La maldición de Catrine 20. Cigarrillo de la victoria
91%

20. Cigarrillo de la victoria

La llamé, una y otra vez; su teléfono aparecía desconectado hasta que al tercer o cuarto día, al fin su voz invadió mis oídos a través del altavoz de mi teléfono móvil.

—¿Catrine?

—Hola, Bent —dijo ella en tono condescendiente.

—¿Dónde te habías metido? No sabes lo que tuve que pasar por tu desaparición.

—Lo siento, Bent. Imagino que tu jefe te habrá condenado y también entiendo que estés molesto conmigo. Pero tenía una boda a la que acudir en Valencia. No podía dejar que tu jefe me pescase y arriesgarme a perderme la boda de mi mejor amiga…

—¡Pues claro! ¿Cómo no imaginé que estarías en la boda?

—Siempre te he dicho que tus dotes como detective dejan mucho que desear —ironizó.

—Déjate de bromas. No estoy bromeando.

Tenía ganas locas de cambiar de tema y llevarme la conversación al ámbito personal.

—Bueno, imagino que ya no tengo escapatoria, que tu jefe me querrá ver entre rejas cuanto antes. Ahora sí, Bent Meyer, estoy dispuesta a ir a la cárcel, no tengo más opciones.

Su voz sonó apagada, sentí lástima por ella y quise que supiera cuanto antes que mi jefe había muerto repentinamente y que su caso había quedado un poco «olvidado» en la comisaría y en la prensa en general. Había tenido suerte.

—¿Sabes? Eres muy afortunada, Catrine .

—¿Por ir a la cárcel? ¿Ese es el concepto que tienes tú de la fortuna?

—No, no. No es eso, es que… verás, Catrine, mi jefe ha muerto y…

Le expliqué que era libre de momento hasta que un nuevo jefe se sentara en la mesa y, tratando de hacer bien su trabajo, removiese los informes de su caso y le diera por investigarlo. Le dije que yo iba a seguir investigando por mi cuenta su caso para intentar hallar una solución a modo personal.

—¡¡Es estupendo, Bent!! Puedo estar tranquila al fin.

—Sí, Catrine. Eso sí, por favor te lo pido, ahora que todo parece haber terminado intenta no volver a reincidir, que nadie más muera en esas circunstancias si no quieres que alguien tome interés de nuevo en tu caso.

—Sí, Bent Meyer. Las personas muchas veces no sabemos reaccionar bien hasta que nos vemos con el agua al cuello.

Tal vez me puede servir de escarmiento haberme visto en la cárcel, aunque sea solo en mi cabeza, pero es que ya presentía que los próximos años de mi vida transcurrirían allí, perdiendo mi reputación como abogada y yéndose toda mi carrera al traste. Lo intentaré, Bent Meyer, lo intentaré.

Su voz era muy convincente… y bonita, como siempre, estaba encantado de volver a escucharla.

—Espero que así sea, Catrine. Y… tal vez… tal vez, ¿querrías celebrar la noticia cenando con este pobre hombre?

—No te pases de listo, Bent Meyer. Algún día… Pero no sé cuándo. Y no será hoy ni mañana, tengo cosas que hacer. Lo siento. Muchas gracias por todo, de verdad .

Volvía a ser esa mujer segura que me dominaba por completo.

—A poco sabe tu forma de dar las gracias, pero no se merecen. Intento hacer mi trabajo, y tratándose de ti me lo tomo como algo personal también. No pararé hasta verte feliz y libre, Catrine. Hasta pronto.

—Gracias, Bent Meyer. Hasta que volvamos a vernos y espero que pase mucho tiempo porque no pienso sucumbir al placer y arriesgarme a tener que pisar tu comisaría de nuevo.

Aquello sonó a despedida lejana y quedé sin palabras, con mucha pena.

La línea se cortó. Catrine se había despedido con gran elegancia y fluidez, demostrando lo poco que le importaba mi persona y lo que pudiera sentir por ella.

Mi bar de madrugada volvió a ser un lugar muy frecuentado por mí.

Durante un mes estuve haciendo llamadas a Catrine encontrando negativas por su parte cuando le proponía vernos.

Vigilaba su casa en la noche, a la vuelta del bar, borracho y depresivo, sabiendo que nunca podría conseguir ni siquiera una simple y maldita cita con la mujer que me traía loco desde hacía largo tiempo.

Al final desistí, y fue una noche en ese mismo bar, cuando mi supuesta admiradora llamada Andrea, la prima de Lovise, terminó por encandilarme, aprovechando mi momento de flaqueza emocional.

