La maldición de Catrine 14. Andrea Lee #2
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14. Andrea Lee #2

Aceptó sin vacilar, cosa extraña en ella.

A eso de las ocho de la tarde me vi sentado en ese sitio de cortinajes amplios y lámparas caras donde sirven buena comida y mejor vino.

Iba vestido para la ocasión después de darme una ducha de agua caliente y avisar a mi madre de que no acudiría a cenar como ella esperaba.

La espera se hizo eterna con la incertidumbre de si Catrine me daría un nuevo plantón.

Pero no, Catrine apareció. Iba tan hermosamente vestida que el vino que estaba bebiendo en ese momento se me escapó por la comisura de los labios. Manché la servilleta de rojo mientras me levantaba para recibirla como se merece.

—Has venido —le dije.

—Estaba en deuda contigo después de lo de anoche .

Se quitó el abrigo de paño descubriendo un vestido de gala que iba más allá de cualquier pronóstico. Era rojo carmesí, ceñido y con un escote en la espalda que dejaba imaginar la preciosa silueta de su cuerpo.

—Siéntate, por favor. ¡Camarero!

El sirviente se acerca, le pido un vermut a sabiendas de que a Catrine le encanta.

—No, no, gracias. Tomaré vino también, está bien así —dice ella, haciendo un gesto con su mano que indica lo poco exigente que quiere ser.

Parece otra y no esa que ha estado jugando conmigo. Parece que al fin podré disfrutarla como merezco.

—Buena elección, Catrine. Este vino está buenísimo.

—Sí, lo conozco.

—¿Estás mejor?

—Sí, algo más tranquila.

—Bien. Ya está todo solucionado. Hemos sacado el cuerpo, hemos limpiado tu casa. Incluso hemos puesto de comer al gato.

—¿Pipo?

—Si es así como le llamas, sí, a ese.

—Muchas gracias, Bent Meyer.

—Ya puedes volver a casa, a cuidar de Pipo.

Levanto las llaves colgando de mi dedo. Las agarra. Se queda mirándolas, pensativa.

—¿Sabes, Bent? A veces pienso que esta vida que me ha tocado vivir es una equivocación. Que las cosas que ocurren alrededor son un cúmulo de intenciones macabras ideadas por alguien a quien no le caigo muy bien.

—Pero ¿qué dices? Nadie tiene la culpa de que esos pobres desgraciados se suiciden.

—Ya, pero ¿y si hubiese alguien que está conspirando en mi contra? ¿Y si todo este asunto fuese un plan malvado para terminar conmigo entre rejas? Puede que lo esté consiguiendo al fin. O eso, o conseguirá que yo misma termine muerta después de quitarme la vida de algún modo no doloroso.

—No creo que eso sea así. ¿Cuántos enemigos tienes? ¿Has hecho algo a alguien alguna vez como para que le surja ese tipo de sentimiento vengativo hacia ti?

—No lo sé. Siempre he cosechado enemigos sin darme cuenta. Casi siempre han sido mujeres, o mejor, siempre han sido mujeres. Envidiosas sin una vida propia. Amargadas de un quehacer vano. Corazones impuros y malvados deseando mi desgracia.

—Tienes que darme una lista con todos esos nombres, Catrine.

Tendré que hablar con ellas. Tal vez podamos averiguar si tu presentimiento es cierto.

Pero, si me permites… En todos mis años como agente de la ley jamás he topado con un caso como el tuyo.

He tenido casos de celos y envidias, pero como muy largo han terminado en algún brazo roto o una denuncia millonaria.

Nada de muertes, y menos de suicidios dramáticos.

—Ya… pero…

—Pero nada. Hablaré con todas ellas y verás que lo tuyo es una desgracia sin explicación aparente. A no ser…

—A no ser, ¿qué…?

—No, nada. Déjalo, era una tontería sin sentido .

—Dila. ¿Qué sentido tiene mi caso?

—Ninguno.

—Entonces dilo.

—A no ser que alguien esté pagando a alguien para que esos chicos terminen muertos.

A veces el dinero puede acabar con muchas vidas.

Puede corromper las almas tan rápidamente que asusta solo el pensarlo.

Hay mucha gente adinerada dispuesta a conseguir sus objetivos a golpe de talonario.

Pero ¿quién de ese estatus social querría hacer que todo esto te pase a ti?

—No lo sé. Pero es una posibilidad. Aquella mujer del despacho de abogados…

—¿Quién?

—No recuerdo bien su nombre. Pero ella me odiaba mucho. Me amenazó varias veces.

