18. Sin piedad #3
Ya en la habitación hice uso del jacuzzi, relajándome con música que evocaba recuerdos de tiempos pasados pero gratos.
Me acosté y desperté al día siguiente con la necesidad inmediata de ver a Catrine, fue lo primero que me vino a la cabeza, pero recordé que me había dicho que iba a estar ocupada toda la mañana con ciertos asuntos burocráticos legales.
Desistí de molestarla y traté de centrarme en el proyecto de trabajo.
Abrí mi ordenador portátil, abrí el programa creador de planos y me puse a trabajar sin poder concentrarme del todo, ella estaba ahí, metida en mi cabeza como agua al arroyo, o como bufanda al cuello.
Cuando llevaba menos de media hora intentado concentrarme, algo sucedió que me evadió del todo de mi tarea.
Fue el sonido de mi teléfono, mostrando un nombre que ya podéis imaginar en la pantalla. Era ella.
—¡Hola! —dijo.
—¡Buenos días!
—¿Estás ocupado?
—No, no. Dime —mentira conveniente.
—He terminado mis asuntos y había pensado que podríamos vernos un rato, o comer juntos. ¿Qué te parece?
—Eh… hmm… —traté de hacerme el interesante, no entiendo por qué— sí, dame media hora y podemos vernos .
Era media hora la que necesitaba para adecentar un poco mi precaria imagen mañanera.
—¡Estupendo!
—¡Bien!
—¿Conoces el Halvandet café?
—No, pero seguro que el taxista que me lleve sí.
—Bien, pues te veo allí en media hora. ¿De acuerdo?
—Me parece bien. Un beso, guapa.
—Otro para ti. Te veo.
La línea se cortó. Me sentí feliz y dejé caer todo el peso de mi cuerpo sobre la cama aun deshecha. Miré la obra de arte que se esculpía en el techo abovedado de la misma habitación que había habitado un mes atrás.
Cuando estaba sumido en un caos mental amoroso de ensueño pasó algo que, a mi criterio, no debía haber sucedido.
Y es que parece que en la vida ese mismo destino del que tanto me gusta hablar está esperando que te encuentres eufórico de felicidad para asestarte un duro golpe que desarma todo tu mundo.
Un puño golpeó la puerta de la habitación tres veces incisivas.
Al abrir me encontré con una Amalia que se abalanzó sobre mí, abrazándome.
Yo estaba confundido, la noche anterior hubiese jurado que deseaba matarme y ahora me abrazaba como si yo fuese el último hombre del mundo capaz de fecundarla.
Se separó y me miró con una expresión de pena absoluta. Yo seguía confundido.
—¿Qué pasa, Amalia? ¿Qué haces aquí?
—Lucas, tus padres …
Mi expresión cambió de repente y por mi cabeza comenzaron a sucederse imágenes a toda velocidad de mis padres. No era normal que ella me estuviese hablando de ellos ahí, así. Y solo podía ser una mala noticia.
—¿Mis padres? —interrumpí—. ¿Qué pasa?
—Han tenido un accidente de tráfico.
—¿Cómo?
—Sí, lo siento.
—¿Dónde están? ¿Qué les ha pasado? ¿Cómo sabes eso?
—Me lo ha comunicado Ramón, me ha pedido que te lo dijera, él ha ido a toda prisa a sacarte el billete de avión hacia Valencia. Alguien ha llamado al hotel con la noticia.
—Pero ¿qué les ha pasado? ¿Están bien?
—Lo único que sé es que Ramón ha venido asustado y me ha pedido que te lo dijera, parecía muy nervioso y preocupado. No puedo decirte más. Debes ir a Valencia a ver qué ha sucedido. Espero que no sea nada grave.
—¡¡Dios!!
Me derrumbé de un modo tal que caí al suelo de rodillas, la piel de mi cara parecía derretirse poco a poco hasta tocar suelo. Amalia trató de consolarme posando su mano en mi cabeza, acto que no consiguió nada. Me levanté y me puse a recoger la poca ropa que había sacado de mis maletas.
