La maldición de Catrine 21. La verdad más dolorosa #2
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21. La verdad más dolorosa #2

—Pensé que ya te había dicho que cuando llegase el momento te lo explicaría todo. Si no te he explicado nada es porque todavía no ha llegado ese momento. Te dije que serías el primero en saberlo. ¿Por qué me haces esta pregunta? Es muy difícil para mí olvidarlo.

Volvió sus ojos hacia mí una vez hubo terminado de decir todo, pedían comprensión y cambio de tema inminente. Pero yo no estaba dispuesto, esta vez no.

—Tengo derecho a preguntar. Soy el afectado directo de esta situación.

No es que no pueda aguantar. Es evidente, después de diez meses, que podría aguantar una vida entera si es necesario.

Pero, entiéndeme, cariño. Es una incertidumbre y un misterio muy grande para mí.

Me gustaría saber más sobre el tema. ¿No puede ser?

—comí helado buscando una salida a mis palabras, que ya de por sí sabía que no eran adecuadas, sin embargo, seguí—.

¿Acaso no soy tan importante como para que puedas confiar en mí y contarme todo lo que tenga que ver contigo?

Se llevó las manos a su cara y las arrastró, presionando tan fuerte que su carmín de labios se corrió un poco. Ese gesto no me gustó. La desesperación y frustración se hacían notar en ella. No entendía el porqué, y es precisamente lo que buscaba con mi insistencia.

—No sigas, por favor, Lucas. No, no puedo contarte nada, no ahora. Prometo que serás el primero en saberlo cuando llegue el momento oportuno. No sigas, te lo ruego.

Su cara era un remolino de pena y súplica.

Pero yo ya había empezado y no quería parar. Me he arrepentido muchas veces de ello.

—¡No quiero parar! ¡Quiero saber el porqué de esta situación! Soy tu pareja, tengo derecho a saber por qué no puedo disfrutar de tu cuerpo como hace todo el mundo con su pareja.

Me puse serio, estampé la servilleta en la mesa con gesto desairado y cansado.

Catrine se levantó y se puso a andar hacia la salida del restaurante con paso firme. Salí detrás de ella, gritando su nombre. Recuerdo que los demás comensales de la sala nos miraban con gesto cotilla y sorpresivo. Estábamos dando el espectáculo. Un camarero me agarró por el brazo.

—Señor no pueden irse sin pagar —me dijo con voz firme y mirada desafiante.

—Sí, sí —contesté, hurgando en mi bolsillo, buscando la cartera.

Catrine se alejaba sin decir adiós. La situación se me había ido de las manos, por imbécil, por capullo y por muchas cosas más que no merece la pena mencionar.

—¡¡Catrine!! —grité cuando la vi desaparecer por la puerta al fin .

El camarero no soltaba mi brazo, con un aspaviento conseguí soltarme para poder abrir mi cartera y dejar mucho más dinero del que hacía falta sobre la mano del camarero cabrón.

Salí corriendo del Hibiscus, pero Catrine ya no estaba, no había ni rastro de ella por ninguna parte.

La llamé, pero su teléfono daba señal de incomunicado.

Solo podía haber ido a su casa. Así que allí me planté, aporreando el timbre desde abajo.

Golpeé la puerta de su casa con el puño después de que un vecino llegase y pudiese colarme dentro del edificio.

Pero Catrine no respondía. Parecía que no estaba allí.

Desistí y me fui a dormir con una pena igual o peor a cuando alguien pierde a un ser querido con una muerte sufrida y agónica. Apenas pude dormir.

A la mañana siguiente lo primero que hice fue llamarla de nuevo, pero el teléfono seguía apagado.

Con una fuerte preocupación y sentimiento de culpabilidad me planté de nuevo en su casa, tocando al timbre con insistencia.

Allí no parecía estar, así que solo había un lugar en el que ella se cobijaría ante una situación así; la casa de Lovise, su mejor amiga y fiel confidente, la cual me caía de maravilla y era una de las personas más buenas que he tenido el placer de conocer.

Era tan buena que no era capaz de mentir bajo ninguna circunstancia, y si lo hacía, debía haber una razón de peso excesivo para que ella terminase diciendo cosas que no se corresponden con la realidad.

Estaba siendo un domingo bastante gris y no precisamente porque hubiese nubes de ese color en el cielo.

Gris estaba mi cerebro, gris era mi vida si Catrine no estaba en ella, y gris era mi sentimiento de culpa por haberme aventurado a decir aquellas palabras e incluso elevar mi tono de voz un poco, mostrando un gesto poco amable y desairado.

En el fondo la entendía, entendía su malestar.

¿Quién era yo para inmiscuirme en sus asuntos más íntimos y personales?

Realmente debía haber una razón de peso para que ella no quisiera ni hablar del tema.

La incertidumbre seguía en mi interior, aunque lo último que quería hacer era volver a sacar el dichoso tema.

Si tenía que pasar la vida entera sin tener sexo con ella lo haría.

Sería duro, pero estaba seguro de que no moriría por ello.

Mi amor hacia ella merecía tanto la pena como para que un hombre como yo tomase esa determinación.

Y es que, ¿quién sabe qué es el amor hasta que se cruza en su camino?

Nadie puede entenderlo hasta que un día despiertas y sabes que ese alguien te aporta cosas que nadie jamás ha sido capaz de aportar.

Es tan difícil llegar a sentir ese tipo de emociones y sentimientos que cuando llegan estás dispuesto a hacer todo lo que esté en tu mano para que esa situación permanezca en el tiempo, en el largo y ancho tiempo que dure tu vida entera.

Y con ese gris oscuro que rondaba todo mi ser me planté delante de la puerta de casa de Lovise y toqué el timbre con la esperanza de encontrar allí una reconciliación adecuada para la situación.

Lovise no tardó en abrir la puerta. Respiré al verla.

—Hola, Lucas. ¿Cómo estás? ¿Qué haces aquí? —preguntó con su habitual inocencia.

—Hola, Lovise. ¿Catrine está contigo? —pregunté, apoyando mi mano en el marco de la puerta, mostrando gesto de circunstancia amarga.

—No, ¿por qué? ¿Qué ocurre?

Su cara adoptó matices de extrañeza.

—Oh, Lovise… Estoy muy preocupado… ¿No has hablado con ella?

Llevé la mano a mi pecho y agaché la cabeza .

—No. ¿Qué pasa?