La maldición de Catrine 15. Tiene que ser casualidad #3
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15. Tiene que ser casualidad #3

Mi expresión no era menos. Gracias a mi mentira Ramón estaba montando un espectáculo alucinante en medio de todo el comedor, a voz pelada, con un enfado catastrófico.

Me había metido en un embrollo del que no sabía cómo salir.

Y Amalia, la dura y fría Amalia, observaba el numerito sin quitar ojo de mis reacciones.

Yo seguía fingiendo que me dolía el estómago, pero trataba de restarle importancia al asunto.

Caminé engañosamente enfermo hacia Ramón para tratar de aplacar sus nervios y decirle que iría a la habitación a descansar, que ellos se fueran a ver la ciudad, que yo estaba bien.

Pero Ramón pareció haber enloquecido entrando a las cocinas sin permiso, sin dejar de gritar palabras que es mejor no tener que nombrar.

Mi vergüenza a esas alturas era tal que por un momento tuve la necesidad de decir que todo había sido una farsa para verme con una chica espectacular de una ciudad espectacular, de ese modo todos comprenderían que el fin era algo bonito por lo que montar aquel número de circo.

Pero la mentira había llegado ya demasiado lejos como para volver atrás y no pude hacer otra cosa que tratar de refrenar a un Ramón irreconocible, parecido al Ramón que conocían los obreros y capataces de obra que él mismo tenía contratados.

—¡Ramón! ¡Ya está bien! No es para ponerse así, hombre —le dije una vez ingresé en aquella cocina llena de cocineros alterados por los gritos del cliente enfurecido.

—¡Sí, sí lo es! ¿Acaso te gusta estar enfermo? —dijo Ramón con ojos encendidos.

—Ya está, Ramón. Ya está. Deja que sea yo quien determine si denunciarles o no, al fin y al cabo, yo soy el afectado .

Y aquella frase, gracias a Dios, pareció ser la más acertada para el momento.

Ramón bajó la vista, apretó su americana y salió refunfuñando palabras en voz baja que nadie lograba escuchar, pero yo sí logré entender.

«Malditos daneses, cabrones, malnacidos, hijos de Caín, Dios les castigue a todos con días de miserable tristeza… » salió diciendo Ramón.

Yo, totalmente avergonzado, pedí disculpas con un gesto de cuello hacia los cocineros que no daban crédito a lo que acababa de suceder y salí de aquella cocina en la que todo olía tan bien que me daba hasta hambre, pero claro, no podía comer, estaba «enfermo».

La mirada que me lanzó Amalia antes de salir detrás de un indignado Ramón, que todavía mascullaba palabras para sus adentros, fue algo que daba a entender que ella no creía ni un solo hecho de los que yo había tratado de explicar. Estaba claro, ella sabía que mentía o, al menos, lo imaginaba.

Salí a la recepción todavía haciendo el drama. Allí estaban los dos. Amalia trataba de tranquilizar a Ramón posándole su mano en la espalda ante la atenta mirada del recepcionista.

—Lo siento —dije al llegar—. Será mejor que me vaya a la habitación a intentar dormir un rato para ver si se me pasa. Idos vosotros, nos veremos a la vuelta.

Mi plan tomaba la forma deseada.

—Sí, Lucas, no es conveniente que vengas en tu estado —dijo Ramón.

—Tal vez deberíamos quedarnos todos o acompañarte al hospital, Lucas —dijo Amalia con tono especialmente sarcástico, mirándome con desprecio .

El plan se torcía de nuevo por el ingente instinto femenino de la rígida Amalia.

Tenía que intentar con todo que se fueran y quedarme solo para esperar a Catrine.

De veras, hubiese sido mucho más fácil decir la verdad, pero, no sé por qué, me metí en aquel berenjenal de mentira premeditada y sucia.

Quizá era porque Amalia quería tenerme amarrado y podría haber estropeado mi encuentro con Catrine por celos, no me fiaba de ella y por eso actué como actué.

—No, en serio, insisto. Estoy bien, solo un poco mareado, supongo que acostándome un rato se me pasará. No me gustaría estropear vuestra visita turística por la ciudad.

—Está bien, Lucas, cualquier cosa nos llamas —dijo Ramón dándome un apretón en los hombros.

Amalia volvió a mirarme con cara de pocos amigos antes de comenzar a mover sus estilizadas piernas hacia la salida del hotel, no sin antes decir:

—Tienes sobrevalorado a este arquitecto, Ramón, pero allá tú con tus amigos —y salió por la puerta.

—¿Qué dice esta? —me pregunto Ramón con su habitual sonrisa cuando se trataba de mí.

Me encogí de hombros y devolví una sonrisa inocente.

—Mujeres, Ramón, mujeres. Quién las entendiera…

—Lucas, Lucas. Son de lo que no hay… Recupérate o tendrás un viaje muy malo. Nos vemos luego.

—Sí, jefe. Pasadlo bien.

Ramón desapareció por la puerta del hotel, dejándome con una satisfacción serena y pura. Mi plan había funcionado al fin, con sus dificultades, pero había funcionado. Al fin podría verme con Catrine con la mayor tranquilidad que puede haber.

Una vez en la habitación el tiempo pareció detenerse de inmediato.

