21. La verdad más dolorosa
Sonó el teléfono. Contesté.
—¡¡Lucas!!
—¿Ramón? Gracias a Dios.
—¡¡¿Gracias a qué Dios, subnormal?!! ¿Tienes idea de los problemas que voy a tener por tu capricho?
Me siento decepcionado contigo, Lucas. Pensaba que podía confiar en ti ciegamente.
Me equivocaba —su tono era desorbitado, nunca antes conocido por mí, pero ahora podía imaginar por qué hablaban así de él sus trabajadores.
—Ramón. No sé qué te ha contado Amalia, pero es todo mentira. Me engañó, me dijo que mis padres habían tenido un accidente. Vine a Valencia tan pronto como pude. Pero todo era mentira… —traté de explicarme sin éxito alguno.
—¡¡¿Me tomas por tonto?!! —interrumpió—.
¡¡¿Qué clase de excusa es esa?!! Me decepcionas, Lucas.
¡¿Quién juega con el bienestar de sus padres poniéndolo como excusa para fugarse con su amiguita de viaje de placer cuando hay un proyecto que comienza en pocos días?
! ¡¡No mientas más, imbécil!! ¡¡¡¡Hijo de la gran puta!
!!! Vas a hacer lo que yo te diga, tal y como te lo diga. ¿Entendido?
—Pero, Ramón…
—¡¡¡¡Ni Ramón ni hostias!!!! —volvió a cortarme; supe que no tenía ninguna opción de explicarme.
También supe que esa arpía de Amalia me la había jugado para joderme de la forma más despiadada y malvada que jamás había podido conocer—.
¡¡Y vete despidiendo de una tercera parte de tu sueldo!
! Así aprenderás que con Ramón no se juega.
Te lo di todo y así me pagas, imbécil. Qué decepción tan grande.
Te quiero aquí el miércoles, y ya serán tres días los que llevarás de retraso.
Descuenta eso también de tu sueldo de este mes. Hasta la vista.
—¡¡Ramón!!
Hablé a la nada, la llamada se había cortado. Ramón me había dado un correccional digno de los peores dictadores de la historia, al menos a mi parecer.
Lancé el teléfono sin apuntar a ninguna parte con la fortuna de que cayó sobre la cama. Sin ese terminal, si Ramón decidía llamarme, estaría todo o casi todo perdido.
El vuelo salía el miércoles. Tenía dos días para meditar y lamentarme.
Pero no iba a dejar que esa arpía me pisotease.
Tenía intención de arreglar todo cuando llegase.
Aunque eso no iba a ser fácil. Estaba claro que el poder de persuasión de esa mujer era demasiado dilatado como para poder enfrentarme a ella.
Supe que fue un grandísimo error habérmela follado en el baño de aquel avión. «¡¡Maldita puta!!» pensé.
Si no conseguía hacer entrar en razón a Ramón, tenía la confianza suficiente en mí mismo para demostrar que, con mi trabajo, podría volver a recuperar mi sueldo y mi condición de «mano derecha» de Ramón.
Ahora la preocupación primaria era la de Catrine y su plantón inesperado. ¿Qué pensaría de mí después de aquello? ¿Querría volver a verme? Y de ser así, ¿volvería a ser lo mismo? No lo sabía. Lo que sí sabía era que la llamaría tan pronto llegase a Copenhague ese mismo miércoles.
Después de dos días agonizando con mis propios pensamientos y con un miedo ingente al ser la primera vez que viajaba solo hasta tan lejos, tomé ese esperado avión que me llevaba directo a la guerra .
Esa guerra empezó pronto con la esperada hostilidad de Ramón hacia mí.
Amalia no estaba ya, se había marchado a su Madrid natal.
Así me lo hizo saber el recepcionista del hotel en que nos hospedábamos y en el que seguiría hospedándome yo tras hacerme saber Ramón que ya no tenía derecho al piso alquilado que tenía preparado para mí.
Me tocó adoptar una posición de sumisión hacia él, agachar la cabeza y tratar de hacer mi trabajo como solo yo sabía hacer.
Ese frente de batalla quedó en una actitud de pasotismo de Ramón hacia mí.
Apenas me dirigía la palabra, y siempre que lo hacía, su tono era hostil y desagradecido; su mirada desafiante y su tiempo dedicado a mí efímero.
Aun así, sentía que la situación estaría controlada cuando Ramón viese mi grado de implicación en el trabajo.
Y así fue, pero no hasta un par de meses después, cuando, gracias a mí, se demostró que el terreno sobre el que querían edificar una de las viviendas unifamiliares era poco fiable, susceptible a derrumbamientos.
Ramón vino a felicitarme aquel día en que se descubrió dicho terreno y me invitó a cenar con él.
«Para limar asperezas» dijo mientras me daba una palmada en el hombro.
Respiré y supe que estaba en el camino correcto.
El frente de batalla de Catrine no costó tanto de solucionar como yo había podido imaginar. La llamé en cuanto pude, el mismo día que llegué a Copenhague.
