17. Una macabra historia sin fin
Ya en casa de Andrea Lee…
—Un momento, un momento. ¿Por qué nos cuentas esto de la señorita Andrea?
—Porque tiene todo su sentido. Todo lo que les cuente tiene su sentido con lo que quieren saber, señor Clive.
—Sí, pero es que no logro entender qué relación puede tener esa tal Andrea con el asunto por el cual estamos aquí, Bent.
—Déjeme que siga y poco a poco conseguirá atar los cabos sueltos, agente Clive. Confíe en mí.
—¡¡Y una mierda!! ¡Jefe, nos está metiendo su rollo a conveniencia! ¿Es que no lo ve?
—¡Cállese, Clarensce! No sé cómo se lo tengo que decir. Está aquí para escuchar y tomar nota, no para juzgar. Y mucho menos para juzgar mi juicio. Que sea la última vez, ¿entendido?
—Entendido, señor.
—No eres más que un gusano títere, Clarensce. ¡Mírate!
—¡¡Mierda, jefe!! Me ha escupido. ¿No va a hacer nada?
—¡Cállese y anote, agente Clarensce!
—Ja, ja, ja, ja, ja.
—Esa risa no era necesaria, agente Bent. No lo ponga más difícil. Continúe, por favor. Le escuchamos.
—Gracias, Clive. Con mucho gusto. Y gracias por frenar el ímpetu de su gallito de corral.
—No se merecen. Cada uno tiene sus obligaciones, sin más .
—Bien, como iba diciendo…
Me encontré sin apenas darme cuenta en la casa de aquella desconocida que afirmaba saber quién estaba detrás del asunto que afectaba a Catrine. Y eso era algo incierto, ya que lo de Catrine más bien tenía pinta de sobrenatural antes que de algo puramente maquiavélico y tramado con ingenio afinado.
Era una preciosa casa a las afueras del sur de Copenhague, pegada al mar.
Su decoración era afable, moderna y el orden era quisquilloso y matemáticamente estudiando.
El suelo de madera crujía a cada paso que dabas y eso molestaba mucho a mi querida anfitriona.
No dejó de quejarse del dichoso suelo hasta bien entrados en conversación, cuando dos copas de whisky ya descansaban en la preciosa mesa de centro del salón comedor, amplio e iluminado por múltiples luces tenues que te dejaban entrever que la comodidad era algo imprescindible en aquel hogar y que, toda esa comodidad, se veía truncada por el crujir de la madera mal colocada en el suelo.
—Esa madera no va a conseguir que seas más feliz hoy, por mucho que te quejes de ella, señorita Andrea —le dije en tono altivo, vaciando media copa en mi garganta después de que estuviese quejándose largo rato del maldito suelo.
—Es cierto, pero, de algo hay que quejarse siempre, ¿no?
—Supongo que sí, no lo sé. Como tampoco sé por qué me has traído aquí ni lo que pretendes. Cuéntame qué sabes de una jodida vez o me largaré tal como he llegado.
—No te largarás, te lo aseguro.
—Ah, ¿no? ¿Cómo estás tan segura ?
—Como que acabas de beber de tu copa, agente Bent. No eres demasiado inteligente para ser detective, ¿no crees?
Llevé mis ojos a la copa de whisky con hielos y no pude evitar pensar que había sido ella la que me había drogado la noche anterior y, probablemente, lo acababa de hacer de nuevo. Temí por mi integridad como hombre y detective.
—¡Fuiste tú la que me drogó, puta!
—Te equivocas de nuevo, Bent. Fue tu amiga, la asiática. Yo no he hecho nada de eso, ¿por qué piensas eso de mí?
—Porque acabas de insinuar que al beber de esa copa no podré largarme, lo cual me hace pensar que has añadido algo que me va a impedir salir de aquí.
Una fuerte carcajada salió de su boca mientras sostenía su copa, mirándola con mimo y dedicación, luego bebió, torciendo sus ojos hacia mí como indicando que yo era buen detective esta vez y había descubierto que era ella quien se dedicaba a drogar a la gente para, a saber qué fin.
—Hombre —intervino tras dejar su copa en la mesa y sin dejar de reír del todo— teniendo en cuenta las copas que llevabas tomadas en el bar, con esta puedes tumbar definitivamente, no porque te haya metido algo dentro, sino porque llevarás tal tasa de alcohol en sangre que cualquiera saldría vomitando como mínimo, o eso, o caería redondo en un sueño placentero con una posible resaca aguda al despertar.
Pero no, no te he metido ninguna jodida droga en el vaso, estúpido.
