22. Lágrimas en las páginas
Cuando en la vida no tienes otra cosa que un amor incondicional hacia alguien que ha demostrado estar en las buenas y en las malas y que también ha dejado evidente que siente algo parecido hacia ti, negarle verte y hablar contigo puede ser un castigo interior demasiado hondo y duro.
Pero Lucas se ha ido. No sé si quiero hablar con él o ir a casa de Lovise.
La segunda opción es la más adecuada dadas las circunstancias.
Han pasado ocho días desde que estuve escribiendo por última vez hasta hoy.
Han ocurrido demasiadas cosas y no todas son buenas.
Yo diría que hay más cosas malas que buenas.
Al fin sé cuál es el motivo de mi maldición.
Mi caso se ha resuelto definitivamente. Ahora sabemos toda la verdad.
Pero esa verdad se ha cobrado dos nuevas víctimas sin poder hacer nada para remediarlo.
Lucas y yo estamos en Barcelona desde ayer, tuvimos que venir corriendo por miedo a que algo nos sucediera.
Y es que los últimos acontecimientos son demasiado desagradables y peligrosos.
«Más vale prevenir que curar» decía mi abuela.
Así que nos vinimos tan pronto como pudimos.
Si escribo esto es porque necesito desahogarme y que todo quede escrito en alguna parte.
Es mi verdad. Si alguien lee estas líneas algún día, puede creer lo que pone en ellas o no.
Pero yo sé que todo lo que he escrito aquí es la más pura realidad ocurrida durante años de mi vida.
Una vida cargada de injusticias, celos, odios, venganzas y despropósitos.
Pero empecemos por todo lo que pasó hace ocho días, después de decidir acudir a casa de Lovise.
Mi querida amiga Lovise. Ella no merecía un final así.
No lo merecía y es una pena y un pesar que jamás podré sacar de mi cabeza.
Me siento tan culpable que mis ganas de morir no han cambiado mucho aun sabiendo que Lucas y yo podemos al fin tener una relación plena en todos los sentidos.
Aun sabiendo que todos esos suicidios sin explicación no fueron fruto de una maldición extraña, no.
Fueron fruto de una persona malvada y despiadada que no entiende lo que está bien y está mal.
Que dentro de su cabeza debe habitar el más malvado demonio de todos los que hayan existido.
Una persona sin escrúpulos a la que no le tiembla el pulso a la hora de matar a inocentes.
Con lágrimas en los ojos fui a visitar a Lovise, el tema de Lucas y el sexo me tenía agobiada y castigada.
Él no merecía todo aquello; no merecía que se le escondiese toda la verdad, demasiada paciencia estaba teniendo conmigo.
Así que decidí ver a Lovise y después llamar a Lucas para contarle toda la verdad.
Era lo justo si quería que la relación siguiese por el buen camino.
Al llegar a casa de Lovise encontré que Lucas ya estaba allí, hablando con mi mejor amiga.
Me quedé plantada, mirando. Lucas al verme corrió hacia mí, ladrando súplicas que no hacían ninguna falta.
No tenía nada que perdonarle por mucho que lo pidiera.
Él no tenía culpa de nada y estaba en su derecho de saber por qué no podíamos tener sexo.
Entramos dentro y le conté todo. Su cara de asombro no decía nada y lo decía todo mientras yo iba extendiéndome en la explicación.
Lucas parecía ausente pero entero cuando terminé de contar el secreto más amargo de mi vida.
Lovise le abrazó sabiendo que necesitaba soporte emocional para encajar toda la extraña información que le había hecho llegar.
Después él y yo nos fundimos en un abrazo sincero y de gran carga emocional.
Sentimos cercanía, reconciliación, confianza y amor mutuo.
Pero, como siempre, nada es tan fácil como parece ser.
Y aquel sonido de puño golpeando la puerta de entrada nos sacó de aquel momento tan cercano y especial.
Era el peliculero de Bent Meyer, y venía con un cabreo evidente.
Gritaba el nombre de Lucas como un poseso cuando Lovise abrió la puerta.
Pedía su presencia y yo no entendía por qué, pero lo podía imaginar.
Demasiado tiempo desaparecido, demasiado extraño que no hubiese rastro de él de ninguna forma.
Por algún lado tenían que explotar su rabia y sus celos hacia mi amado.
Todo se produjo demasiado deprisa. Como si una posesión infernal se hubiese apoderado de él, sacó su arma y apuntó a Lucas a la cara.
Le propinó una gran patada en la boca cuando este estaba de rodillas en el suelo, con sus manos en la cabeza.
Bent y sus poses peliculeras… Siempre ha sido confiado y cometió el error fatal de encenderse un cigarro y descuidar el arma.
Me abalancé sobre ella sin pensar. El hecho de que Lucas pudiese acabar con una bala entre ceja y ceja no me dejó razonar conmigo misma.
El forcejeo fue rápido, Lovise se unió al mismo, cosa que lamento profundamente.
