La maldición de Catrine 15. Tiene que ser casualidad
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15. Tiene que ser casualidad

Todo había sido un sueño. ¡Y qué sueño! Mis deseos de saber sobre esa chica del avión llamada Catrine se hacían notar en mi subconsciente. Y eso era algo que me descolocó mucho.

Por la mañana sí pude disfrutar de aquel jacuzzi. Estuve largo rato metido en él, pensando en Catrine, sobre todo, pero también en Amalia, Ramón y la nueva ciudad en que me encontraba, lejos del hogar. Y cómo no, pensando en trabajo, pero eso era algo que tenía bastante controlado.

Me miré en el espejo viendo frente a mí a un joven entusiasta, vestido de traje gris con camisa negra y corbata gris también.

Me reajusté la corbata y salí de la habitación, cargado con mi maletín de trabajo.

Ramón y Amalia estaban en el comedor. Ramón vestía su habitual indumentaria de traje negro.

Amalia en su línea de ejecutiva adinerada; vestido gris ceñido al cuerpo como una segunda piel.

Los dos sonrieron al verme llegar a aquella estancia de lujo soberano con comida igual de lujosa.

No faltaba ni el más mínimo detalle. La música clásica sonaba por el hilo sonoro del hotel y las personas de alta distinción desayunaban con su habitual calma y educación, sin alzar demasiado la voz.

Me sentí privilegiado por encontrarme entre tan lustrosa casta, pero he de decir que me encontraba un poco fuera de lugar.

Siempre he sido un chico de lo más normal y, si apuramos, hasta un poco vulgar.

—¿Cómo has pasado la noche, Lucas? —preguntó Ramón dándome una palmada en el hombro.

—Bien, Ramón, bien. Algo confundido, pero bien.

Miré a Amalia con media sonrisa tímida en los labios .

—¿Confundido? ¿Por qué? —preguntó ella.

—Sueños extraños —dije—. Quizá sea por estar lejos de casa. Pocas veces he ido tan lejos. Falta de costumbre. El subconsciente debe notarlo.

—O el jet lag , amigo, o el jet lag … —añadió Ramón con su habitual tono simpático y agradable.

—Sí, eso será, Ramón.

—¿Y qué tan buena es la habitación? ¿Es de tu gusto?

—Por supuesto, Ramón, gracias. No puedo pedir más. Es un lugar precioso, alucinante.

—Sí, es de los mejores hoteles, por no decir el mejor de todo Copenhague —añadió Amalia.

Poco más de veinte minutos estuvimos desayunando, hablando de asuntos de trabajo y poco más.

Al salir del hotel un coche nos esperaba para trasladarnos al lugar donde supuestamente iría el nuevo residencial. Pero antes, había dicho Ramón, debíamos pasar por un lugar a resolver algunos flecos legales.

Habíamos llegado a dicho lugar cuando las diez de la mañana ya estaban bien entradas y cuando la gente de la ciudad ya se ocupaba en sus quehaceres diarios, de acá para allá, cargados con bolsas, con flores, con perros, con carritos de bebé; motos, coches, autobuses, taxis…

Y todo bajo un sol pálido que no dejaba abrir los ojos en su totalidad.

Llegamos a un edificio en que había oficinas en cada una de sus plantas. No sabía qué hacíamos allí. Mis ojos paseaban por todas partes para tratar de explicarme de qué se trataba nuestra visita .

—Espera aquí, Lucas —dijo Ramón.

Él y Amalia entraron en una sala contigua, acompañados por una mujer de estirada clase.

—De acuerdo.

Quedé de pie, observando el lugar.

Mesas y más mesas llenas de folios por todas partes, ordenadores de primera calidad, hombres y mujeres tecleando como posesos ante las miradas indiscretas de lo que parecían ser supervisores.

Decidí salir a la calle para observar la ciudad, que era bastante más bonita que aquel cuchitril de oficinistas enclaustrados.

Al girar la esquina fue cuando supe que mi destino era algo inexplicable que se sitúa demasiado lejos de cualquier sentido común o lógica alguna.

Choqué de bruces con una señorita del mismo modo que con Catrine, y digo del mismo modo porque, también con ella, choqué mis labios con los suyos en un gesto más torpe que buscado.

—Perdón —dije, alzando la vista.

Y al fijar mis ojos en su cara reconocí a Catrine, la misma chica del avión. ¿No era eso un hecho claro de que entre esa mujer y yo debía haber una conexión maravillosa y desconocida? Yo pensé que sí, y ella también. Ahí empezó todo.

—Otra vez tú —dijo con su acento gracioso.

—Eso digo yo.

Se puso a buscar en el bolso y extrajo la tarjeta que le había dado en el avión.

Señaló el número y me hizo un gesto con la mano, simulando un teléfono.