Me sorprende que pudieses resolver el caso de mi amiga Romina aquella vez.
Quizá no seas tan buen detective como ella afirma que eres.
Quedé sorprendido, cauto, pero supe que esa mujer no había metido nada en mi copa, y lo supe porque al pronunciar el nombre de Romina, una especie de película de recuerdos se paseó por lo largo y amplio de mi cerebro, relacionando a la mujer que ahora tenía delante con aquella que no paró de intentar acostarse conmigo mientras llevé el caso de su amiga Romina, la única Romina a la que he ayudado a salir de una situación angustiosa hasta ahora.
Y esa chica llamada Andrea ahora me tenía en su casa, ebrio y sin ganas de otra cosa que saber lo que tenía que decirme sobre el caso que me quitaba el sueño.
—Vale, ahora te recuerdo —dije. Ella sonrió con picardía, llevando su mano a mi muslo. La aparté de un plumazo—. ¡Dime qué sabes y no me hagas perder más tiempo!
Se quedó mirándome con cara algo amarga, decepcionada por mi reacción, supongo.
—Los mata ella —dijo con seriedad.
Por mi cabeza se sucedieron miles de posibles formas de encajar esa nueva y extraña información.
—¡Eso no puede ser! ¿Por qué iba a hacer algo así?
—Parece extraño, pero no lo es. Soy prima de su mejor amiga, aquella a la que le cuenta todos sus secretos, hasta los más inaccesibles.
—¿Lovise es tu prima?
—Sí.
—Cuéntame más.
—Con una condición, agente Bent.
—¿Pues?
Bebí de mi copa, nervioso ante todo lo que estaba descubriendo .
—Que accedas a follar conmigo, hoy, esta noche, y cuando yo te lo pida.
—No puedes pedir eso. No olvides que estás ante un agente de la ley.
—Puedo pedir eso y mucho más, lo sabes y no podrás negarte.
—También puedo llevarte a comisaría por encubrimiento de un delito, o, mejor dicho, de varios.
—¡No harás eso!
—Ponme a prueba y lo verás.
—Ya te estoy poniendo a prueba.
—Está bien, en ese caso… señorita Andrea, debes acompañarme a comisaría.
Debemos realizarte unas preguntas sobre las muertes de Jarl Nielsen, Klint Jacobsen, Lars Anderssen Jacob, Clark Roberts, Austin Simonsen, Ralph Mahalean, Vincent Aromant, Lave Larssen Chevi (alias, Cuco), Denis Timberlant y Cole Blant.
¿Te parecen pocos motivos para contarme todo lo que sabes si quieres librarte de, posiblemente, un encarcelamiento indebido?
Y puedo asegurarte que mi jefe está loco por meter a alguien en la cárcel, aunque ese alguien no tenga nada que ver con el caso. ¿Pues…?
—Los mata con un veneno que no se puede rastrear en el cuerpo humano. Es un veneno antiguo que se inhala por la respiración y es tan letal que puede provocar la muerte en varios minutos.
—¡No puede ser! No sé qué te ha contado tu prima, pero esos hombres no han muerto envenenados, han muerto por suicidio. No veo la relación .
—Claro, no la ves porque no hay rastro del veneno, pero te puedo asegurar que es tan letal y hace sufrir tanto a la víctima en tan poco tiempo que se pueden ver inducidos al suicidio sin explicación alguna.
Mi pensamiento era un cúmulo de incertidumbres y raros líos cerebrales que no me llevaban a ninguna parte que no fuese un lugar inaccesible para mi limitado cerebro. Algo se me estaba escapando y no sabía qué.
—¿Sabes el nombre de ese veneno?
—No, mi prima no me lo supo decir. Pero sí me dijo que es un veneno ancestral que se ha usado en multitud de rituales de tribus del Amazonas para sacrificar a los hombres y mujeres impuros. Lee en internet, seguro que encuentras más información.
Se la veía muy serena como para pensar que estaba mintiendo. No perdía nada creyéndola, así que, vacié mi vaso y salí de aquella casa, dejando a Andrea con unas ganas de sexo imposibles de satisfacer por mí en aquel momento.
—Pero, agente Bent, no te marches, dame lo mío. He cumplido mi parte del trato —escuché cuando mi abrigo ya se acomodaba sobre mis hombros.
—¡Si es verdad lo que me dices, señorita Andrea, volveré y te compensaré, te lo aseguro! Mantente alerta, ¿de acuerdo? —dije sin girarme, abriendo la puerta y desapareciendo tras ella, en la oscuridad de la noche danesa.
