16. El último y un viaje que cambiará todo
Después de debatir con Lovise el comportamiento de odio extraño y repentino de su prima Andrea hacia mí, suena mi teléfono, lo descuelgo enseguida al ver el nombre de Bent Meyer en la pantalla.
Parece nervioso, enfadado. Tal vez sea por el plantón de la noche anterior.
Le explico lo ocurrido con tono apagado y de tristeza.
Poco a poco va moderando su carácter hacia mí y accede a hacerme el favor de sacar el cuerpo de Denis Timberlant de mi casa para que pueda ocuparla de nuevo.
Me dice que va a hacer todo lo que pueda para que no se me relacione con esa muerte al ser Denis un periodista de fama nacional.
Dice que eso podría ser un gran problema para mí.
La tarde pasa algo más tranquila. Me voy con Lovise a ultimar algunos detalles para su boda, que tendrá lugar en Valencia en unos días.
Más tarde me llama Bent de nuevo y me informa de que todo está solucionado.
Denis ya no está en mi casa, han limpiado todo e incluso han puesto de comer a Pipo.
Siento un alivio inmenso y me siento en deuda con Bent por lo que ha hecho.
Ha sido muy bueno esta vez, y eso que la noche anterior le había dejado tirado como una cáscara de plátano en un bordillo.
Me cita en un restaurante caro para devolverme las llaves, pero yo sé que pretende conseguir algo a cambio de lo que ha hecho por mí, y ese algo tiene que ver con cuerpos desnudos en alguna cama.
Eso no puede ocurrir de ningún modo. Accedo a la cita por cortesía y agradecimiento, al fin y al cabo, esta vez, Bent, me ha ayudado mucho.
Después de una cena en la que, de nuevo, me había vestido demasiado sugerente y en la que hablamos sobre asuntos de mis casos como posibles causas o posibles culpables, despido a Bent en la puerta de mi casa, no sin que antes me proponga subir para culminar lo que, para él, debió haber sido uno de los mejores momentos que ha pasado conmigo.
Me niego en rotundo con unos argumentos suficientemente convincentes.
Subo a casa, me desvisto, recuerdo la última escena macabra que viví en mi baño.
Pipo remolonea con mis piernas en busca de cariño cuando ya estoy acomodada con ropa de estar en casa.
Abro el ordenador para distraerme un poco, pero fue un error grandioso porque sin saber cómo ni por qué, parecía que mi sed de sexo fácil todavía no había encontrado escarmiento después de la muerte de Denis ante mis ojos.
Descubrí que tenía varios mensajes de chicos en aquella maldita red social, pero de entre todos, llamaba la atención un mensaje de un tal Cole Blant. Decía lo siguiente:
«Oh, Catrine. Mi mundo ahora mismo gira alrededor de ver tu rostro delante de mí, con esos ojos ciertos, esa sonrisa clara y ese pelo brillante.
Sería un deseo imposible de conceder, ni siquiera por los mismos genios de lámparas mágicas me sería concedido al fin el deseo de poder verte esta noche.
Con todo el cariño de un muchacho que ha caído preso de tu imagen y sin más intención que ser, aunque sea, tan solo contestado, se despide, Cole Blant. »
Sonaba tan encantador… Mi arpía de sexo asesino relució sobre la habitación, anteponiéndose a mi parte bondadosa.
Además, aquel era, de lejos, el hombre más atractivo que me había escrito por medio de aquella red social.
Así que inicié el camino hacia la que sería mi última y definitiva víctima mortal.
Después de la cual decidí no volver a tener relaciones sexuales.
Después de aquello mi hambre voraz de sexo pareció desaparecer del mismo modo en que vino .
No más de diez mensajes hicieron falta para que a las dos de la madrugada, un Cole Blant sediento de sexo fácil se presentase en mi casa dispuesto a todo.
Era tostado de piel, de metro noventa, pelo esponjoso y ojos nacarados. Su voz resultó ser una amalgama de seducción. Su sonrisa relucía en contraste con su oscura piel y a sus costados nacían hoyuelos irresistiblemente atractivos.
—Pues ya estoy aquí, Catrine. Y casi me parece un sueño —dijo una vez se hubo plantado en medio de mi salón.
Además, era un romántico. Pero a mí no me interesaba lo más mínimo.
Yo solo quería follar, y hacerlo a un alto coste no me resultaba incómodo en aquel momento aun habiendo muerto Denis la noche anterior en ese baño, que ahora se mostraba reluciente y cuidado.
Bent había hecho un trabajo fantástico, y pensé que habría descubierto que mi afán por la limpieza no era muy arraigado y eso haría que yo le gustase menos, pero, a juzgar por su comportamiento durante la cena, yo diría que le resultan indiferentes mis dotes de persona cuidadosa y limpia.
—Sí, aquí estamos, Cole. ¿Qué quieres hacer? —pregunté por curiosidad, pero tenía claro que si había venido de ese modo no era para preguntarme por mi vida y mis asuntos.
De ser así yo no se lo iba a permitir.
—Pues… así, a priori, ¿tienes cerveza?
—Sí. ¿Rubia o tostada?
—Oh, tostada, por favor.
Parecía que no tenía prisa en hacerme el amor.
Quien pide una cerveza es porque quiere romper el hielo teniendo algo con lo que ir distrayéndose por si la conversación no fluye como se esperaba.
Saqué dos Paulaner y las serví en copas especiales para cerveza.