Entendí que quería decirme que me iba a llamar o que eso era para llamarme…

No lo sé muy bien. Pero yo, lejos de conformarme con perderla de vista y esperar una supuesta ll amada que no llegaría nunca, le hice un gesto de tomar café con la mano.

Sonrió y gesticuló con su cuello para que la siguiera.

Anduve tras ella sin apartar la vista de su movimiento de caderas, algo que me apresó.

Llegamos a un café cercano. Nos sentamos uno frente al otro.

Fue la más cómica conversación que he podido tener con una mujer en mi vida.

O, mejor dicho, la más cómica «no conversación» porque palabras, lo que se dice palabras, dijimos muy pocas.

Nos limitamos a gesticular y sonreírnos de un modo extraño.

Tan extraño que esas dos sonrisas y de vez en cuando risas no podían dejar de existir, una incitada por la otra.

Hubo un par de ocasiones en que nos agarramos la mano el uno al otro, por encima de la mesa. Era como una conexión espiritual que iba más allá de cualquier idioma o frontera. Los dos, sin apenas decir nada, podíamos sentirla en nuestro interior; no hacía falta hablar para saberlo.

El café se quedó corto al sonar mi teléfono en el bolsillo.

Era Ramón preguntándome dónde estaba. Teníamos que acudir al lugar de las futuras obras.

Allí me despedí, pero no sin preguntarle, con ayuda de mi traductor del teléfono, dónde vivía y su número de teléfono.

No quería volver a España sin volverla a ver.

Los ojos de ambos denotaban tristeza al separarnos después de aquel encuentro ocasional y pasional, fruto de un destino caprichoso y humano, digno de la mejor novela romántica del momento.

Y los besos que nos dimos a modo de despedida en las mejillas no hacían sino anunciar el inicio de algo que no se quedaría en una simple anécdota.

No pude concentrarme en el trabajo desde ese momento en que me separé de Catrine, esa chica de acentuada belleza con la que había compartido mucho más que dos golpes tontos frente a frente y un café rodeado por un sobrevuelo de sonrisas más tontas aún.

Ramón me hablaba todo el tiempo sobre materiales y estructuras de metal ligero. Amalia mantenía silencio sin explicarse muy bien el porqué de mi repentino comportamiento ausente.

—¿Te encuentras bien, Lucas? ¿Por qué dices que sí? —preguntó Ramón ante mi sorpresa.

—¿Eh? ¿Por qué? Perdona, no te he escuchado bien.

—Has contestado sí a mi pregunta sobre si tendrías algún problema en utilizar el cristal espejado en las ventanas principales y sabes que ese material es uno de mis predilectos.

—Ah, perdona, Ramón, no te había entendido. Por supuesto que podemos utilizar ese tipo de cristal, es el que yo estaba pensando que daría el mejor resultado final.

—¿No has escuchado bien o es que hay algo que quieras contarnos, Lucas? Pareces ausente desde que volviste de ese café —preguntó Amalia con ese mensaje subliminal al que solo pueden hacer alusión las mujeres cuando intuyen de la forma perfecta hechos imperfectos.

—No, no. Estoy bien. Solo que el café de aquí parece ser algo más fuerte a lo que estoy acostumbrado.

—Mejor, porque te necesito entero para llevar a cabo el proyecto, Lucas. Tú mejor que nadie sabes cómo transformar este espacio en un barrio lleno de vida ilusionante para miles de vecinos alegres de vivir en una de las mejores y más prometedoras zonas de la ciudad.

Ramón se mostraba feliz por el nuevo proyecto, frotando sus manos por la cantidad de dinero que irían a parar a ellas después de vender todas las viviendas a personas que buscan un porvenir, anclados en un sistema interpuesto por unos cuantos ricos sin escrúpulos, empachados de poder.

Amalia hizo un gesto con la cabeza y ladeó el cuello sin mirar a ninguna parte, dando a entender que no creía una sola palabra de las que yo había dicho.

Tal vez su intuición le decía que había algo más detrás de mi nuevo e inesperado comportamiento vacío.

La miré con cierto temor a su potente persuasión y pensé que era una mujer demasiado posesiva como para tenerla en mi vida de cualquier otra forma que no fuese puramente profesional o sexual.

Luego no pude hacer más que intentar centrarme en el trabajo sin demasiado éxito.

Todo parecía aburrido en comparación con mi inusual encuentro con la bonita Catrine y su gracioso intento de idioma.

La mañana cayó sobre nosotros entre tierras húmedas y un aire fresco que anunciaba que pronto estaríamos aquí instalados, haciendo vida.

Y eso no hacía otra cosa que hacerme pensar que podría verme con Catrine muchas más veces.

De repente la idea de ir a vivir a Copenhague durante posiblemente tres años, parecía algo que había estado esperando durante toda mi vida.