—Te espero abajo con el billete. Ramón me ha dicho que volvería enseguida —dijo ella.
No tardé nada en estar en la recepción, cargado con mis maletas, con una angustia e incertidumbre que no me dejaban pensar con claridad, ni siquiera en Catrine.
Mis padres habían sufrido un accidente de tráfico que parecía ser grave y yo tenía que estar allí lo antes posible.
Escuché el taconeo de Amalia acercarse desde detrás.
Me giré, llevaba un sobre en la mano que me entregó con gran pena.
—¿Y Ramón? —pregunté.
—Ha tenido que acudir a un sitio sin falta. Me ha pedido que te dé todos sus ánimos, que espera que no sea nada grave. ¡¡Corre!! El avión despega en media hora.
Y corrí, corrí tanto que ni me acordé de llamar a Catrine hasta que estuve en el avión y allí era tarde para llamar.
Me sentí culpable al saber que ella estaría esperándome en ese preciso momento en aquel lugar en que me había citado.
Pero era un mal menor comparado con todo lo que pasaba por mi cabeza al pensar en mis queridos padres.
Llegué a Valencia por la tarde. Nada más apearme del avión llamé a mi tía Encarna. Preocupado, más que nunca me había sentido.
—Dime, Lucas —contestó.
—¿Qué ha pasado? ¿Dónde están? —pregunté con nerviosismo.
—¿A qué te refieres? ¿Dónde está quién? ¿Qué te pasa? Pareces muy nervioso.
—Mis padres, ¿Dónde están?
—¿Tus padres? En casa, supongo. ¿Pero tú no estás en Copenhague?
—Tía, ¿qué es lo que pasa? He venido tan pronto me he enterado .
—¿Enterarte de qué?
—Mis padres han tenido un accidente de tráfico. ¿No sabes nada?
—¿Cómo? ¿Cuándo?
—No lo sé. Solo sé que han tenido un accidente. He tomado un avión lo más rápido que he podido. ¿No sabes nada?
—Pero, Lucas, debe haber algún error. Tu madre se acaba de ir de aquí a pie.
No hace más de media hora que se ha ido.
Y tu padre estaba en casa, ahora mismo estarán allí.
No sé cómo te ha llegado esa noticia. No puede ser.
Tu madre me acaba de enviar un mensaje, no hace más de cinco minutos, diciendo que había llegado a casa y tu padre estaba dormido, se reía por ello…
—¿Cómo? ¿Estás segura de todo eso?
—Tan segura como que me llamo Encarna. Lucas, ha tenido que haber algún error.
Y entonces lo vi claro. La arpía de Amalia me había engañado, me la había jugado para enviarme a Valencia, había jugado muy sucio, demasiado sucio para ser una persona de carne y hueso.
¿Quién en su sano juicio jugaba así con los sentimientos de las personas y la vida de los demás?
Solo ella era capaz de algo así, y mi creciente odio hacia su persona aumentó de manera desproporcionada y considerable. Me dieron ganas de matarla.
Fui a casa de mis padres para verificar la información de mi tía porque me parecía mentira que alguien pudiese haber mentido de esa forma.
Mis padres estaban allí. No quise preocuparles y les mentí diciendo que había olvidado planos importantes y había tenido que regresar a por ellos y de paso había pasado a verlos.
Y ya en casa busqué vuelos con destino a Copenhague y descubrí que no había hasta una semana después.
Toda una tragedia por dos partes; una por parte de Ramón y el proyecto pues tenía que empezar sin mí y con la arpía de Amalia mintiéndole sobre mi paradero, y yo no sabía todavía cómo ponerme en contacto con él de forma internacional, era novato en todo eso.
Y dos; por la parte que afectaba a Catrine, abandonada en aquel bar en que me había citado, sin explicación alguna, sin forma de comunicarse conmigo pues mi teléfono danés no funcionaba en España.
El hundimiento de mi persona se dejó notar los días siguientes hasta que recibí una llamada de Ramón al tercer día.
Y hasta ese momento no había conocido la furia que afamaba a Ramón entre sus empleados.