La maldición de Catrine 16. El último y un viaje que cambiará todo #3
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16. El último y un viaje que cambiará todo #3

Lovise y yo compartíamos habitación. Fue elección de ella que fuese así.

Entre charlas trascendentes y palabras de aprecio sublime, Lovise se durmió.

Quedé sola con mis miedos, sintiéndome como fugitiva de película.

Parecía que la película en que vivía Bent todo el tiempo se había extendido hasta absorberme a mí también.

Me sentía damisela de película de detectives y misterios extraños.

Pero no, aquello era la vida real, mi vida .

La boda se sucedió entre brisa marina, olas leves, gaviotas preciosas y miles de cánticos alegres y bebidas espirituosas.

Una Lovise más emocionada que entera trataba de gestionar cada momento de la mejor forma posible.

De vez en cuando me lanzaba miradas cómplices que decían que la celebración estaba yendo incluso mejor de lo esperado, yo me limitaba a sonreírle y aplaudir cada acto como si mi vida fuese con ello.

Por la noche, continuando la fiesta en la zona Vip de una conocida discoteca de la ciudad, situada en la misma Ciudad de las Artes y las Ciencias, uno de los amigos de Jonas y, por consiguiente, del ya fallecido Klint, me declaró que siempre había estado enamorado de mí.

Supongo que su atrevimiento estuvo ligado a la tasa de alcohol en sangre que debía llevar porque hasta ese momento aquel chico no muy guapo me había tratado con la mayor de las cordialidades y sin demostrar nada más allá que una simple amistad apadrinada por Jonas.

Mi rechazo fue absoluto e inmediato, por supuesto.

Ese chico no tenía ni idea de con quién trataba ni a lo que se exponía.

Mis deseos carnales ya no llamaban a la puerta de mi subconsciente para que alguien muriese al fin. Y mucho menos con él, que era conocido.

Cuando llegó el momento de volver al avión con destino a Copenhague tenía una sensación de no haber dormido en siglos unida a la de sentirme como presa que va directa hacia su cazador; como conejo a boca de zorro, o como foca a diente de tiburón.

Bent Meyer me estaría esperando con los brazos abiertos, pero esta vez no para querer acostarse conmigo sino para llevarme con su terrible jefe, seguramente histérico e inclinado a llevarme entre rejas, sea cual fuera la forma.

Pero en el avión todo cambió cuando me dirigí hacia el lavabo en pleno vuelo.

Allí tuve el encontronazo más tonto, pero también más dulce e influyente que he tenido jamás.

Topé con la cara de Lucas en un movimiento torpe que permitió que nuestros labios se juntasen por una milésima de segundo.

Luego nos miramos en silencio mientras de nuestras bocas asomaba una sonrisa aún más tonta que el golpe en sí.

Y para mí el mundo pareció detenerse a miles de metros de distancia del suelo cuando la imagen de esa cara se posaba ante mis ojos, con esa inocente expresión y esos ojos negros, cargados de personalidad y fuerza, custodiados por unas cejas pobladas de una masculinidad innata; una barba descuidada de varios días y un pelo liso que haría las delicias de cualquier peluquero que se precie.

Un hombre fabuloso y fantástico que me enamoró tan pronto lo vi y que, en aquel momento y hasta hoy, me parece el más hermoso que he visto nunca.

No nos entendimos muy bien, pues él es español y yo danesa, pero gracias a mis conocimientos de su idioma logramos cruzar algunas palabras.

Me dejó una tarjeta en la que figuraba su número de teléfono.

Luego una mujer bastante atractiva y guapa lo llamó.

Lucas se alejó de mí hasta que, ya en tierras danesas volví a verle.

Fue en la cinta transportadora de maletas.

No dejé de mirarlo por el rabillo del ojo comprobando que él también me miraba a mí.