Me tumbé en la cama boca arriba, mirando la obra de arte del techo, pero sin verla.

En mi mente solo había cabida para la inminente cita especial que tendría con Catrine a las tres de la tarde.

¿Qué iba a hacer? No entendía mucho su idioma, visto lo acontecido el día anterior en aquel café, tampoco nos haría falta hablar mucho para estar a gusto, pero algo tendríamos que saber el uno del otro.

Y de repente comenzó el típico miedo a la primera cita con una mujer que te gusta más de la cuenta.

El corazón daba latidos intermitentes que parecían doler en el pecho, y en el estómago, una sensación de cosquilleo que todos dicen haber sentido y sin embargo yo no sabía que existía hasta aquel preciso momento.

No sabía si mi mentira sobre estar enfermo del estómago había sido solo un fraude o estaba comenzando a ponerme enfermo de verdad.

No dejaba de pensar en ella y eso me estaba superando, no se me ocurría cómo actuar o qué hacer.

Mi integridad como hombre quedó reducida a nada cuando el reloj marcaba las dos y media.

A esas alturas tenía sudor frío y casi me temblaban las piernas, pero como siempre que me he visto sometido a algún tipo de miedo, me armé de valor, salté de la cama y bajé a la recepción.

Allí, tratando de denotar un comportamiento natural, cogí un periódico y me senté en una de las butacas de piel antigua que había al abrigo de una palmera natural de gran envergadura que aprovechaba las ondas luminosas que entraban por las puertas y ventanales gigantes del lujoso hotel.

Una vez sentado supe que había sido un acto estúpido haber cogido aquel periódico, lo supe tan pronto ojeé la portada de este; estaba todo en danés y yo no entendía casi el idioma.

Así que se me ocurrió un pequeño juego para tratar de estar tranquilo y no pensar demasiado.

Decidí traducir cada titular de las noticias con el traductor del teléfono, así, de paso, aprendería algo del idioma nativo de Catrine.

Estaba traduciendo una noticia que decía que una panda de gamberros había asaltado a una anciana en plena calle, en el centro, que varios viandantes habían salido en ayuda de la vieja y habían reducido a los delincuentes, cuando sentí un leve roce en mi brazo.

Alcé la vista y allí estaba; Catrine, sonriente, con ese pelo liso y negro que caía con sobria sencillez, con esos ojos verdes que invitaban a soñar, con esa piel blanca y fina que enamoraba, y ese aroma a rosas y limón.

Y estaba allí para mí. Miré el reloj, faltaban diez minutos para las tres.

Y es que además de guapa y atractiva era una chica cumplidora y puntual.

Vestía unos vaqueros rotos y una cazadora de cuero negra entallada a su cintura.

Sus zapatos de tacón negros le daban un semblante estilizado que invitaba a abrazarla.

Un pequeño bolso de cuero negro terminaba de reflejar una imagen divina en mis pupilas.

Me alcé nervioso de la butaca y al hacerlo, con torpeza, le di un pequeño golpe en el mentón.

—¡¡Auch!! —gimió.

Luego me miró con cara graciosa y sonrió, cómplice.

—Perdona —dije, apurado, posando mi mano en la zona golpeada.

—No te preocupes —contestó.

Me tocó explicarle que debía utilizar el traductor del teléfono para poder entendernos. Ella me hizo saber que sí sabía algo de español, no mucho, pero sabía defenderse .

Después de aquel encuentro en el vestíbulo del hotel y aclarar que podríamos entendernos un poco, le pregunté si quería ir a algún sitio en especial.

Me dijo que la siguiera y así lo hice. ¿Cómo no?

Me agarró de la mano y tiró de mí hasta que pisamos la calle, allí soltó mi mano, me miró, sonrió y luego alzó el brazo para pedir un taxi que nos llevaría directamente hasta Kastellet; una fortaleza con forma de estrella de cinco puntas, situada al este de la ciudad, junto al puerto; un lugar increíble y maravilloso al que se accede por un pequeño túnel que atraviesa una muralla de tierra sembrada de hierba baja.

Una vez allí nos apeamos del taxi. Catrine agarró mi mano y tiró de mí, corriendo por el prado verde que delimita la fortaleza.

Corrimos sin dejar de reír hasta que llegamos a un claro rodeado de árboles viejos, desnudos de hojas al ser diciembre.

Allí descansa el último y viejo molino de viento de Copenhague, que data del año 1847 y que servía para abastecer las necesidades de los soldados que vivían en la fortificación de Kastellet por aquellos años.

Catrine se lanzó sobre el césped natural, dio vueltas sobre su cuerpo hasta quedar con los brazos en cruz, mirando al cielo abierto con nubes algodonosas que viajaban a una velocidad constante pero no demasiado ligera.

Yo, alegre del momento, soñador de las vivencias nuevas, me tiré a su lado, también mirando el cielo azul que invitaba a expandir la imaginación.

—En el taxi dijiste que tu avión salía a las ocho de la tarde, ¿no? —preguntó.

—Sí, así es. Vuelvo a Valencia. Pero pronto estaré aquí viviendo durante largo tiempo. Ya te he explicado los motivos por los cuales viviré aquí .