Cole ya estaba acomodado en mi sofá de polipiel negro con Pipo acurrucándose a su lado.
—¿Cuánto tiempo llevas viviendo aquí? —preguntó dando un sorbo a su copa.
—Unos años. Pero ¿de verdad quieres que hablemos y no pasemos a la acción?
Me contoneé insinuando mis intenciones.
—¿Acción? ¿A qué te refieres?
Sonreía con inocencia.
—Ya sabes… acción.
—No, no sé. Dime a qué te refieres, mujer.
—¡Hostia! ¿Quieres follar o no?
Sopló cerveza de su boca en un acto de sorpresa que manchó mi parqué y mi pequeña mesa de centro.
—¿Cómo?
—Lo que has oído, ¿de qué te sorprendes? Ningún tío mueve su culo a las dos de la madrugada para ir a casa de una desconocida y no hacer nada con ella.
—Pues no era esa mi idea, no, Catrine, me has malinterpretado. No sé con qué clase de hombres has topado, pero yo lo que quiero es conocerte.
—¿Conocerme? ¿Para qué?
—Es lo normal cuando una chica te gusta, ¿no?
—Yo no soy una chica normal .
—Ya lo veo, ya. Me gusta ir más despacio, Catrine, no te lo tomes a mal. Me gustas mucho, me atraes incluso más, pero no he venido buscando sexo, así lo prefiero.
—Ah, ¿no? ¿Entonces a qué has venido?
—Ya te lo he dicho, a conocerte.
—Pues a conocer a otra parte, Romeo. Yo solo quiero sexo, ¿entiendes? Si no quieres eso, aquí no haces nada. ¡Márchate!
Me levanté del sofá señalando la puerta y yendo a la cocina a por la fregona y un paño para limpiar la cerveza desparramada.
—Pero, Catrine. Esto es muy raro, normalmente funciona al revés. El hombre es quien quiere sexo y la mujer se reserva —escuchaba su voz sorda.
Aparecí cargada con los bártulos de limpieza.
—Pero yo no soy como las otras. Si no quieres lo que busco estás tardando demasiado en irte.
—Pero…
—Pero nada. ¡Largo!
—Está bien, está bien. Si es lo que deseas desaparezco.
Se levantó y se fue intentando buscar mi mirada, inmersa en dejar como los chorros del oro todo lo que había ensuciado el puritano, romántico y cursi Cole.
Cuando escuché que se cerraba la puerta me derrumbé sobre mí misma.
Dejé caer mi culo sobre el suelo mojado y lloré.
Armé un llanto doloroso al pensar en la bestia en que me había convertido.
Pipo notó mi disgusto y vino a refregarse conmigo, un hecho que me motivó a seguir con la tarea e irme a dormir para que el día terminase cuanto antes.
Lloré por sentirme un monstruo, sí, pero también lloraba por no haber podido conseguir calmar mi deseo sexual asesino e intranquilo.
Así que, en vez de irme a la cama, volví a acceder a la red social en busca de un nuevo amante desgraciado.
Cuando ya me disponía a hablar al primero que pillase, el timbre de mi casa sonó. ¿Quién podía ser a esas horas?
Me levanté, cauta, con algo de miedo. Pensé en avisar a Bent por si era algún desalmado que quería hacerme daño o robarme, pero no lo hice, agarré el paraguas que tenía cerca de la entrada y grité:
—¿Quién es?
—Catrine, soy Cole.
—Ah, eres tú… ¿Qué quieres? ¿No te ha quedado claro?
—Sí, por eso he vuelto. ¿Puedes abrir, por favor?
—Ya sabes lo que hay. ¿Para qué quieres que abra?
—¡¡Por eso he vuelto, Catrine!! Ya sé lo que hay…
Me estaba pidiendo que abriese porque se había arrepentido de no haber querido acostarse conmigo.
Ya no tenía que buscar a otro, tenía al que quería, justo donde lo quería.
Abrí la puerta despacio. Cole entró quitándose la ropa conforme avanzaba.
Mi sonrisa fue algo que hizo olvidar el llanto al que me había visto sometida segundos atrás.
Cerré la puerta tras de mí y le seguí la corriente.
La situación tomaba la forma deseada. Tenía el sexo que necesitaba y a la víctima perfecta sin un solo dato de su vida privada, no lo necesitaba, no lo quería, solo quería sexo con él y no sentirme luego culpable con su suicidio.
Resultó ser uno de los revolcones más apasionantes y tremendamente eficaces que he tenido el placer de vivir. Y el tamaño de su pene… Ay, el tamaño de su pene… aquello era como un proyectil a reacción de los que montan los aviones de guerra.
Terminamos la sesión de sexo. Cole se fue con una expresión bastante más afortunada que antes.
Yo también quedé contenta, fumando un cigarrillo que guardaba para ocasiones así.
Eran las cuatro y media de la madrugada y ya tenía ganas de que fuese un nuevo día y casi tenía cierta curiosidad espantosa de saber cómo habría terminado con su vida Cole Blant.
Lo que me despertó fue el sonido del teléfono, sonando como diabólico trueno. En la pantalla un nombre; Bent Meyer.
Y eso solo podía significar una cosa, que Cole yacía muerto en algún lugar no muy lejano.
—Buenos días, Bent.
—No son tan buenos, Catrine.
Hubo un silencio que no logré encajar bien, seguía dormida…