19. ¿Y si no es maldición? #2
Fue una relación intensa y placentera, realmente Bent era mucho más hombre de lo que podía haber imaginado nunca.
Me hizo sentir cosas que pocos habían conseguido en la cama.
Y él pasó a otro plano en mi vida, igual que Lucas…
Después de aquella noche de sábanas blancas y cigarrillos de la victoria, la imagen de Lucas y todas esas cosas sobre su país pasaron a un lugar alejado de la consciencia activa primaria; quedaron en un recuerdo lejano.
Bent había tomado parte importante en mi vida.
Y os preguntaréis: ¿no murió? Pues no, para mi sorpresa y la suya propia, Bent al día siguiente me llamó contento y sorprendido de no haber sentido ganas de suicidarse, me dio las gracias, y yo encontré a ese hombre que me quería de verdad y con el cual podía tener relaciones sexuales sin pagar un alto coste por ello.
Y eso ya era mucho, aunque yo supiera que no estaba enamorada de él.
Me gustaba lo justo en la cama, pero seguía pensando que era un auténtico paleto de pueblo, peliculero, dramático y poco convincente, pero tenía algo que muchas mujeres desean y pocas pueden conseguir; seguridad.
Se sentía seguro él y te hacía sentir segura a ti.
Y esas razones eran más qu e suficientes para que mi vida, al fin, pudiera transcurrir tranquila.
Parecía que la maldición había desaparecido.
Mi felicidad se acentuó y pude centrarme en el trabajo.
Pero Bent se puso pesado los días posteriores a nuestro primer encuentro sexual, así que decidí separarme de él un poco.
No necesitaba tenerle tan pegado a mis pasos, ahora era una mujer renovada que podía vivir tranquila.
El recuerdo de Lucas venía a mi mente en esos días como un avión que pasa rápido para desaparecer momentos después en el horizonte.
Sentía pena, pero a la vez un odio leve hacia él.
Pero las cosas no pueden ser tan fáciles nunca.
Al sentir que mi maldición había desaparecido, busqué nuevos hombres a los que conocer en aquella red social que acabó con la muerte de unos cuantos por suicidio.
Encontré a uno dispuesto a verse conmigo la sexta tarde desde que Lucas me dejara plantada.
Curiosamente se llamaba Lucas también, y también era español.
Yo no supe muy bien si me había llamado la atención por su aspecto físico o por llamarse así y tener esa nacionalidad que no hacía otra cosa que hacerme recordar al verdadero Lucas.
Cuando llegó a mi casa pasadas las ocho de la tarde, comprobé que, justamente, me había llamado la atención por lo segundo y no por su aspecto, ya que, de haberme encontrado con él por la calle, jamás mis ojos se habrían girado hacia él.
Aun así, decidí que probaría mi nueva condición de mujer libre de maldiciones sin sentirme culpable después porque ese pobre chico muriese suicidado.
Tuvimos sexo, y era tan malo en la cama como su propia imagen indicaba, sentí asco de tenerle dentro, pero era una prueba de fuego para saber si estaba liberada de la dichosa maldición.
Y no fue así… Mi decepción y extrañeza me hicieron pensar varias cosas.
El Lucas secundario apareció muerto horas después en un callejón oscuro de la ciudad, tenía clavado un cuchillo en la yugular y todo indicaba que se lo había introducido él mismo.
Bent me llamó tan pronto como se enteró de la noticia.
Y el sermón no se limitó a decirme que había reincidido, sino también a que le había sido infiel.
Me hizo saber que se sentía defraudado por dos partes.
No hice demasiado caso ni escuché muy bien sus palabras porque, de nuevo, me sentía condenada a no tener sexo con nadie excepto con Bent Meyer, lo que me hizo sospechar que él estaba detrás de mi supuesta maldición.
Era tal su grado de obsesión conmigo que mataba a todos los que se acostaban conmigo haciendo creer a todo el mundo que habían sido suicidios.
También estaba Denis Timberlant que se había suicidado delante de mí, en mi baño, clavándose la barra de la cortina de ducha.
Nada tenía sentido. Estaba hecha un lío enorme y mi cabeza se hundió en una pequeña depresión que duró exactamente dieciséis horas en las que no pude comer, beber ni dormir.
En la hora diecisiete una llamada de teléfono lo cambió todo para bien.
La llamada provenía de Lucas García, el verdadero…
—¿Catrine?
—¿Lucas?
—Gracias a Dios. Lo siento mucho. Sé que he estado desaparecido.
—Sí.
—No sabes lo que pasó…
—No, todavía espero una explicación.