Consiguió llevarme a la cama y comenzamos una relación que ella se tomaba muy en serio y yo con un constante pero pobre interés.

Fueron meses extraños en que busqué explicaciones y soluciones sin éxito sobre el caso Catrine.

Andrea poco a poco iba consumiendo mis ganas de implicarme más en su vida.

Catrine estaba alejada pero no olvidada y en una de nuestras últimas conversaciones me hizo saber que estaba conociendo a un chico español con el que le iba muy bien sin necesidad de tener sexo, cosa que me extrañó.

Intenté olvidarla en el plano personal, pero no desistí de intentar hallar una elocuente explicación a su maldito y extraño caso.

—¿Qué tiene que ver Andrea con todo el caso, Bent?

—No lo sé. Pero de algún modo permitió que aquel día fuese a aquella casa y el arma se disparase de aquel modo, agente Clive.

—Bien, continúe, por favor. Supongo que sobra decir si quiere un cigarrillo, veo que no le quedan de los suyos.

—Páseme esa mierda de Marlboro que lleváis, anda… no hay otra cosa.

» Bien, aquel día, unos diez meses después, de esto hace ahora tres días exactos, Andrea se había puesto muy pesada con algo que no me dejó indiferente.

No paraba de decirme que el tal Lucas con el que Catrine tenía una supuesta relación, le había dicho a su prima Lovise que yo era un puto fracasado, malnacido, que no tenía dónde caer muerto y que mi vida había sido siempre un quiero y no puedo.

Traté de no hacer caso a sus palabras. Catrine estaba fuera de mi vida al fin de un modo directo, aunque en mi mente perduraba ese amor incondicional que había sentido por ella.

Pero Andrea me incitó a ir en busca del novio español de Catrine.

Hizo que mi cabreo y odio hacia él fueran creciendo hasta el punto de no poder soportarlo.

A las pocas horas mi ira era tan ardua que apenas podía sostener las ganas de ir allí donde estuviera ese tipo y explicarle cuatro cosas bien dichas, pero nunca con intención de ir más allá.

Soy un agente de la ley y, por mucho odio que sientas hacia alguien, debes contenerte y no manchar tu reputación, ya lo saben ustedes.

A las cuatro de la tarde del miércoles pasado, con mi coche destartalado y mis sentimientos de odio infundidos por Andrea, recorría las calles de Copenhague buscando un modo de encontrarle y derramar sobre él toda esa ira creciente en mi interior.

Pasé por casa de Catrine, buscando con la mirada el coche de Lucas.

Allí no estaba. Pasé por su trabajo, pero allí tampoco estaba.

Me pareció raro porque era un día laboral y en aquel nuevo complejo residencial que se estaba construyendo en que él trabaja siempre había movimiento.

Luego se me ocurrió que podían estar en casa de Lovise y, bingo.

Allí estaba su coche aparcado, reluciente y flamante como él, con su estúpido trabajo de arquitecto y sus billetes reluciendo por todas partes también.

Me apeé del coche, en ese momento un extraño clic se dio en mi personalidad. Fue como si alguien hubiese pulsado un botón en mi cerebro que activa la maldad despiadada y poco escrupulosa.

Aporreé la puerta con insistencia y violencia. Lovise abrió y debo decir que no sonrió al verme. Ella sabía que su prima y yo manteníamos una relación, por tanto, Catrine también debía saberlo.

—¿Dónde está ese Lucas? —pregunté.

Mi cara en ese momento debía ser algo parecido a látex pesado derritiéndose.

—No es buena idea, Bent.

—¡¡¡¿Que dónde está?!!! ¡¡Sé que está ahí!! ¡¡Sal, cobarde!! ¡¡¡Sé tan gallito como dices ser!!!

Estallé en gritos desmedidos.

Catrine apareció, asustada.

—¿Qué ocurre, Bent ?

La vi, más hermosa que nunca. Habían pasado meses en que su imagen solo había aparecido nítida en algún sueño lejano que olvidas al despertar. Al verla me suavicé un poco, pero eso no hizo que mi ira hacia Lucas cesase lo más mínimo.

—¿Dónde está tu chulito?

—¿Qué pasa, Bent? ¿Qué quieres? —preguntó Catrine—. Me das miedo. ¡Márchate!

—¡¡Que dónde está!! ¡¡¡Sal, cobarde!!! ¡¡¡Ten el valor suficiente para decir todo lo que tengas que decir de mí a la cara!!!

