La Maldición de la Diosa (La Reina y la Heredera 1) 4. Capítulo 4 #3
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4. Capítulo 4 #3

—Kayden. —Valda suspiró y miró por encima de su hombro. El azul había desaparecido.

—Tu mamá me dijo que te buscara.

Valda inhaló hondo, apretando la mandíbula.

—¿Para qué?

—Tiene un regalo para ti. Y hablando de madres, no estabas coqueteando con la mía, ¿verdad?

—Con las madres no.

—Sí, claro, con las madres no, pero ella te estaba coqueteando y juraría que tú estabas correspondiendo… ¡Hey! Pon hazme caso que te estoy hablando! ¿Qué estás buscando? —preguntó Kayden, volviéndose para seguir la mirada de Valda—. ¿Viste a alguien?

—Vi, pero ya no está. Te juro que vi a otra mareña que no era la que Madre invitó.

—Bueno, dudo que se vaya tan pronto. —La tomó del brazo y la giró hacia el estrado—. Vamos.

Valda se acercó al trono y los asistentes callaron cuando su madre reparó en ella.

Se puso de pie, juntó las manos delante y Arwin hizo una reverencia profunda.

Detrás de él, otro guardia le ofreció una caja larga de madera.

El sello del Reino del Cielo estaba impreso arriba.

Arwin tomó la caja y se colocó junto a la reina .

A Valda se le encogió el estómago. Sabía lo que había dentro y jamás pensó que sería ella quien recibiera tal obsequio. Con los ojos abiertos y los labios entreabiertos, miró a su madre, que la rodeó con los brazos y la apretó con fuerza.

—He querido darte esto desde hace tiempo, Valda —dijo su madre, separándose para tomarle las mejillas y bajar su rostro para besarle la frente—. Sé que tu papá habría querido dártelo él mismo, pero en su ausencia, haré lo que debo.

Valda se mordió el labio inferior para detenerle el temblor. Entrelazó las manos para que no le vibraran. Miró a Arwin, cuya fachada impasible hacía poco por calmar su emoción.

—Princesa Valda Aither. Como futura reina y protectora del Reino del Cielo, te entrego el arma que blandió tu padre.

Arwin dio un paso al frente y Rionach abrió el pestillo, levantando el gran cofre de roble.

Una ola de anticipación y reverencia recorrió a Valda.

Dentro, reposando sobre un lecho de terciopelo rojo, estaba la legendaria Espada Celestial.

Transmitida de generación en generación, el arma irrompible había sido empuñada por los descendientes directos de los mortales elegidos.

La empuñadura llevaba la marca de Ouranós, cuyo poder y fuerza, se decía, impregnaban la hoja con su legendaria potencia. Era sabido que solo quienes llevaban la marca de los dioses en la frente podían blandir la Espada Celestial. Si alguien más intentara tocarla, se le quemarían las manos.

Lentamente, Valda se acercó al cofre, con la mano temblándole de anticipación.

Sabía que Ouranós la había elegido para empuñar esta arma poderosa, porque llevaba la marca en la frente desde su vigésimo primer cumpleaños, un día que siempre recordaría por señalarle la realidad de su responsabilidad y el peso que la acompañaba.

Con una inhalación profunda, Valda metió la mano en el cofre y tomó la empuñadura. Cuando sus dedos se cerraron sobre esta, una oleada de poder le recorrió las venas.

Los asistentes vitorearon cuando Valda alzó el arma por encima de la cabeza, con la hoja reluciendo.

Rionach aplaudió antes de volver hacia Arwin. El general le entregó la vaina para portar la pesada espada.

Aún maravillada por su regalo, Valda envainó la espada y se la ató a la cintura. Su atuendo de guerrera parecía completo.

—Hoy, en tu vigésimo quinto cumpleaños, tú, Valda, tomas posesión de la Espada Celestial.

El amuleto pasado de generación en generación.

Quien la empuñe debe usarla siempre para proteger al reino de fuerzas internas y externas, poniendo el bienestar del Reino del Cielo por encima de cualquier cosa.

¿Tú, Valda Aither, tomas la Espada Celestial como tu arma, comandando su poder para el bien y para la paz?

Valda respiró hondo nuevamente, expandiendo el pecho y cuadrando los hombros. Apretó la empuñadura y asintió antes de decir: —Juro por mi vida usar los poderes de la espada para el bien y para la paz.

Otra oleada de vítores inundó la sala del trono mientras la princesa y la reina se abrazaban. Rionach le apretó la cara a Valda y le palmeó los brazos antes de indicarle que volviera a la fiesta.

Valda no podía creer que ahora fuera dueña del arma de su padre. Perdida en la inspección de la empuñadura, no notó a cierta joven frente a ella. Hasta que finalmente, su brillante cabello azul aguamarina la sacó del zumbido a su alrededor y, por un momento, todo se paralizó.

—¡Avanza con las bebidas! —dijo Melvian mientras limpiaba una bandeja vacía y Maris batallaba para abrir una botella de vino.

—¡Eso trato!

—Bueno, si no estuvieras asomando la cabeza cada rato para intentar mirar a la princesa, quizá ya habrías abierto un par de botellas más. —El tono de Melvian le resultaba molesto; aunque Maris la quería, a veces podía ser mandona.

—No la estaba mirando.

