó.
Rionach se sentó al borde de la cama y Valda corrió a abrazarla por la cintura. Su madre nunca lloraba frente a ella. Siempre sonreía cuando estaba cerca de su padre. Verla así le revolvía el estómago, porque de algún modo sabía que desde ese día sus sonrisas serían contadas.
—No pueden estar muertos, Arwin —dijo Rionach, con labios temblorosos—.
Las Moiras le hablaron a Brontes en un sueño.
Le dijeron que Valda se casaría con el heredero del Reino del Mar.
Que los reinos se unirían, Arwin… —Rionach sacudió la cabeza, tocando la mejilla de Valda.
Más lágrimas corrían por su rostro—. ¿Ella no va a encontrar a su pareja?
—Rionach —Arwin susurró el nombre de la reina como si fuera un secreto. Sus botas resonaron en la cámara mientras se arrodillaba junto a Valda—. Brontes sólo tuvo un sueño. No debemos tomarlo en serio… Ellos se han ido. Todos los dioses se han ido.
—Pero… ellos tienen que comunicarse de alguna manera, ¿verdad? Sin ellos estamos perdidos. —Sus ojos se abrieron con un destello de esperanza—. ¡El Oráculo! Elles pueden usar su bendición y decirnos si Valda encontrará a su pareja.
—Escúchame bien, Rionach. Te lo repetiré si hace falta. —El lado marcado de su rostro se estiró en una amarga sonrisa. Levantó a Rionach del suelo y la abrazó fuerte, apretando sus cuerpos peligrosamente cerca. —Yo cuidaré de ustedes dos…
Raan Era no estaba seguro de cómo le iba a decir a su esposa que había rescatado a una niña mareña —una bebé de no más de un año—.
Iba de regreso al Reino del Cielo. El mar, por fin, se había calmado lo suficiente para permitir que los barcos dejaran la orilla.
Miles de mareños iban hacinados en naves rumbo al Reino del Cielo.
No podían quedarse en su tierra. La tormenta había destruido sus casas, puentes y cosechas.
No tenían adónde más ir. Podían quedarse a intentar reconstruir o marcharse para hacer una vida en otro lugar.
Por ahora, lo que necesitaban era comida, agua y techo, y los otros Reinos de Gaia los acogerían.
La destrucción en el Reino del Mar no era como nada que Raan hubiera visto antes.
Era como si los dioses mismos hubieran descendido, recuperando lo que les pertenecía y arrasando con todo para empezar de nuevo.
El Castillo Tritón no había tenido la menor oportunidad cuando las olas lo golpearon, seguidas de una tormenta eléctrica más allá de lo imaginable.
Cómo Raan había podido encontrar a esa niña era un misterio, pero él no iba —no podía— dejar que una beba muriera.
Le resultaba extraño que la criatura estuviera allí, entre las ruinas del Castillo Tritón, sola y expuesta a la fría lluvia y a los fuertes vientos.
Los oleajes ciclónicos que habían destruido el castillo también deberían haber acabado con su vida, y sin embargo vivía.
Quizá había sido protegida por el mismísimo Poseidón.
Raan ajustó su abrigo y miró hacia abajo, frunciendo el ceño ante los chillidos de la niña. Palpó sus pantalones, buscando con qué alimentarla, pero no tenía nada. Solo quedaba esperar a que el barco atracara a salvo.