La maldición de Catrine 19. ¿Y si no es maldición?
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19. ¿Y si no es maldición?

Lovise había vuelto de su luna de miel. Al fin tenía ese apoyo incondicional de ese alguien que sabes que está ahí cuando lo necesitas.

Nos reunimos en su casa y le conté toda la increíble experiencia vivida con aquel español atractivo de gesto dulce.

La preocupación de Lovise fue acentuada al saber el peligro que corría la vida de ese chico.

Le hice saber que con él todo era diferente, que quería evitar acostarme con él, que haría lo que fuese necesario para que eso no pasase, pero que me moría por saber de él.

Que tal vez jamás volvería a verle. Aunque cabía la posibilidad contraria, me había dicho que volvería a Copenhague pasado un mes aproximadamente.

Lovise al final me entendió, como siempre, y me abrazó para después contarme todos y cada uno de los detalles de su luna de miel.

Sentí envidia sana pero también mucha alegría al saber lo feliz que ella era junto con Jonas.

Pasó un mes en que Bent Meyer anduvo detrás de mí sin poder hacer mucho más que seguirme sin encontrar una respuesta.

Me había dicho que su jefe había muerto y que esa noticia había eclipsado a la de los suicidios.

Yo le hice saber que ya no iba a ocurrir más, así que me dejó un poco en paz en ese aspecto, pero en lo que no cesó fue en su manía de querer acostarse conmigo a toda costa.

Yo trataba de hacer una vida normal dentro de las circunstancias que me habían sucedido hasta que, un día, inesperadamente, al salir del ascensor del edificio en que se encuentra Jansen un cobarde que no era capaz de dar una explicación convincente de su rechazo a la situación planteada por mí el día anterior.

Pero no le culpaba, estaba en su derecho de hacer su vida sin pensar en mí.

Al fin y al cabo, ¿quién era yo para pedir explicaciones?

En realidad, era una auténtica desconocida.

Así que con mi frustración y mi borrachera desquiciada volví a casa y me acosté.

Los días posteriores busqué a Bent, quería saber de él, sentirme protegida de algún modo. Bent Meyer, por supuesto, aceptó, feliz de encontrar una propuesta por mi parte.

Pasé tres días sin separarme de él demasiado, solo para dormir.

Él insistía en subir a mi casa y consumar el fuerte sentimiento que crecía en su interior hacia mí.

Pero yo, aunque tenía unas tímidas ganas de tener sexo con alguien, no podía hacerlo.

No podía arriesgarme a que Bent muriese y relacionasen su muerte conmigo.

Mi caso había quedado un poco apartado desde la muerte de su jefe y no podía correr el riesgo de que resurgiese el tema en la prensa y la comisaría.

Bent lo sabía, pero sus ganas de empalarme entre mis piernas eran más grandes que su deseo de ser el más importante detective de Copenhague.

Mis encuentros con Bent no eran más que una tapadera a mi frustración por el plantón recibido por parte de Lucas.

Pero me lo tenía merecido. Yo, un mes antes, le había dejado plantado de un modo más salvaje y desalmado.

Así que entendía que su plantón había podido ser una venganza bien consumada, pero eso no quiere decir que me hubiese podido olvidar de él tan fácilmente.

Y es que estaba en mi cabeza de todas las formas posibles.

No hacía más que ver cosas relacionadas con España, con españoles; comidas, noticias, coches españoles, cine español, bebidas…

todo parecía tener relación con su país y con él en cuestión.

Estaba desesperada y nunca antes me había sentido así por ningún hombre, todo era nuevo para mí.

Con mi edad no tenía que ser así, pero mis circunstancias, como todos sabéis, no han sido las más normales que se puedan contar.

El cuarto día en que vi a Bent, todavía no me explico cómo, sucumbí a sus innumerables intentos de llevarme a la cama. Pareció aflorar de nuevo en mí ese instinto voraz de sexo sin compromiso ni culpabilidad.