—Nunca dije que lo hubieras logrado. Gracias por confirmarlo. —Melvian suspiró mientras colocaba las copas llenas de vino en su bandeja—. Que sigan saliendo.

Al fondo de la sala del trono, dentro de la antecámara que daba a la cocina, el caos de mantener el ritmo de la fiesta era abrumador.

Maris lo intentaba, pero recargar las bandejas vacías con copas llenas y abrir botellas de vino se estaba volviendo agotador.

Preferiría estar allá afuera sirviendo antes que aquí haciendo todo el trabajo.

Si estuviera allí, al menos podría intentar acercarse a Arwin; tal vez podría agarrarlo a solas y hablarle cuando nadie mirara. Salir también significaba que quizá se toparía con la princesa, cosa que no le molestaba .

Frunció el ceño ante sus propios pensamientos mientras destapaba otra botella de vino espumoso. Rápido vació su contenido en copitas más pequeñas y delicadas.

Melvian había ido y vuelto, y Maris decidió que era buen momento para tomar aire.

De puntillas, asegurándose de que nadie la mirara, asomó la cabeza por las cortinas hacia la sala del trono. Buscó entre los cientos de invitados. Había mucha gente con atuendos de distintos reinos. Mientras sus ojos recorrían el lugar, notó a la reina sentada en el trono y, a su lado, a Arwin.

Los ojos del general estaban fijos en un punto que no era la reina. Metió la mano en el bolsillo y sacó lo que parecía ser una esfera dorada.

Entornando los ojos, Maris dio un paso más afuera, tratando de distinguir qué sostenía. No fue hasta que él se llevó el objeto a los labios que logró ver qué era.

Una manzana dorada.

¿Por qué tenía ese objeto y por qué lo besaba con reverencia?

Una criada pasó junto a ella, obligando a Maris a dar unos pasos atrás para no chocarla. Cuando volvió a mirar, Arwin ya no estaba. Maris maldijo por lo bajo mientras lo buscaba entre la multitud. Fue entonces cuando la vio.

Ahí estaba. La princesa Valda, de pie frente a… ¿otra mareña?

Maris frunció el ceño; nunca había interactuado con otra mareña en su vida. La mujer que hablaba con la princesa era hermosa: piel bronce oscuro, cabello azul claro y una sonrisa que deslumbraría a cualquiera.

Su pecho se contrajo; de repente, no quería otra cosa que ir hacia esa mujer y apartarla de la atención indivisa de Valda.

Una palmada repentina en las nalgas la sacudió de su ensoñación. Con un gritito, Maris se volvió hacia Melvian, que la miraba con un gesto molesto.

—Perdón, ¿me hablaste?

—¡Sí! Necesito que saques esto —dijo Melvian, entregándole a Maris una bandeja con copas de distintos tamaños, todas llenas hasta el tope.

Su corazón palpitó con más fuerza.

—¿Quieres que salga allá afuera? —Había demasiada gente, y aunque estaba acostumbrada a servir en una taberna, servir en una fiesta real era algo completamente distinto.

Sus padres siempre la habían mantenido lejos de grupos tan grandes como el de la sala del trono. No podía evitar ponerse nerviosa.

—Supuse que se te daría mejor repartir las bebidas que llenar las copas.

—Melvian suspiró mientras tomaba ella misma otra bandeja—.

Ni se te ocurra tropezar o chocarte con alguien.

Eso es despido inmediato — advirtió, metiendo más bebidas en la bandeja de Maris—.

Mantén los ojos en las manos de la gente.

Fíjate si están vacías. Sonríe. —Melvian le enseñó una sonrisa falsa—. Así.

—Nena, yo sé fingir una sonrisa. Bastante que lo hice en mi trabajo anterior —dijo Maris, intentando ocultar que estaba a punto de hiperventilar.

—Entonces ya sabes que, si no estás pendiente, estás frita.

Maris abrió la boca para objetar, pero Melvian tenía razón: no le estaba prestando mucha atención a lo que hacía.

—Eso pensé. —Señalando con la barbilla, Melvian le indicó a Maris que la siguiera por la entrada de la sala del trono—. ¡Dale!

La música se desvaneció hacia el fondo de su mente mientras concentraba su mirada y estudiaba los rasgos de la mujer. Ella sonrió y Valda frunció el ceño en confusión.

—Feliz cumpleaños, Su Alteza —ronroneó la mujer en tono burlón.

Valda suavizó la expresión y ladeó la cabeza mientras admiraba su belleza. Una mareña, de pies a cabeza. Sin embargo, al mirar a sus ojos, Valda dio un paso atrás, parpadeando al notar una distintiva irritación surgiendo en el centro de sus ojos.

—El Oráculo habló. Hoy conocerá a su pareja. —La mujer inclinó la cabeza, su sonrisa extendiéndose dulcemente—. ¿Ya la conoció, Su Alteza?

Valda mantuvo los ojos fijos en los de la mujer, esperando que algo surgiera dentro de ella.

Esperó la plenitud, el fuego extendiéndose, pero lo único que sintió fue que algo andaba mal, que no debía estar frente a esa desconocida.

No había conexión, no había vínculo. No había nada. Esa mujer no era su pareja.

—No eres ella —susurró Valda, mientras la quemazón en sus ojos aumentaba.

—No, no lo soy. Y lamento mucho que nunca llegue a verla. Feliz cumpleaños, Valda Aither. Que su dios la sane.