La maldición de Catrine 16. El último y un viaje que cambiará todo #2
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16. El último y un viaje que cambiará todo #2

—¿Qué pasa, Bent Meyer?

—Cole Blant pasa, Catrine. ¿Qué has hecho?

—¿De qué te sorprendes?

—De que lo hayas pasado tan mal con Denis y un día después reincidas… Estoy preocupado por ti y por las futuras víctimas, Catrine. Esto tiene que acabar. Deberías dejar de tener sexo una temporada, al menos hasta que demos con la causa que provoca los suicidios.

—¡¡No me digas lo que debo hacer, Bent Meyer!! Yo no tengo la culpa de que se suiciden.

—Nadie la tiene, pero solo tú puedes evitar que muera más gente .

—¿Qué más da? Son desconocidos.

—Desconocidos para ti, Catrine. Pero tienen familia, amigos…

—Me trae sin cuidado.

—Cole Blant era un científico reputado, encargado de investigaciones en la cura de enfermedades congénitas de patología crónica. No sabes lo que hablas, Catrine. Y mi jefe…

—Tu jefe, ¿qué?

—Me ha pedido que te detenga. Que quiere verte entre rejas, aunque no seas la culpable directa de esas muertes. La prensa está comenzando a inmiscuirse en el caso. Nos está siendo casi imposible mantener la reputación de la comisaría.

El silencio que se produjo después de eso fue como estar en un bote en medio del mar un día de clima calmado.

—¿Y qué quieres que te diga yo?

—Has de acompañarme a comisaría, Catrine. Lo siento. He intentado que no fuese así, pero no tengo elección. Eres o tú o mi trabajo.

—¿En serio vas a anteponer una mierda de trabajo a una amiga como yo?

—¿Amiga? ¿Desde cuándo has pasado a ser eso para mí? Creía que yo era solo el detective pesado de turno para ti.

—Pues no lo eres. Te tengo cierto aprecio, ¿sabes?

—Ya, claro… por eso me has tratado siempre tan mal.

—Por eso no he querido acostarme contigo, idiota, para que no te pase nada .

—Bueno, sea lo que sea, debes acompañarme a comisaría. Esta vez no seré yo quien te interrogue, será mi jefe en persona. Me lo ha pedido expresamente. Estamos jodidos, Catrine.

Tragué saliva, me levanté de la cama y miré en el espejo a la muchacha de pelo encrespado que estaba a punto de ser condenada a prisión sin motivo, y todo por la fama de una precaria comisaría de una ciudad enorme.

Asumí los acontecimientos con el pesar propio de quien sabe que la vida le acaba de dar un traspié improvisado e injusto.

—Está bien, Bent. Ven a por mí.

—Lo siento, Catrine.

—No pasa nada. Es lo que hay…

—Sí.

—¿Cómo ha muerto Cole?

—Ahogado.

—¿Ahogado?

—Lo han encontrado en el canal cercano a tu casa. Al parecer se lanzó a él. Encontraron vómito suyo en una acera cercana, ¿sabrías decirme si tomó algo raro?

—¡Dios! Que yo sepa no. Tomamos unas cervezas, nada más.

—Catrine, esto debe terminar. No puedes seguir así. Otra cosa te digo, no sigas mintiéndome, por favor.

—Tienes razón, Bent. Pero resulta que mi apetito sexual es indomable. No puedo dominarlo. Lo siento. Estaré mejor entre rejas, seguro, así nadie más sufrirá… No miento, Bent Meyer.

—Lo siento, de veras, Catrine. Paso a recogerte. Estás en casa, ¿no ?

—Sí.

—Vale, no te muevas de ahí. En diez minutos estoy.

—De acuerdo.

—Ahora te veo.

Y la línea se cortó dejándome con una tristeza de un nivel muy elevado como para pasar desapercibida.

Pipo me miraba con su habitual simpatía, pero yo apenas podía verlo.

En mi cabeza se había formado la imagen de una cárcel monótona llena de mujeres crueles que, seguramente, querrían hacerme daño al saber las causas de mi encarcelamiento.

Lloré de nuevo, esta vez fue un llanto bastante roto y desconsolado.

Al poco rato de estar llorando una esperanza en forma de billete de avión hacia Valencia con motivo de la boda de Lovise encendió una pequeña luz en mi camino para no terminar en la cárcel.

El vuelo salía al día siguiente, a las cinco de la madrugada.

Solo tenía que esconderme hasta entonces y estaría lejos del jefe de Bent y sus posibles consecuencias.

Pensé en Pipo, en que no podía dejarlo solo durante tantos días.

Así que llamé a una de mis clientas de asesoramiento de belleza y le coloqué el gato con la excusa de la boda de mi amiga.

Me lancé a la calle con el teléfono apagado, naturalmente, con una maleta y todo lo necesario para pasar tres días fuera de casa; dinero, ropa, objetos de belleza, zapatos.

Supe que Bent enloquecería al no encontrarme en casa cuando llegara, pero era, o él o yo.

Y bajo ningún concepto iba a dejarme hundir tan fácilmente.

Yo no era culpable directa de esas muertes, bien es cierto que pude haberlas evitado, pero ¿acaso no tengo derecho a tener sexo?