Cuando empecé a hablar no pareció creer todo lo que le estaba contando, igual que Ramón.
Y es que la trama que me había jugado Amalia estaba demasiado bien hilada como para que alguien creyese mi versión.
Sonaba a excusa barata para justificar un comportamiento y desaparición extraños.
Pero Catrine no era Ramón, ni mucho menos.
Catrine no tardó ni diez minutos de explicaciones y súplicas para creer mis palabras y darme una nueva oportunidad.
Y esa oportunidad se tradujo en su visita al hotel, pocas horas después.
La abracé con todas mis fuerzas y no quise soltarla hasta que me propuso ir a un bar cercano.
Allí tomamos unas cuantas cervezas y su confianza en mí volvió a ser la misma que había tenido en todas las anteriores ocasiones.
Me sentía muy feliz de tenerlo todo solucionado y, con ella a mi lado, estaba seguro de que la situación con Ramón no tardaría en arreglarse también. Y así fue, como he mencionado antes.
Después de aquello fueron diez meses en que trabajé duro y bien.
Vi a Catrine cada día después del trabajo las pocas horas que tenía para verla.
Los fines de semana volvíamos a Kastellet, a aquel molino, el lugar en que pasamos nuestra primera cita oficial.
Otras veces viajábamos por el país sin un plan aparente, pero con gran confianza mutua.
Nos dejábamos llevar por las emociones y sentimientos que teníamos el uno hacia el otro.
El tiempo, cuando estábamos juntos, parecía ser de un efímero material invisible que se esfuma como ola en el mar.
Era todo muy bonito, tanto que pude hasta olvidar que tenía una ciudad a la que pertenecían mis raíces.
Me hizo sentir danés en todas mis facetas.
Pronto ya hablaba el idioma a la perfección.
Con ella todo parecía estar hecho de esa misma perfección arrebatadora e inigualable que me tenía encandilado entero mi ser.
Solo había un pequeño detalle que escapaba a mi entendimiento y del cual no me atrevía a hablar.
Y digo pequeño porque para mí no lo es todo, pero he de reconocer que es una parte importante dentro de una relación sentimental de pareja; el sexo.
Catrine frenaba mis impulsos, que no eran pocos porque mi atracción hacia ella era inmensa.
Siempre que iba un poco más allá ella paraba, me miraba con ojos tristes y se apartaba de mí.
Me veía obligado a cambiar de tema e intentar animarla de algún modo.
Eso me hacía sentir preocupado por no saber exactamente qué le pasaba con ese tema tan peliagudo e íntimo.
Aguanté todo el tiempo que pude sin sacar el tema ni pedirle explicaciones de ningún tipo.
Pero todo hombre al que se le priva de ello llega a un momento en que estalla y no puede esperar más para recibir una explicación al menos elocuente que le deje lo tranquilo que le gustaría estar.
Esa explicación la pedí al décimo mes. Estábamos cenando en un restaurante al que solíamos acudir algunos sábados por la noche, en el centro de Copenhague; Hibiscus se llamaba.
Y qué lugar tan elegante y placentero. Tenía cortinajes rojos, mesas y sillas toscas, camareros vestidos con traje negro que servían con método clásico y bien hilado.
Y siempre sonaba una música antigua de la que raras veces te cansabas y la cual, ayudaba, yo creo, a digerir la cena de la mejor forma, aunque eso está por demostrar, solo son conjeturas mías.
Y qué comida servían allí. No he probado ostras como las que comí allí en ninguna otra parte del mundo.
También es cierto que no he viajado demasiado.
Por eso y por muchas razones más se convirtió en nuestro lugar predilecto para nuestras cenas de sábados por la noche.
Estábamos con el postre, recuerdo que era una especie de helado de vainilla rociado con pétalos de oro y chocolate hirviendo que se abría paso sobre la bola suave de helado, creando barrancos de color marrón que desembocaban en un plato de color plata oscurecida.
Catrine jugaba con el helado y mi nariz, intentando poner un poco en ella.
Yo me dejaba hacer todo cuanto a ella le hiciese feliz.
Y es que tenía a veces unas salidas de payasa que no tenían precio y a mí me encantaba reír con ella y sus gracias de niña.
Aproveché el momento de guasa para aventurarme a preguntar algo de lo que me he arrepentido infinidad de veces .
—¿Por qué no quieres hacerlo conmigo? ¿Cuál es el problema, Catrine?
Me limpié el poco helado que quedaba en mi nariz sin dejar de sonreír.
Pero a ella la sonrisa se le borró de un modo repentino que me dejó pasmado, sabiendo que había metido la pata.
Era la primera vez que preguntaba algo sobre el tema.
Pero me sentía con derecho, eran diez meses de relación y no era normal aquella situación en ella.
Pensaba que debía saber el porqué de tan arraigado problema.
Sus ojos me traspasaron con un semblante de tristeza pleno.
Luego desvió su mirada hacia alguna parte del local.