Lucas también se sumó. Poco después, lo sé, fui yo quien, sin querer, presioné el gatillo y un sonido retumbó en mis oídos.
Mi querida amiga Lovise se desplomó en el suelo, derramando gran cantidad de sangre por su garganta.
Murió pocos segundos después, agonizando, sufriendo como solo ella puede saber.
El silencio que se estableció después de eso y de que Bent saliese corriendo de allí fue el silencio más duro, impotente y crudo que he tenido que soportar jamás con el cuerpo de mi querida Lovise sin vida en la moqueta de la entrada.
Los momentos posteriores fueron demasiado amargos para poder expresarlos con palabras aquí.
Me abalancé sobre el cuerpo de Lovise y lloré como nunca había llorado.
No podía creer que estuviese muerta. Muerta por mi culpa, por la acción de mi dedo sobre el gatillo.
Maldito Bent por presentarse así y propiciar la situación.
Aún no sé qué motivación tuvo para actuar así.
El caso es que ocurrió de ese modo y mi queridísima y leal amiga ya no está entre nosotros.
Maldito Bent, maldito el día en que apareció en mi vida.
Malditos todos los que hicieron posible que esto terminase así.
Solo nos queda recordar lo que un día fue bonito, mantener a Lovise en el recuerdo de un modo lo mejor posible que pueda ser; ella así lo querría.
Hasta siempre, Lovise, siempre serás mi mejor amiga y algún día podremos reunirnos de nuevo, aunque puede que no porque yo tengo ganado el infierno y tú el mejor de los cielos porque siempre tuviste una bondad ejemplar y digna de mención.
¡Maldita yo por haber estado en tu vida y meterte en asuntos que nada tenían que ver contigo! Siempre te recordaré.
Lucas rompió el silencio.
—¡¡Maldito hijo de puta!! ¡¡¡La ha matado!!! —gritó, mirando a una Lovise sin alma.
Mantuve mi silencio, sabía que era mejor que todos pensasen que Bent había sido el que había presionado el gatillo.
Así se lo hicimos saber a la policía, que poco tiempo después ya acordonaba la zona cuando un Jonas abatido y hundido, más que yo incluso, llegaba y entraba corriendo para abrazar el cuerpo sin vida de su mujer.
Gritó que le dejasen verla. Y por mucho que los policías se negasen, sabían que estaba en todo su derecho de verla.
Aquella imagen me tiene atormentada. El bueno de Jonas ya había tenido que soportar la muerte de uno de sus mejores amigos y de su querida mujer, y los dos fallecimientos tenían que ver directamente conmigo, aunque él ni lo imaginase.
Los días posteriores fueron un cúmulo de sensaciones, tristeza, impotencia, rabia, pocas ganas de hablar, bloqueo mental, y muchas cosas más que no puedo expresar con palabras.
Lucas trataba de consolarme sin ningún éxito.
Trataba de ponerme en su lugar y me veía a mí misma como una carga demasiado pesada para que alguien pudiese soportarla.
Pero Lucas demostró, una vez más, ser el hombre que necesitaba para poder superar mis múltiples problemas psicológicos.
Seis días en que no tuvimos noticia alguna de Bent Meyer, cosa bastante extraña también.
Quizá ya estaba en manos de la ley que está por encima de él, simplemente la situación le había superado como a todos los demás.
El caso es que, al sexto día, por la tarde, cuando estábamos en casa tras haber pasado todo el día con la familia de Lovise recibí su llamada.
Una llamada que cambió el curso de los acontecimientos y motivo por el cual, Lucas y yo nos hemos visto obligados a huir de la que ha sido mi ciudad de toda la vida, mi querida Copenhague.
—¡Catrine! —escuché la voz de Bent a través del auricular del teléfono; una voz agonizante. Parecía que le dolía algo.
—¡¡Bent!! ¡Estarás contento…! ¡Lovise está muerta! ¡¡Por tu culpa!! ¡¡Por tu entera y absoluta culpa!! —grité, casi llorando.
Lucas se puso en guardia al escuchar el nombre de la persona que había provocado tanta desesperación en mí.
—¿Qué quiere ese cabrón? —preguntó Lucas—. ¡¡Dame el teléfono!!
Hizo un gesto con la mano para tratar de cogerlo.
—¡¡No, Catrine!! ¡¡¡Espera!!! —suplicó Bent con esa voz quejicosa y agónica—. Hay algo importante que debes saber.
Tenía que escucharle. Bent podía ser un tonto peliculero de pueblo, podía incluso haber provocado que mi mejor amiga estuviese muerta, pero también siempre ha querido ayudarme en todo lo que ha podido.
No podía hacer otra cosa que escuchar esas palabras que tenía que decirme, aunque me pesase y aunque Lucas se mostrase enfurecido al saber que era él el que estaba al otro lado de la línea.
Hice un gesto con la mano, frenando el impulso de Lucas de coger el teléfono .
—Es la última vez que voy a permitirte hablar conmigo, Bent. Más vale que sea algo importante lo que tienes que decirme —me mostré seca y cortante.