—Y aquí la tienes… Fue la arpía de la socia de mi jefe…
Me contó lo sucedido, todo parecía una mentira muy premeditada, ¿quién en su sano juicio jugaba con la muerte de familiares?
¿Con qué fin? No le creí, pero sus palabras parecían demasiado sinceras como para no hacerlo.
Accedí a verme con él esa misma tarde, aunque no hubiese podido dormir ni comer.
Realmente era un hilo de luz esperanzadora que Lucas estuviese de nuevo en mi vida, pero no sabía si fiarme de él y su palabra, ya me había fallado una vez de un modo un tanto extraño.
No le conocía, pero mi sentimiento hacia él no había podido esfumarse tan pronto.
Nos vimos horas después en la puerta de su hotel. Al verle un escalofrío recorrió mi cuerpo como una serpiente que repta por las arenas del desierto, ondulante, dejando marcas que solo el tiempo puede borrar.
Me abrazó con efusión. Me dejé. No pude hacer otra cosa que devolverle el gesto. Me sentía protegida, querida y segura cuando él estaba cerca. Era inexplicable todo lo que me hacía sentir.
Fuimos a un bar cercano a tomar dos cervezas que se convirtieron en unas cuantas más. El tiempo esta vez pasó rápido como tren de alta velocidad, o como estrella fugaz.
Quedé tranquila y creí cada una de sus palabras.
De nuevo estaba prendada de su imagen y personalidad.
Todo estaba olvidado y estaba claro que esa socia de su jefe era una arpía despiadada que no entendía de ética moral ni tenía sentimiento alguno hacia las demás personas.
Mi odio creció hacia ella sin conocerla.
Lucas tenía que trabajar muy duro a partir del día siguiente y nuestro tiempo para estar juntos se reducía a un par de horas al atardecer.
Me contó todo, me contó que su jefe se había posicionado de parte de su socia y no creía sus palabras.
Le había bajado el sueldo y ya no era esa persona a la que tenía un aprecio especial e inexplicable.
Me hizo saber también que, pese a todas esas circunstancias desfavorables, él estaba especialmente contento de estar en Copenhague por el hecho de que yo estaba aquí.
Lucas tenía confianza en que con su trabajo haría que su jefe volviera a verle con los ojos que le vio hasta que una arpía llamada Amalia se la jugó de ese modo tan sucio.
Pero mi maldición estaba en pie y la condición de no sexo con él seguía amargando y manchando esa relación aparentemente tan bonita e inusual.
Lucas resultó ser el hombre más respetuoso que había podido conocer jamás.
Nunca me preguntó sobre el tema ni buscó acostarse conmigo.
Siempre decía que con mis besos tenía todo lo que necesitaba para estar bien.
Que esos besos le hacían sentir tan bien que cada mañana fantaseaba con imaginar el momento en que tendría una nueva oportunidad de besarme.
Pasaron diez meses en que Lucas y yo vivimos momentos únicos e irrepetibles, pero claro, es un hombre, y con esa condición, tarde o temprano mi miedo a acostarme con él tenía que estallar por algún lado.
Y fue ayer mismo cuando tuvimos nuestra primera gran discusión relacionada con el tema.
Por eso estaba aporreando mi puerta al comenzar a escribir estas líneas, por eso me siento la peor persona del mundo y me apetece morir con tal de no verle así.
Haría todo lo necesario para que él pudiese vivir en paz.
No podría verle morir suicidado por mi culpa, a él no.
Y ahora mismo no sé dónde ha ido, pero seguro que volverá y todo se pondrá muy feo. O tal vez no.
Por otro lado, está Bent Meyer, que, al saber de mi relación con Lucas, pasó a tener un odio efusivo hacia él sin conocerle.
Simplemente le dije que estaba conociendo a un hombre de un modo diferente a los demás y que era mejor que se mantuviese al margen.
Nadie más iba a morir, por tanto, Bent ya no me hacía ninguna falta.
En Lucas tenía todo lo que necesitaba menos sexo, pero era algo que estaba dispuesta a sacrificar con tal de tenerle en mi vida.
Le amaba y no quería dejar de hacerlo, mucho menos con su muerte por mi culpa.
Así que Bent, a la enésima negativa por mi parte desapareció, sin más.
Es raro en él, pero es así, y lo prefiero porque bastante difícil es tener a Lucas en tan injustas circunstancias como para que tenga que aguantar también a un loco enamorado y obsesionado que anda tras mis pasos.
Y aquí estoy, no sé si quiero llamar a Lucas o quiero morir. Pero algo tendré que hacer para revertir esta situación. Puede que me venga bien ir a casa de Lovise. Ella siempre me entiende.