Llegué a casa con más alcohol en mi cuerpo del que me hubiese gustado.
Traté de investigar en internet el veneno del que había hablado Andrea.
Descubrí que sí, que existía un veneno así, llamado Haz Púrpura, con el que los chamanes de tribus del Amazonas rociaban a los hombres y mujeres impuros, causándoles confusión cerebral y episodios paranoicos que solían derivar en el suicidio.
Y ese debía ser el causante de las muertes y no el suicidio en sí, de ser así, Catrine sería artífice de tan misterioso caso.
Sentí que estaba cerca de descubrir la verdad, solo tenía que jugar con Catrine para hacerle confesar sin darse cuenta.
Pero apenas pude pensar demasiado en ello dada la borrachera que llevaba encima.
Terminé dejando caer la cabeza sobre mi mesa de trabajo, quedando dormido como un tronco.
Desperté con el sonido de mi teléfono ladrando como martillo eléctrico que trata de abrirse paso a través de mi cráneo para llegar a mi cerebro de un modo bastante doloroso.
Era mi jefe voceando una frase que no me gustó nada «esa puta de los suicidios lo ha vuelto a hacer, asegúrate de tenerla preparada para el interrogatorio que le voy a hacer en persona.
Si no es así tendré que ir pensando en tomar las medidas oportunas.
Y me importa una mierda cuantas cabezas rueden para que esa zorra termina entre rejas, ¿entendido, Bent? »
A lo que no pude responder otra cosa que «sí, señor, la tendrá ahí antes de mediodía» después de notar su tono de voz bastante más alterado que de costumbre e intuir que una de esas cabezas rodantes podía ser la mía propia.
Llamé a Catrine y le dije la buena nueva sin dejarle entrever que ahora tenía más información sobre el caso.
Ella debía ser la culpable de todas las muertes y se las había ingeniado muy bien como para que no la pillasen.
Pero ¿por qué Catrine querría matar a todos esos hombres?
Según ella eran desconocidos. No tenía mucho sentido, pero algunas piezas comenzaban a encajar y mi intención era no perder mi puesto, aunque ella tuviese que terminar entre rejas.
Aprovecharía cuando mi jefe estuviese interrogándola para irrumpir en la sala cargado con un polígrafo y volcar toda la nueva información para ver si Catrine se mostraba nerviosa ante la máquina.
De ese modo quedaría condenada y mi puesto intacto, con algún reconocimiento especial incluso.
Era un plan genial, digno de los mejores.
Pero Catrine era demasiado inteligente como para que todo saliese a la perfección.
Después de que ella se mostrase algo arrepentida por todos los suicidios que habían tenido lugar durante todos esos años, no mostró mucha resistencia en acudir a la comisaría para declarar ante mi jefe, lo cual me pareció una rendición por su parte.
Así que quedé con ella en recogerla en su casa para dirigirnos a la comisaría, y todo antes de mediodía, tal como le había adelantado a mi nervioso jefe.
Pero al llegar a su casa, cómo no, la señorita Catrine no se encontraba a allí.
Y lo peor de todo, no había ni rastro de ella.
El teléfono apagado, ningún vecino la había visto excepto uno, que afirmaba que la había visto salir hacía poco tiempo, cargada con una maleta y con su gato.
Se me vino encima el mundo y pude ver a mi jefe cortando cabezas sin ningún tipo de escrúpulo, la primera la mía.
Me lancé a la calle y corrí de un lado para otro en su búsqueda, sin ningún tipo de éxito. Catrine había desaparecido y con ella mi sueño de ser el mejor detective de la ciudad.
Me odié, la odié y terminé odiándome más a mí mismo que a ella.
Estaba perdido. No podía hacer otra cosa que no fuese acudir a la comisaría con la cabeza agachada y suplicando por mi puesto.
Pero antes fui a casa de mamá para avisarla de que iban a llegar cambios con respecto al dinero que le paso cada mes.
Mi madre enfureció al saber que su poder adquisitivo iba a menguar por culpa de un hijo incompetente y desgraciado. Sentí pena por ella, también una culpa muy grande como para omitir que existía.
Cuando llegué a comisaría encontré que el jefe estaba muerto; parada cardiorrespiratoria sin previo aviso, como ustedes ya saben.
Y es que él siempre fue una persona demasiado gruesa e insana como para que un día no le pasase algo así.
Lamenté su muerte, pero también sentí un alivio inmenso al saber que tendría algo más de tiempo para conseguir la reconducción del caso Catrine.
Ahora la misión principal era encontrarla.