La maldición de Catrine 15. Tiene que ser casualidad #2
70%

15. Tiene que ser casualidad #2

Incapaz de sacar a aquella bella muchacha de mi mente, hundí la cabeza en la almohada de plumón que tenía la cama de la habitación del hotel después de haber estado todo el día haciendo acotaciones sobre el terreno para poder efectuar el plano del nuevo y esperanzador residencial al que Ramón bautizó «Residencial Lucas I» en honor a mí, cosa que no logré entender, como su especial afecto hacia mi persona.

Pero Ramón es así, siempre tiene algo bueno que ofrecerme, solo a mí.

Me consta que hacia la gran mayoría de sus trabajadores solo tiene palabras de mandato y desprecio.

Así lo anuncian todos los responsables de obra y sus correspondientes peones, a los cuales ofrece contratos inhumanos por largas y duras jornadas de trabajo.

Pero para mí es Ramón, ese hombre que me ofrece todo cuanto necesito, me lleva a jugar al golf, a restaurantes caros, a reuniones importantes y, la verdad, todavía sigo sin encontrar una explicación convincente que me enseñe la verdad sobre su sentimiento hacia mí.

Hundí la cabeza en la almohada y me sumergí en lo que fue un sueño placentero y en el que reinó una sola motivación; Catrine.

Soñé que me veía con ella en un parque junto a un lago lleno de cisnes blancos que hacían del lugar un sitio inconmensurablemente bello y extraordinario.

Todos los cisnes parecían nadar en un extraño compás que era capaz de hipnotizar nuestras miradas en un momento de pálido cielo y soberbio mensaje sentimental.

Soñé que la besaba con todas mis fuerzas y que sus labios eran de un algodonoso tacto natural, fino como piel de bebé, perfecto como fórmula matemática.

Pasamos largo rato en aquel lago mientras niños jugaban a nuestro alrededor; niños que más tarde descubrí que eran nuestros propios hijos al llamarme papá uno tras otro.

Y así desperté, sumido en una alegría aislada de la realidad, con un impacto claro de aquella muchacha de desconocida procedencia y, sin embargo, cercana sensación.

Supe que debía verla a toda costa antes de partir hacia Valencia por la tarde.

Fui a buscar la servilleta del café en que apunté el número de teléfono de Catrine en mi traje y recordé, no sin lamentarme profusamente, que Ramón me había propuesto llevarlo a la tintorería la tarde anterior después de estar expuestos al barro del terreno.

«¡Mierda!», pensé, y mis piernas se armaron de sangre regando mis músculos en dirección a la tintorería del hotel donde se encontraría el maldito traje con, si Dios quería, la servilleta de papel doblada en uno de sus bolsillos .

Pero el destino es tan maravilloso y sorpresivo que él mismo se las ingenia para desafiarte en un juego de inteligencia y contradicción para el que, sin duda, no estamos preparados.

Y cuando crees que lo has perdido todo te sorprende con un hecho que te hace reflexionar sobre si en la vida hay que preocuparse por algo más que no sea vivirla intensamente porque ese mismo destino se encuentra tan perfectamente escrito y dedicado que no tienes que hacer nada para terminar llegando a él por un camino o por otro.

Y digo todo esto porque cuando mis pasos eran algo más parecido a una carrera de cien metros marcha, el encargado de la tintorería cruzaba la esquina justo antes de que yo llegase al lugar.

Allí, en la tintorería, no había nadie, ese encargado no estaba en su puesto y mi desesperación era algo que iba en aumento a medida que el tiempo dictaba sentencia de un viaje dedicado a pensar demasiado en la oportunidad de amor perdido.

Entré en la tintorería y busqué mi traje sin el consentimiento de nadie.

Y lo encontré. Pero claro, en el bolsillo donde debía estar el dichoso papel no había más que aire y pelusa desesperante.

Me lamenté, di patadas contra el suelo. Miré al techo y maldije a Ramón por haberme sugerido llevar el traje a limpiar, pero más me maldije a mí mismo por no recordar un dato tan importante como que estaba ese papel metido en ese bolsillo.

«¡Maldito seas!», me dije. Y no me tocó otra cosa que esperar una supuesta e incierta llamada por parte de Catrine que, en aquel momento, no sabía si terminaría llegando.

Sentí que había perdido la oportunidad de mi vida de encontrar el amor verdadero, ese del que siempre quise escapar, y que nunca supe que existía hasta que choqué con Catrine en el avión, o, mejor dicho, después de chocar con ella del mismo modo por segunda vez en la puerta de aquel edificio de oficinas.

Salí de la lavandería cabizbajo con excusas pobres sobre cómo llevar la situación.

Una voz sonó a mi lado como si Dios mismo se estuviera dirigiendo a mí.

—¿Señor Lucas García?

Alcé el rostro y miré hacia el lugar de donde provenía la voz de hombre, suave e inocente.