Quise que mi maleta tardase en llegar para ver si Lucas decidía finalmente acercarse a mí, pero las maletas salieron antes de lo esperado, antes que nunca, como si el destino estuviese conspirando para que me separase de aquel hombre perfecto que había tenido el placer de conocer en el avión de la forma más inesperada posible.

Tenía su número de teléfono, y pensaba llamarle en un par de días si no me veía entre rejas al final, claro.

Pero las circunstancias cambian tanto como pañales en un bebé.

Dos días después, sin esperarlo ni verlo venir, volvimos a toparnos del mismo modo que en el avión, fue como una repetición del golpe tonto, como si ese mismo destino que nos separó días atrás estuviese conspirando para que nos encontrásemos de nuevo y ya nunca pudiésemos olvidar la forma en que sucedió.

Esa vez fue en la puerta del edificio de Jansen una servilleta de papel.

Al día siguiente, por la mañana y sin previo aviso, recibí su llamada, tan esperada por mí que me parecía un sueño estar escuchando su voz al otro lado de la línea.

Quedamos a las tres de la tarde en el hotel en que se hospedaba. Yo ya tenía claro que iríamos a Kastellet después. Es uno de mis lugares favoritos de la ciudad.

De camino hacia allí, en aquel taxi, no podía dejar de pensar en mi fatídica condición al mismo tiempo que no podía evitar sonreír al pensar que vería la cara de tan apuesto caballero galante de nuevo.

¿Qué tenía ese español para despertarme algo tan profundo en tan poco tiempo?

No lo sabía, pero tenía la intención de descubrirlo.

Eso sí, con todo el cuidado del mundo pues sabía que una vez tuviésemos sexo todo acabaría, no había otra realidad aparente ni una posible solución.

En Kastellet, tumbados sobre la hierba, a la vera del molino viejo, sentimos que éramos el uno para el otro.

Lo sentimos tan fuerte que no hacía falta hablar el mismo idioma para darse cuenta.

Pero todo lo bonito se acaba y cuando parecía que todo marchaba sobre ruedas, mi miedo a hacerle daño afloró de un modo un tanto enigmático e incontrolable.

Hui de aquel prado de hierba fresca, dejándolo tirado y, posiblemente desolado.

Me culpé una y otra vez a lágrima viva mientras volvía a casa.

No tenía a Lovise, ella estaba por las Islas Maldivas de viaje nupcial.

No tenía a nadie con quien desahogar mi ingente frustración y agonía.

Me sentí sola y desamparada. Y todo se me vino mucho más abajo cuando, al llegar a casa, comprobé que Pipo no salía a saludarme como era habitual en él.

Se había marchado al otro mundo sin avisar, sin motivo aparente.

Y sentí que todo ser viviente cercano a mí estaba condenado a morir de un modo u otro.

Enterré a Pipo en uno de los jardines que le vieron crecer, en casa de mamá.

Me instalé unos días con ella para recobrar la calma y poder asumir mi desesperante condición, y todo sin poder contarle a mi mejor amiga la gran aventura romántica que había vivido con aquel español de cara bonita y amable gesto.

Mamá me notaba triste y no dejaba de intentar comprender los motivos.

Yo le explicaba que era por Pipo, pero lo que habitaba en mi interior era una pena incluso mayor que la de perder a tu única y longeva mascota.

Había dejado escapar al único hombre que me había hecho sentir mujer afortunada, al único que había sido capaz, ya no de igualar a Klint, sino de sobrepasarlo.

Aunque una pequeña esperanza dicha por Lucas en forma de nuevo viaje a Copenhague me decía de vez en cuando que podría llegar a volverle a ver, otra puñetera incertidumbre me decía que aquel plantón habría hecho mella en él y ya no querría nunca saber de mí.

Lo que sí tuve claro fue que mis deseos sexuales desaparecieron la noche de boda de Lovise y no volvieron del mismo modo sino solo con ganas de satisfacerlos con un cuerpo y una cara que tenían un solo nombre; Lucas.