Mi rostro en ese momento debía ser un mapa mal dibujado difícilmente descifrable. Catrine y Lovise me miraban con gesto de pánico.

—Así que tú eres Bent… —sonó una voz suave desde detrás de Catrine.

Lucas apareció con ese ademán de nenaza que le caracteriza. En su cara se podía leer el respeto hacia mí.

—¡¡Bien!! ¡¡¡Sal conmigo a la calle!!! —grité, descosido.

—No va a ninguna parte, Bent. ¡¡Márchate, por favor!! —suplicó Catrine.

La miré, la oí, pero no la escuché. Sus palabras fueron sonidos sordos que penetraron en mi mente para difuminarse entre mi sentimiento de rabia inducida por Andrea.

En ese momento todo cambió para mal. En mi cabeza pareció activarse de nuevo un botón que marca la diferencia entre estar cuerdo y sucumbir a la locura más violenta y carnal.

Saqué mi arma, apunté a Lucas a la cara y me adentré en la vivienda.

Las chicas gritaron. Cerré la puerta tras de mí con el talón.

Ni yo mismo me reconocía, pero una fuerza extraña me llevaba querer seguir adelante .

—¡¡¡Al suelo, gilipollas!!! —le grité a Lucas—. ¡¡¡Las manos a la cabeza!!!

—Pero, Bent, ¿qué ocurre? ¿Por qué haces esto? —preguntó Catrine con un miedo que se podía palpar en el aire.

—¡Calla, Catrine! ¡Esto no tienen nada que ver contigo!

Volví a mirar a Lucas, este ya se estaba arrodillando en el suelo, mirando con ese mismo respeto que mostró desde el momento en que nuestras miradas se cruzaron.

Le di una patada potente en la boca cuando ya se había arrodillado del todo.

Cayó al suelo de costado, quejicoso. Sentí que tenía poder sobre él, me sentí libre y dominante.

Entonces cometí el error que lo cambió todo para aún peor de lo que ya estaba.

Bajé el arma, saqué un cigarrillo de la victoria con gesto chulesco y confiado.

Cuando estaba encendiéndolo Catrine se abalanzó sobre mí, agarrando el arma.

Comenzó entonces un forcejeo al que Lovise se sumó pocos segundos después.

Me estaba costando tomar el control del arma con ellas dos encima de mí.

Lucas no tardó en sumarse a la reyerta. De pronto un sonido de disparo retumbó por toda la casa.

No sé quién apretó el gatillo ni cómo. Pero ocurrió así, tienen que creerme.

Luego una mirada ausente se volvió hacia mí; una mirada que pasó a ser vacía poco después.

Un chorro de sangre brotaba de su garganta.

La mirada se apagó y todo el peso de su cuerpo cayó sobre la moqueta de la entrada, manchándolo todo de rojo.

Entonces volví en mí y supe que el asunto se me había ido de las manos.

Murió en el acto. Todos quedamos en shock.

Salí escopeteado de allí sin decir nada.

Entiendo que si tengo que ser juzgado y condenado por desobedecer mis obligaciones como agente de la ley sería lo más justo.

Esa persona murió gracias a mí, aunque no sé si fue mi dedo el que presionó el gatillo.

Deben creerme, se lo ruego. Estoy muy jodido por todo lo que pasó.

Muy arrepentido. Apenas he podido dormir por las noches.

Por favor, agente Clive, solo pido un poco de clemencia.

Mi madre me necesita, necesita mi dinero.

—Bien, agente Bent. Hemos tenido suficiente por hoy. Queda suspendido de empleo y sueldo de modo indefinido. Vaya a casa de mamá y llévele la nueva mala noticia, al fin y al cabo, solo usted es el responsable de que tomemos esta determinación.

—Lo siento. No quise hacer nada de lo que pasó. Lo siento mucho, de verdad.

—No hay nada que pueda hacer, agente Bent.

Le agradecemos su testimonio. Le avisaremos en cuanto tengamos una nueva determinación sobre usted.

Mientras tanto aléjese de ella. Aléjese de toda mujer en su vida.

No le han beneficiado nada. Lo siento, Bent.

Todos pensamos que sería el mejor detective de la ciudad, pero sus problemas de faldas lo han impedido.

—Lo sé.

—Te está bien empleado, por gilipollas.

—¡¡Cállese, Clarensce!! Ya tiene suficiente castigo como para que le hurgue en la llaga.

—Lo siento, jefe.

—Márchese, Bent. Le avisaremos, no se preocupe.