La maldición de Catrine 18. Sin piedad #2
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18. Sin piedad #2

Se apartó un poco y me miró fijamente, sonriente y con los ojos llenos de centelleantes brillos espectaculares que no hicieron otra cosa que hipnotizarme más.

Y me besó sin apenas darme tiempo a asimilar la situación. Y el destino, que esta vez parecía portarse bien, se alejó del lugar porque sentí que ese mismo destino era ese preciso momento en cuestión.

—No sabes cuánto he esperado este momento —dijo cuando se hubo separado de mis labios, dejándome paralizado, sin dejar de mostrar esa preciosa sonrisa llena de bonitos dientes, dispuestos a la perfección, de un blanco inmaculado.

—Y yo, Catrine, y yo. Te llamé tan pronto llegué a Copenhague.

—Cambié mi número de teléfono. Cosas de la vida…

—Sí, caí en la cuenta de que no eras tú.

—Y dime. ¿Has venido para quedarte esta vez?

El mundo se había detenido a nuestro alrededor, no había nadie más, ni siquiera los tres hombres que acompañaban a Catrine a la salida del ascensor, trajeados y peinados meticulosamente.

Estos se alejaron del lugar al ver nuestro beso enérgico.

Yo no cabía dentro de mí al saber que esa mujer que había trastocado toda mi existencia estaba delante de mí, haciéndome saber que aquella vez que huyó de Kastellet había sido por algún motivo que ahora ya no importaba.

—Sí, el lunes comienza el trabajo verdadero. Tenemos para unos tres años aquí, así que esta vez no podrás huir tan airosa… —bromeé .

Esa broma no pareció hacerle mucha gracia. Todo ese brillo en sus ojos pareció desaparecer tan pronto terminé de soltar aquella broma de la cual no tardé en arrepentirme.

—¿Qué, Catrine? ¿He dicho algo que te haya molestado?

—Vayamos a un lugar tranquilo, Lucas. Tengo que explicarte algunas cosas.

Asentí, mostrándome serio como ella misma en aquel momento.

Estaba claro que algo pasaba, algo tenía que decirme que no me haría mucha gracia.

Yo no era muy experto en relaciones con mujeres, todo lo que había tenido habían sido relaciones esporádicas poco duraderas, pero con todas y con esas, en todos los casos, cuando una mujer se ponía así de seria, daba igual que fuese danesa, china o polaca, siempre había algo por lo que preocuparse.

Llegamos al mismo bar en que estuvimos la otra vez, cerca de Jansen & Co.

El lugar me evocó recuerdos bonitos que tenía la suerte de volver a vivir junto a la misma persona.

Y eso había sido un sueño algunas veces repetido en mis noches valencianas.

Ahora estaba en aquel lugar, con aquella misma mujer de ensueño. Era afortunado.

Pero ser afortunado muchas veces no significa que tenga que mantenerse esa condición durante mucho tiempo. Después de la conversación que mantuvimos me sentí totalmente lo contrario a afortunado.

Entre risas y cafés bromeamos un poco antes de que ella se pusiera seria y todo cambiase para mal, como de costumbre en mis relaciones amorosas, por llamarlas de algún modo.

—Lucas, quiero que sepas algo muy importante que pasa en mi vida.

Pero antes quiero decirte que no he podido olvidarte desde aquel día que desaparecí corriendo del molino.

Y no ha habido día que no me haya culpado por haber salido corriendo de aquel modo, créeme.

Pasaron los días y supe que habías entrado en mi vida de un modo poco convencional.

Lo supe desde el momento en que te vi, en aquel avión.

Y seguí sabiéndolo en nuestro segundo encuentro.

Estaba diciendo algo que yo mismo podía decir de ella.

Era la misma sensación que había sentido yo, y eso, sin duda, era difícil que ocurriera en la vida real y no en películas.

Pero nos había pasado a nosotros dos. Me pregunté, si había sido como ella afirmaba que era, ¿por qué había salido corriendo aquel día?

—Y si es así, ¿por qué te fuiste aquel día, de ese modo tan inesperado? —pregunté, extrañado, sorbiendo de mi café caliente.

—Es lo que trato de explicarte, Lucas. —Su mirada era apagada, triste y caída—.

Verás, por eso mismo que te explico, todo lo que siento por ti desde el día en que te vi no pude ni puedo dejar que vayamos más allá de lo que ha sucedido hasta ahora.

No puedo ni quiero hacerte daño, Lucas. Te parecerá contradictorio que, después de todo un mes habiendo desaparecido así, al verte te haya besado con tantas ganas y ahora diga todo esto.

Y tenía razón, estaba totalmente contrariado, ella misma se contradecía. No entendía nada, mi sueño de amor perfecto se estaba esfumando con aquellas palabras piadosas y sin un criterio determinado.

—Es totalmente contradictorio, sí. Explícate mejor. ¿Por qué tendrías que hacerme daño? No estoy aquí por obligación. Si me haces daño será porque yo me lo he buscado, y no te he buscado por obligación, repito, te he buscado porque una fuerza extraña me azota desde el día en que te conocí.