—Intenta recordar su nombre. Debo hablar con ella como sea.

—Trataré de averiguarlo.

—Bien. ¿Te apetece comer algo?

—Sí, ¿por qué no?

Lo estaba haciendo. Estaba aceptando todo lo que le proponía de un modo que nunca había hecho.

Cenamos lentamente. Traté de disfrutar cada uno de los momentos en que la tuve tan cercana y receptiva.

Cuando llegó el momento de la verdad fui despachado como todas las veces.

Dejado caer en una absoluta pena amarga como hiel, venenosa como dardo selvático, agónica como muerte por falta de oxígeno.

—¡Déjame subir a casa!

—No, Bent Meyer. No es buena idea .

—¿Por qué? Lo hemos pasado bien, ¿no?

—Sí, pero estoy cansada. Necesito dormir. Además, no es buena idea que tú y yo tengamos algo.

—¿Por qué?

—Podrías morir, ¿recuerdas?

—Yo no moriré, no quiero suicidarme.

—Los demás tampoco querían, aparentemente.

—Pero yo soy distinto, sé lo que sucede, no puedo dejar que me pase nada.

—¿Y si te pasa? ¿Qué sería de mí entonces? Sin ti en esta investigación y con tu cuerpo inerte con mis restos genéticos, sería carne de rejas sin remedio.

—Es cierto. Pero yo no pienso matarme. ¡Dame una oportunidad! Verás que soy diferente.

—No puedo, Bent, lo siento. Debo subir. Muchas gracias por todo.

Me da un beso en la mejilla que sabe a poco.

—Está bien. Hasta la vista.

Salgo con esa pena mencionada antes. Caminando por las calles vacías de la ciudad, escuchando los gatos callejeros y los ruidos de vapores que emergen de restaurantes a punto de cerrar.

De lejos se escuchan los navíos con sus bocinas potentes, avisando que llegan a puerto.

Y yo no sé si ha sido buena para mí esta cita con Catrine.

La tristeza que ahora me queda es mayor a la anterior, cuando la veía lejana.

Ahora que se ha acercado a mí tiene unos motivos más que suficientes para no querer siquiera darme un tímido beso en los labios.

Me siento desgraciado y dolido. Y con todas y con esas me dirijo a ese local que suelo frecuentar cuando me siento así.

Una vez allí, después de dos whiskies y cuatro cigarrillos mal olientes, alguien me toca desde detrás.

Me giro y la veo, la mujer de la noche anterior, con una sonrisa que destaca en la oscuridad del lugar.

Sale de la sombra y puedo ver su melena ondulada, su rostro nacarado, sus ojos dulces y llenos de jerarquía.

Desliza su mano por lo ancho de mi pecho.

—Sabía que te encontraría aquí, Bent.

—¡¡Tú!! ¿Qué me hiciste anoche? ¡¡Maldita puta!!

—Despacio, Bent. No insultes a tus aliados, se pueden volver en tu contra.

Me levanto y me pongo firme a pesar de mi estado ingente de embriaguez. La cojo del brazo, con fuerza.

—¿Qué me hiciste anoche, puta?

—No vas por buen camino, Bent. No soy yo a quien debes odiar sino a esa Catrine.

Me sorprendo. ¿Cómo sabe de ella? ¿Cómo sabe de mí? ¿Quién es esta mujer?

—¿Quién eres?

—Soy lo mejor que podría haberte pasado, Bent.

—Ya, por eso me pones droga en la bebida, ¿no?

—Yo no he puesto ninguna droga en ninguna bebida. Estás confundido, Bent.

—Ah, ¿no? ¿Y quién fue entonces?

—Quizá esa chinita a la que te follaste, Bent .

Un flash aparece en mi mente al decirme eso. Sí, me vienen recuerdos de anoche. Esa maldita china me drogó. Lo hizo cuando fui al baño. Lo hizo ahí, recuerdo que la bebida sabía mucho mejor cuando volví del baño. Qué gilipollas he sido. Pero ¿esta mujer qué quiere?

—Está bien —me siento y bebo un trago de la copa—. Dime qué quieres y lárgate —contesto, desairado.

—Me llamo Andrea. Y soy la que te avisó de que había un nuevo muerto por culpa de Catrine.

—Dime algo que no sepa.

—Puedo averiguar quién está detrás de todo el asunto.

Mis ojos se abren como agua al recibir un cuerpo extraño.

—¿Cómo? ¿Hay alguien detrás de todo esto? ¿Qué sabes?

—Vayamos a un lugar más tranquilo, te lo explicaré desde el principio.