21. La verdad más dolorosa #3
—La he cagado, Lovise. Anoche, estábamos cenando…
—le conté lo sucedido, pero cambiando el tema del sexo por el de irnos a vivir juntos.
Lovise me escuchó con atención, pero no mostró asombro por la reacción que había tenido Catrine hacia mí—.
Y ahora no sé dónde está, la he llamado, pero el teléfono permanece apagado.
He estado en su casa, pero no responde nadie.
Estoy desesperado, Lovise. Pensé que estaría aquí, contigo.
Y que no esté hace que mi desesperación sea aún mayor. ¿Qué puedo hacer?
Mendigué su ayuda posando mi mano en su hombro. Era su mejor amiga y yo tenía constancia de que me apreciaba, aunque ese aprecio podía ser por el mero hecho de ser el novio de Catrine.
—Tal vez no puedas hacer mucho más —contestó, posando su mano sobre la mía.
—¿Por qué? ¿Crees que la he perdido?
Casi lloraba.
—No lo sé, pregúntaselo a ella.
Llevó sus ojos hacia algún punto de la calle haciendo ademán ascendente con su mentón.
Me giré y allí estaba ella, cargada con su bolso, con esos vaqueros oscuros que tan bien le sentaban y ese abrigo negro que hacía pensar en que era una diva que cualquier hombre querría tener a su lado alguna vez. Me puse tan nervioso que corrí hacia ella sin pensar en cómo se tomaría mi llegada.
—¡Estaba muy preocupado! ¡¡Por favor, perdóname!! Jamás debí sacar el tema. Por favor, Catrine. Disculpa mi falta de tacto.
Me faltó hincar las rodillas en el suelo para decir todo lo que dije .
Ella me miraba con expresión ausente, seria e intransigente.
Yo la veía desde alguna posición muy inferior.
Daba la sensación de ser una diosa bajada desde el mismísimo Olimpo para darme un castigo bien merecido.
Solo con verla me sentía más tranquilo. Pero no sabía si Catrine quería hablar conmigo.
—Levanta, anda, tonto —y sonrió como solo ella sabe hacer—. No esperaba encontrarte aquí, pero, ya que estás, vamos dentro, he decidido que ha llegado el momento en que sepas el porqué de mi aflicción sexual.
Me levanté, despacio, sin saber muy bien qué decir ni qué hacer. Solo hice caso a sus palabras y pasé a la casa de Lovise como un vagabundo de amor, dando gracias por poder disfrutar de Catrine una vez más.
—Sacaré unas bebidas —dijo Lovise con su habitual calma y serenidad una vez estuvimos dentro.
Catrine y yo nos sentamos en el sofá del salón.
La luz entraba por todas partes desde la calle y mi mundo, hasta ese momento gris, cambió a uno de colores mezclados en armonía.
Catrine estaba a mi lado con sus manos sobre las mías, mirándome con gesto dulce, diciéndome con la mirada que merecía saberlo todo.
Yo no podía dejar de sonreír como un tonto sin más vida que la que le proporciona esa persona especial.
Al llegar Lovise con las bebidas el discurso monologuista de Catrine comenzó y yo me extrañé de que Lovise supiera todos esos secretos mejor que yo, aunque no sé por qué sentí extrañeza; la mejor amiga de una mujer siempre tiene el privilegio de saber todos y cada uno de los recónditos pensamientos de esta, muy a mi pesar.
Una amiga es más importante que una pareja del sexo opuesto, es muy probable que así sea .
Catrine contó su secreto extendiéndose lo suficiente como para hablar de un tal Bent Meyer que no me hizo gracia, pero del que decidí no mencionar nada.
Estaba mucho más sorprendido por la extraña maldición que azotaba a mi preciosa amada y por la cual no podía ni quería tener relaciones sexuales conmigo.
Al fin lo entendí todo, aunque me costase creer las palabras que salieron de su boca.
A decir verdad, no terminé de creerla del todo, pero con todo lo que había sufrido la noche anterior hasta volver a verla no estaba dispuesto a discrepar con ella ni lo más mínimo.
Lovise trataba de consolarme con la mirada, haciéndome pensar que todo lo que Catrine había dicho era la más pura y llana realidad.
Di las gracias a Catrine por haberme contado todo aquel asunto tan desagradable y desgraciado.
También di las gracias a Lovise por haber estado al lado de Catrine en todo momento, apoyándola en todos esos momentos de flaqueza que le habían tocado vivir sin esperarlo.
Lovise se levantó y me abrazó con fuerza.
Me sentí arropado por completo. Catrine lloraba de rabia a mi lado, mostrando lo duro que era contar todo aquello para ella.
Me lancé sobre ella y la abracé hasta casi ahogarla, me devolvió el gesto.
Nos mantuvimos así hasta que un puño sonó repetidas veces, golpeando la puerta de entrada con gran insistencia.
Lovise salió a abrir. Entonces escuché algo que me mantuvo alerta y me despertó gran intriga y respeto. Ese algo era un nombre que salió de boca de Lovise; Bent.
Catrine, cuando escuchó aquel nombre, salió escopeteada hacia la puerta. Yo me quedé expectante, con ganas de salir a ver qué cara tenía ese tal Bent Meyer que tanto había tenido que ver con el asunto que acuciaba a mi amada desde hacía años.
Después de escuchar mi nombre de boca de aquel desconocido entre gritos desagradables que no me gustaron nada salí a conocer a aquel que le había propuesto tantas veces a mi chica tener sexo aun sabiendo que podía morir en el intento.