15. Tiene que ser casualidad #4
—Me gustaría que este momento no terminase nunca. Haces que me sienta tan bien…
Suspiré, un escalofrío recorrió cada uno de los puntos vitales de mi cuerpo.
Me sentía tan bien como ella. Ese momento era algo que días atrás ni siquiera hubiese pensado que podría ocurrir.
Me sentía vivo y con ganas de todo, de todo mientras ella estuviese a mi lado.
Era como una sensación mágica que un hombre solo puede experimentar una vez a lo largo de su vida.
—A mí también me gustaría, Catrine.
Giré mi cuerpo sobre la hierba hasta chocar con el suyo.
Entonces me coloqué en posición adecuada para abrazarla y dar el paso de acercar mis labios a los suyos.
Ella sonreía mientras me miraba, justo antes de lanzarme a besarla.
Lo hice, con lentitud, disfrutando del momento.
Ella accedió al beso sin retirar su cara.
La besé con la ternura que se besa a un bebé recién nacido.
El beso duró algo más de diez segundos que me supieron a poco.
—Espera, espera —dijo, apartándome de su lado con gesto delicado—. No puedo —concluyó.
Esa frase solo podía significar una cosa: que ella estaba comprometida con alguien y lo que estaba haciendo era algo malo, pero la había conocido viajando con amigas en un avión, proveniente de Valencia, no parecía estar atada a nadie.
Quizá me equivocaba. Quedé petrificado, pensando que me había precipitado, que había sido un error besarla.
Pero si había sido un error, ¿por qué sentí que ella disfrutaba del beso tanto como yo?
Ya nada tenía sentido y el tiempo volvió a detenerse en aquel preciso momento en que Catrine me miraba con ojos de lastima después de pronunciar la maldita frase que me llevó loco durante meses .
—Tengo que irme, lo siento, Lucas —se levantó limpiando su ropa de hierba seca adherida.
—¿Por qué? ¿Qué ocurre? Pensaba que estabas a gusto.
—Y lo estoy, pero…
—Hay alguien más en tu vida, ¿verdad? Es eso…
—No, no es eso, es que… —hubo un silencio en el que no pude dejar de mirarla desde el suelo. Ella miraba al cielo—. Es que no mereces que yo esté contigo, no mereces tenerme cerca, eres demasiado bueno y me gustas mucho, pero no puedo. No quiero hacerte daño.
—Pero, eso es contradictorio. Si te gusto tanto, ¿por qué no quieres seguir con esto? Estoy aquí, para ti, contigo. Ese beso ha sido muy especial para mí. Y creo que para ti también.
—No puedo, lo siento —y salió corriendo del lugar, dejándome como un patito que ha perdido a su familia y no encuentra el camino a seguir.
La observé alejarse de aquel prado donde el molino parecía ahora un gigante que quería matarme, como los del Quijote al menos. Supe que no debía forzar la situación, pero también imaginé con cierto temor en mi interior que no la volvería a ver jamás. Me equivocaba…
Me tumbé sobre el césped de nuevo, mirando al cielo, que ahora parecía de un gris tenebroso aun estando todo despejado.
—¡Lucas! —escuché, me giré, Catrine había vuelto, pensé que estaba arrepentida.
Por un momento la esperanza se mantuvo firme.
Pero, como cuando encadenas una secuencia de acontecimientos negativos, supe que la tragedia se cernía sobre mí un poco más para rematarme sin piedad alguna—. ¿Qué haces aquí ?
Pude reconocer a Amalia caminando hacia mí con Ramón a su lado. Sentí miedo de ella, pero, afortunadamente, Ramón parecía consentirme cualquier comportamiento fuera de lo común, por extraño que pareciese.
—Eh… Mmm… —dudé, supe que era mejor decir la verdad de una vez—. Está bien, os he mentido.
—¿Mentido, Lucas? ¿Por qué? Odio las mentiras —dijo Ramón abriendo sus ojos a modo de sorpresa.
—Te lo dije, Ramón. Lo sabía. ¿Qué ocultas, lumbreras? —preguntó Amalia con tono despectivo.
—Es solo…
—Ahórrate mentir de nuevo y piensa antes de decir las cosas…
—refunfuñó Amalia, interrumpiéndome—. He visto a esa chica del avión, también la vi en el bufete de abogados.
La vi entrar al edificio cuando te reunías con nosotros después de desaparecer.
Si querías tener una aventura con ella solo tenías que decirlo.
Pareces un crío. Además, tienes un gusto horrible. Esa chica no es nada del otro mundo.
«¿Y tú sí?» Pensé. No sería nada del otro mundo para ella, que veía la vida como un estereotipo de riqueza y apariencia que trata de rozar la perfección sin conseguirlo.
Pero para mí Catrine iba mucho más allá de un rostro bonito y un cuerpo atractivo.
Catrine se había convertido en la única mujer que había conseguido despertar ese cosquilleo famoso en el pecho del que todo el mundo habla y que yo jamás había experimentado.
—Sí, es cierto. Ha sido por reunirme con ella. Pensé que si os decía eso Ramón quedaría desilusionado por no acompañaros. Lo siento, Ramón. Y tú, Amalia, bonita, mis asuntos sentimentales no son de tu incumbencia, ¿no crees, chata ?
—Pues…
—Pero, hombre, Lucas —intervino Ramón—. ¿Cómo pensaste que no comprendería una causa como esa para ausentarte?
No sé de qué chica habláis, pero debe ser muy importante para ti para que hubieras montado ese número del hotel.
No me hace gracia saber que me puse como un loco sin razón, les dejaré una propina generosa.
Entiendo lo que debes sentir… Recuerdo cuando conocí a Cristina, ella no era la mujer más bella de todas, pero a mí me deslumbró nada más verla. Fue una mañana de abril…
Ramón, cruzando su brazo por encima de mis hombros e invitándome a pasear con él, comenzó un monólogo sobre su historia amorosa con Cristina.
Amalia nos seguía con gesto agrio, estaba claro que estaba celosa.
Buscaba cosas en su bolso sin sentido alguno; sacaba el teléfono y fingía escribir a alguien; sacaba su pequeño tocador portátil y se miraba las cejas.
Hacía parecer desinteresada, pero en el fondo se moría de rabia por saber que yo sentía algo más allá hacia Catrine, algo que con ella no me surgía.
Y es que, ¿qué tenía yo que hacer con una mujer así?
Drogadicta, empachada de poder y dinero, orgullosa, engreída y para colmo, posesiva.
Tenía todo un conjunto de aptitudes adversas a las que yo he de necesitar en una mujer que me haga pensar que mis días restantes de vida se deben a ella.
El resto del día sucedió entre historias de sirenas en el mar, monumentos típicos, un Ramón acelerado por querer mostrarme todo y una Amalia negada a ser aquella que me folló en el baño del avión.
Por la noche ya estaba en mi casa de Valencia, rellenando la comida de Cana y acostándome con un recuerdo muy pesado para lo que yo estaba acostumbrado; un recuerdo que se basaba en una chica con vaqueros rotos y cazadora de cuero negro corriendo por el prado, alejándose de mí.