Fui egoísta, pero quizá Dios no tenga que castigarme por ello ya que fue él quien me impuso mi condición de asesina del amor .

Después de estar vagando por las calles de Copenhague durante horas, refugiándome donde podía y esperando el momento de subir al avión, llegué al aeropuerto reencontrándome con Lovise, Jonas y mis otras dos amigas del alma.

Aunque desde hacía años ellas no formaban parte importante de mi vida, nunca dejaron de ser grandes amigas de la infancia; Alina y Victoria.

Me sentí libre una vez el avión hubo despegado sus ruedas del suelo danés en dirección a terrenos españoles desconocidos y, tan bonitos como los pintaban.

No pude dejar de pensar en Bent y la supuesta desesperación en que habría caído al no haberme encontrado en casa.

Posiblemente su jefe le abroncaría de un modo poco compasivo.

Quizá le relegarían de su puesto. Y todo era un lío pesadumbroso que terminó cuando los múltiples invitados a la boda que viajaban en aquel avión se pusieron a cantar una canción de bodas en honor a los inminentes recién casados.

Me dormí poco después. Me despertó Lovise cuando el avión ya reposaba en la pista de aterrizaje de un lugar llamado Manises, población cercana a Valencia donde se encuentra el aeropuerto.

Un autobús nos esperaba a la salida. En él viajaríamos hasta el mismo centro de la ciudad, al Ayre Hotel Astoria Palace, en la plaza del ayuntamiento; un lugar céntrico y bastante concurrido de peatones de todas las nacionalidades imaginables.

La boda era al día siguiente en la playa de la Patacona. Así que el primer día lo utilizamos para hacer un poco de turismo por la ciudad con el mismo autobús que nos había llevado al hotel.

Estuvimos en la Albufera, que era un lago enorme en el que, por un módico precio, podías dar un paseo en barcas tradicionales y observar la flora y fauna del lugar, siendo la garza real la especie de pájaro más extraordinario que allí habita.

Después fuimos a ver el estadio de Mestalla; sede oficial del Valencia Club de Fútbol.

No me interesaba demasiado aquello, pero me impresionó.

Después estuvimos en el centro histórico, subimos a una torre antigua llamada El Miguelete, situada en la Catedral de Valencia, desde donde se podía ver una amplia extensión de ciudad.

Y para concluir nos llevaron a la Ciudad de las Artes y las Ciencias; esa magnífica aglomeración de edificios extravagantes, construidos por un famoso arquitecto valenciano.

Esas estructuras tienen un encanto especial, te llenan los ojos de formas casi imposibles al mismo tiempo que sientes una paz enorme y una sensación de que el ser humano es diminuto.

Disfrutamos de tiempo libre entre risas y cerveza que compramos en los restaurantes del lugar, tumbados en el césped hasta que, bien entrada la noche, el mismo autobús nos llevó a la zona de ocio nocturno más famosa de toda la ciudad, a terminar de emborracharnos en honor a Lovise y Jonas.

Sintiéndome tan cerca de los que fueron los amigos de Klint, algo pasó por mi mente aquella noche para que mis deseos sexuales se quedasen refrenados hasta que conocí a Lucas, dos días después.

Pero con él fue diferente, hacia él no nació un sentimiento de deseo pasional, no, hacia él fue una sensación extraña nada más verlo en aquel viaje de vuelta a Copenhague, entre risas por la gran celebración y miedo implacable por saber qué me encontraría una vez allí.

La noche no se alargó demasiado. Debíamos estar arriba a las nueve de la mañana para los preparativos de la boda.

Lovise se mostraba tan nerviosa que apenas podía hablar.

Solo cuando nos encontramos en la habitación del hotel, Alina, Victoria, Lovise y yo, fue cuando mi mejor amiga se pudo soltar y hablar un poco de lo que le estaba sucediendo.

—¿Creéis que Jonas será buen marido? ¿Creéis que estoy haciendo bien casándome con él ?

Las tres nos quedamos mirando a Lovise con cara de extrañeza.

Yo jamás había visto una pareja como ellos dos, eran la envidia de cualquier pareja, el ejemplo perfecto de lo que cabría en la definición de la palabra pareja, eran la felicidad en estado puro, su relación era una simbiosis perfecta y hasta incluso extraña por el nivel de pureza que llegaba a mostrar.

Y las tres no pudimos hacer otra cosa que responder cosas diferentes pero que significaban lo mismo.

—¿Pero estás loca? ¿Cómo puedes tener dudas con un hombre así? —dijo Alina.

—Si yo tuviese un hombre como Jonas a mi lado hace años que me hubiese casado con él —añadió Victoria.

—Yo le hubiese hecho padre de al menos ocho niños, Lovise —dije, y a Lovise le explotó una sonrisa débil.

—Gracias, chicas, es un honor y un placer teneros aquí en un momento tan importante para mí. No sé qué haría sin vosotras. Gracias.

—Gracias a ti nos estamos pegando un viaje buenísimo, tonta. Anda, ven aquí —dijo Alina.

Se abrazaron. Victoria y yo nos unimos al abrazo. Eran las cuatro de la mañana y el día siguiente sería un gran día para Lovise, y para todas.