—Sí, soy yo.

Pude reconocer al encargado de la tintorería alzando su puño hacia mí. Por un momento pensé que ese hombre quería agredirme, pero pronto supe que tenía otra cosa para mí.

—Olvidó esto en uno de los bolsillos del traje.

Tendió su mano con, entre sus dedos, una servilleta de café barato con unos números escritos a mano y un nombre al que no hace falta hacer referencia.

Sonreí y supe que el destino jugaba a mi favor con respecto a esa muchacha. Supe que no debía preocuparme, que tarde o temprano ella estaría en mi vida de una forma totalmente diferente a la que había pensado que podía estar Amalia.

Con la desesperación de alguien que espera el tren de su vida, saqué mi teléfono y marqué el número sin apenas pensar en si debía hacerlo o no. El encargado de la lavandería me miraba con la sonrisa propia de quien sabe que esa era una llamada demasiado importante.

La voz de Catrine sonó tan clara e inocente al otro lado de la línea que me quedé mudo por un instante, mirando al vacío porque en aquel lugar del subsuelo del hotel ya no había ni encargado ni lavandería ni paredes ni techo ni nada que se le pareciese.

Solo estaba yo y esa voz en danés que no paraba de decir «hola».

Activé el altavoz y me aventuré a contestar en un precario danés con ayuda del traductor del teléfono.

— Hej. ¿Catrine? Jeg er Lucas. Jeg vil gerne se, før de rejser til Valencia igen. Hola. ¿Catrine? Soy Lucas. Me gustaría verte antes de viajar a Valencia de nuevo —o algo así.

— Hej, Lucas. Ja, jeg havde tænkt at kalde blot et par sekunder siden, da du kaldte dig. Se dig derefter. ¿Hvor? —Contestó ella, y pude entender algo así—: Hola, Lucas. Sí, había pensado llamarte justo hace unos segundos cuando has llamado tú. Nos vemos pues. ¿Dónde?

—Marriott Hotel. ¿Te parece?

—Perfecto —contestó.

—A las tres.

—De acuerdo.

Hubo un silencio extraño, luego reímos al mismo tiempo y terminamos la llamada con un « bye » que sonó más claro que todo lo demás.

Ya estaba, tenía lo que había deseado desde el momento en que me separé de ella. Solo unas pocas horas después la vería de nuevo y, quién sabe, podríamos comenzar algo que sería más bonito que cualquier otra cosa conocida hasta entonces.

Las horas posteriores a la llamada fueron de una excitación acentuada y una alegría amplia.

Silbé y canté en el jacuzzi mientras me daba un baño de espuma antes de bajar a desayunar.

Me miré al espejo haciendo gestos dinámicos con las manos a la hora de perfumarme.

Me sonreía a mí mismo. Todo iba a salir bien, lo presentía.

Al llegar al comedor del hotel encontré que Ramón y Amalia estaban sentados en una mesa, junto a la pared. Los dos hablaban con soltura sobre quién sabe qué porque al llegar cerraron sus bocas y se limitaron a saludarme y darme los buenos días.

—Hoy podemos dar una vuelta por la ciudad mientras llega la hora de tomar el vuelo, Lucas —dijo Ramón, cediéndome asiento.

—Me parece bien, siempre y cuando pueda estar de vuelta al hotel antes de las tres —respondí, colocando mi bandeja en la mesa para luego sentarme.

—¿A las tres? ¿Y qué vamos a hacer aquí a esas horas? El vuelo no sale hasta las ocho. Tenemos tiempo para visitar casi todo. No volveremos aquí hasta las seis al menos para tomar el taxi que nos lleve al aeropuerto.

Ramón sonaba demasiado convincente y no podía ponerme a discutir sobre si era buena idea o no.

Para él era buena idea y yo no podía anteponer mi cita personal a los intereses de Ramón.

Así que decidí fingir caer enfermo justo cuando terminé el desayuno.

Era la única forma de que me dejasen en paz y se fueran ellos a ver la ciudad, permitiéndome ver a Catrine con la mayor de las tranquilidades.

—Es verdad, Ramón, pensaba que el vuelo salía a las cinco. Iremos a ver Copenhague —mentí.

—Claro, Lucas. Esta ciudad es preciosa. Ya verás —dijo Amalia mirándome con incertidumbre y determinación.

Pude sentir su desconfianza volando por encima de mi hombro.

Comí rápido. Mi objetivo era claro; ir al baño tras el desayuno y salir con la mano en el estómago, fingiendo vómitos inexistentes.

—¡¡¡Demandaremos al hotel!!! —lanzó Ramón a voz en grito para que todos le escucharan cuando me vio salir quejicoso del baño—.

¡¡¿Qué porquería de comida nos han puesto, que mi compañero ha enfermado?

!! —prosiguió, dirigiéndose hacia el responsable de cocina, que lo miraba estupefacto, con ojos como platos, paralizado.