—Y me alegra escuchar eso, de verdad, pero me frustra por otra parte. Sé que terminaría haciéndote daño. Lo sé, y no daño emocional, Lucas. No es algo que pueda ni quiera explicarte en estos momentos. Pero llegado el día, si es que llega, serás el primero en saber toda la verdad sobre mí.

Me agarró de las manos antes de decir esa última frase y me miró con una pena verdadera, estaba claro que algo ocurría en su vida que no podía contar en aquel momento pero que, sin duda, tenía que ver conmigo directamente.

—No lo puedo entender. ¿Estás diciendo que no podemos vernos?

¿Que después de todo un mes en que parece que los dos hemos sentido lo mismo la cosa se va a quedar aquí, así?

Me niego. No lo puedo entender. Ahora que te tengo delante no sé si puedo separarme de ti tan fácilmente.

No puedes estar pidiéndome eso, Catrine, no ahora.

—Y no te lo pido, Lucas, de verdad. Lo único que te pido es que tengas un poco de paciencia conmigo. Podemos vernos, podemos besarnos incluso, pero no puedo ir más allá, al menos de momento.

—¿Estás hablando de sexo?

—Eso mismo.

—¿Y quién ha hablado de eso? Pero tarde o temprano debe ocurrir, aunque si hay que esperar, esperaré, no te preocupes por eso ahora.

—Sí me preocupo. A veces no puedo frenar las ganas, y menos contigo. Solo con verte…

—Sé que has dicho que no puedes decirlo, pero ¿qué es eso que te impide tener relaciones conmigo?

—No puedo contártelo, no de momento. No lo hagas más difícil, por favor, te lo pido .

—Está bien. No hablaremos más de ello hasta que tú decidas, ¿de acuerdo?

Sonrió como hacía un rato que no hacía, como dando a entender que mi decisión era la más acertada para ese momento. Sonreí con ella y apresé un poco más sus manos, hasta ese momento aferradas a las mías.

El encuentro continuó entre risas e historias pasadas de nuestras vidas, pero su expresión cambió cuando traté de hablar de relaciones pasadas.

No quiso entrar en detalles. No quiso y me hizo saber que no insistiera en ello.

Tal vez tenía algo que ver con el tema del sexo, quizá le habían hecho mucho daño y no le gustaba recordar eso y por ello no podía tener relaciones sexuales.

Pero, por otro lado, ella había hablado de que me haría daño a mí.

No entendía nada, pero decidí desistir en preguntar más y cambié de tema.

Volvimos a reír y disfrutamos el uno del otro hasta que se apeó de un taxi en la puerta de su casa. Me dio un beso en la mejilla que supo a poco, me guardó su número de teléfono en mi agenda de contactos y quedé impregnado de su aroma.

Fui de vuelta al hotel donde, un Ramón impaciente me esperaba para cenar.

Había estado todo el día desaparecido, pero Ramón sabía que había ido en busca de Catrine, así se lo hice saber la noche anterior en la cena.

Al llegar Ramón no estaba solo en la mesa. Le acompañaba Amalia, y mi decepción se hizo notar en el saludo que intercambié con ella.

—Ah, Amalia, eres tú. ¡Qué sorpresa! —ironicé .

—Yo también me alegro de verte, Lucas —contestó con más sarcasmo aún.

Me senté, traté de no hablar sobre nada, limitándome a escuchar, pero, cómo no, Ramón, con su poca medida y censura sacó el tema de Catrine, incómodo con la presencia de Amalia.

—Tienes mucha hambre, que no hablas nada, Lucas —dijo Ramón.

Era verdad, tenía hambre y comía en el más absoluto silencio, aunque en realidad tenía ganas de contarle a Ramón cómo me había ido con la danesa guapa.

—Dinos, ¿cómo te ha ido con esa danesa? ¿Catrine se llamaba? —añadió Ramón con su habitual inocencia en lo que a relaciones e interacciones personales se refiere.

Alcé la vista, casi me atraganto un poco, no me hacía mucha gracia hablar de ello en presencia de la arpía de Amalia. Pero tuve que contestar algo.

—Sí, la encontré, por casualidad —mentí para que Amalia no me tomase por un tonto enamorado, no iba conmigo eso—. Hablamos un rato. Todo está bien —seguí mintiendo.

Nada estaba bien, cierto era que la había encontrado, pero la definición de «bien» no era precisamente la más adecuada en mi encuentro y charla con Catrine.

—¡Ah, me alegro de que a mi hombre le haya ido bien el asunto! Así estarás más tranquilo a la hora de trabajar —alzó la voz Ramón, tenedor en alto.

Amalia miraba recelosa con los ojos entrecerrados, como tramando algo. Se podía leer el odio hacia mí en sus ojos. Dejó de comer y se alejó sin decir nada .

—¿Y a esta qué le pasa? —preguntó Ramón con su gesto despreocupado.

Me limité a encogerme de hombros y seguí comiendo sin importarme demasiado lo que sintiera o dejase de sentir Amalia. A mí lo que realmente me preocupaba eran las palabras contradictorias de Catrine en nuestro encuentro.