18. Sin piedad
Conté los días hasta que llegó el tan ansiado momento de regresar a la ciudad en la que encontré el amor verdadero…
Había pasado un mes desde mi encuentro con Catrine y en mi memoria apenas quedaba nada de ella, ni su rostro ni su voz, solo un recuerdo de sensaciones que me maravillaron de la forma más inesperada.
Quería reencontrarme con ella por todos los medios ya que, aunque no recordaba demasiado su imagen, no había conseguido sacarla de mi cabeza ni un solo momento desde que regresé a Valencia.
Al fin llegó el día que volé a Copenhague de nuevo, esta vez para pasar una larga temporada. Tenía la esperanza de volver a ver a aquella mujer que me causó la impresión más dulce y sensacional que he podido sentir jamás.
Ramón estaba nervioso por estar cerca de hacer realidad su nuevo proyecto y al fin sumar una gran cantidad de dinero a sus múltiples cuentas bancarias.
Al pisar tierra danesa una fuerte sensación de inestabilidad emocional me azotó de lleno en el pecho, como una ansiedad poderosa y maligna que me dictaba que volvía a estar cerca de la que fue mi amada más amada.
Viajamos hasta el hotel en que nos hospedaríamos hasta tener los pisos alquilados que Ramón tenía preparados para nuestra larga estancia.
Y allí, en aquel hotel, pude ver de nuevo el lugar en que me vi con ella para ir al lugar en que nos besamos y donde terminó todo tan pronto como empezó.
Y la sensación de angustia ansiosa de mi pecho no hacía más que crecer de un modo algo inusual en mí.
Sentí que la situación se me iba de las manos y que no podría concentrarme del todo en mi trabajo hasta que no sacase esa gran espina que había quedado clavada en mí.
Algo me decía que no sería fácil volverla a ver.
Pasaron dos días hasta que decidí llamarla.
Había guardado su número de teléfono como oro en paño a sabiendas de que un día lo necesitaría.
Y ese día había llegado. Marqué el número con un temblor más que acentuado en mis manos.
No sabía nada de ella, ni siquiera si me recordaba como yo a ella.
Aquel día en Kastellet se esfumó de un modo un tanto inesperado y amargo.
¿Y si había decidido huir así porque yo no le gustaba en realidad?
No lo sabía, pero ese era un posible riesgo que merecía la pena correr.
El tono sonó a través del altavoz de mi teléfono y mis temblores se hicieron notar una vez más, esta vez en todo mi cuerpo, acompañados por la inestabilidad emocional traducida en ansiedad, pesarosa y agobiante.
Finalmente sonó una voz femenina al otro lado, en danés.
Yo ya me había preocupado de aprender algunas cosas básicas en ese idioma, así que pude entender lo que dijo.
—¿Hola? —dijo.
—Hola, soy Lucas García. ¿Me recuerdas?
Hubo un silencio.
—¿Perdón?
—Lucas, Lucas García. ¿Catrine?
—No sé de qué habla, caballero. No conozco a ninguna Catrine.
—¿No es usted Catrine?
—Definitivamente, no .
Y mi mundo terminó en ese preciso momento.
La línea se cortó y a mi ansiosa sensación de nervios se unió un precario vacío existencial.
El único modo de poder encontrar a Catrine se había esfumado con la voz de aquella extraña danesa que afirmaba no ser ella.
Cabía la posibilidad de no haberla entendido bien por mi bajo nivel de danés, pero era una opción remota.
Estaba bastante claro que ella no era Catrine, su distinta voz aun no recordando la original había tumbado toda expectativa.
Quedé tocado, pero no hundido, y mi cabeza comenzó a buscar posibles soluciones al problema.
Todo eso sin apenas poder concentrarme en el trabajo del mejor modo.
Todo era una carrera que tenía que resolver antes de una semana, momento en que vendría el trabajo verdadero.
Así pues, tenía seis o siete días para dar con el paradero de mi amada si no quería que mi rendimiento en el trabajo fuese menor que de costumbre.
Ramón ya comenzaba a hacer preguntas incómodas sobre mi estado de ánimo que no dejaban que la situación fuese favorable.
—Lucas, no te veo implicado como de costumbre. ¿Te ocurre algo? —dijo en una de nuestras comidas en el hotel.
—No es nada, jefe. Solo que echo un poco de menos el hogar. Es la primera vez que estoy tan lejos por tanto tiempo. Es una sensación extraña —mentí sin piedad.
—Espero que así sea, te necesito entero y con todas tus capacidades en esto, Lucas. Ya sabes que eres mi mano derecha.
Una palmada en el hombro cerró esa conversación, la primera de todas las incómodas que se fueron sucediendo durante los días posteriores .
Asentí, medio avergonzado y me puse a comer en el mayor de los silencios, dejando a Ramón explayarse en sus múltiples historias pasadas y por pasar.
Pero en mi interior no había cabida para cuentos ajenos ni batallas de los demás. Sentía que tenía un cuento propio que escribir y ese cuento pasaba, primero, por encontrar a la misteriosas y desaparecida Catrine, y segundo, por saber si ella todavía me recordaba como yo a ella.
Pasaron dos días más de incertidumbre y pesadez ansiosa hasta que el mismo Ramón de forma involuntaria, me dio una posible solución a mi gran preocupación. Fue cuando pasamos frente al edificio de oficinas en que me encontré con Catrine por segunda vez por casualidad. Y el inocente de Ramón dijo:
—Mira, Lucas, ¿no fue aquí donde conociste a aquella chica danesa con la que escapaste aquel día?
¡Qué recuerdos! Y pensar que monté aquel numerito en la cocina del hotel por una mentirijilla tuya con motivo de verte con esa chica…
¿Qué fue de ella? Tengo constancia de que es una muy buena abogada de Jansen & Co, o lo que queda de esa empresa porque quebró y ahora se encuentra en reconstrucción.
Pero por aquel entonces ella trabajaba aquí.
La vi varias veces antes de que tú la conocieras. Me hablaron bien de ella.
Un escalofrío enorme recorrió cada uno de los poros de mi cuerpo erizando mi bello capilar como polvo de hierro al paso de imán volandero.
—¡¿En serio?!
Mi expresión fue exageradamente exaltada.
—No la has olvidado del todo, ¿eh, pájaro? Si es que en el fondo eres un romanticón, como yo. Recuerdo cuando conocí a Cristina …
Volvió a contar la misma historia como si fuese la primera vez que la contaba.
Y es que Ramón era así, un tiburón en los negocios, pero en el tema de relaciones personales no conocía la medida a la hora de repetir las historias una y otra vez.
A veces se podía poner de un pesado tal que no tenías otra opción que escuchar a la fuerza o poner alguna excusa barata para poder salir de sus redes de contador de historias repetidas.
Oí palabras de su boca, pero no escuché lo que querían decir, una porque era una historia que ya conocía y dos, porque en mi cabeza solo había cabida para idear una estrategia que me llevase hasta ese bufete de abogados llamado Jansen & Co donde supuestamente trabajaba mi ansiada Catrine.
Al día siguiente cogí un taxi y me planté en la puerta de aquel edificio céntrico de oficinas.
Eran las nueve y media de la mañana y una niebla matutina cubría gran parte de la ciudad.
El cielo estaba gris con un pálido y tímido sol intentando abrirse hueco entre las nubes.
Cuando uno sabe que el destino es algo incierto que a veces te guía por caminos insospechados, te detienes a pensar qué es lo que está haciendo y eso mismo es algo que tiene que ver con el propio destino.
Aquella vez quedó patente que mis intuiciones del destino tal vez fueron ciertas porque tan pronto puse mis pies dentro de aquel edificio pude distinguir a una mujer que llamó mi atención, más que todas las que deambulaban por doquier un miércoles laboral entorno a un edificio del mismo término.
Había olvidado su imagen, pero bastó con una ojeada a lo lejos sobre una espalda de traje negro, falda ceñida y larga del mismo color para reconocerla.
Era ella, su pelo vino a mi memoria como si todo hubiese sido horas atrás.
Sostenía unos papeles en la mano y caminaba directa hacia el ascensor del edificio.
Corrí tras ella, pero el destino no quiso que el ascensor esperase al que ansiaba reencontrarse con el amor de su vida.
Las puertas se cerraron justo cuando yo llegué.
Y de nuevo una sensación de derrota invadió mi ser.
Lo tuve claro, fui a conserjería y pregunté si había otra salida. Me dijeron que no. Me senté en uno de los bancos de la recepción del edificio a la espera de que ella volviese a salir de aquel ascensor que la había separado de mí.
Pasaron dos horas en las que sentí frío, hambre, sed y ganas de orinar.
No podía ser que ese mismo destino me quisiera separar de aquellas puertas a modo de necesidades humanas básicas.
Pero mi amor por ella era más grande que todas esas cosas y reñí con el destino, combatiendo todas esas necesidades y mostrando mi lado más paciente.
Y cuando a la enésima vez que se abrieron las puertas del ascensor pude reconocer el rostro que me había quitado el sueño y la serenidad, me di cuenta de que lo que estaba haciendo era una auténtica locura, de esas que se cometen cuando el amor verdadero te tiene preso en sus redes.
Apareció, tan bella como no la recordaba, sonriente como había podido soñar y tan iluminada como supe que era cuando la conocí.
Me puse de pie, tembloroso, me miró y su sonrisa se acentuó de un modo que me hizo saber que me había reconocido y se alegraba de verme al menos. Nada estaba perdido.
—¿Lucas?
—¡Catrine!
Hubo una parada del tiempo mientras nuestras miradas se cruzaban en un extraño baile de sonrisas.
Sin esperarlo ni imaginarlo siquiera, la ansiada amada por la que había estado suspirando durante algo más de un mes, soltó los papeles que llevaba entre manos y se lanzó hacia mí, abrazándome con tal fuerza que casi quedé petrificado de sorpresa y felicidad.