14. Andrea Lee
He despachado a la desconocida que tenía en mi habitación.
Me encuentro desnudo y con ganas de fumar unos cuantos cigarrillos que terminen de aclararme el rostro.
La luz de la mañana entra tenue por las rendijas que tienen las cortinas de mi habitación.
Me siento sucio por haberme acostado con esa flaca de ojos verdes, pálida piel e idioma desconocido.
Chino, o japonés, no estoy seguro. Lo que sí sé es que parece haberlo pasado bien conmigo, y tengo la sensación de haber dejado escapar detalles que ni yo conozco pero que están ahí, esperando a ser descubiertos pronto.
Busco mi teléfono por todas partes, pero ha desaparecido en una franja de espacio-tiempo imperceptible.
No está, y para encontrarlo me veo obligado a llamar desde el teléfono fijo.
No sé qué hora es, solo sé que mi confusión es notable, desoladora, de un imaginar vano, de una incertidumbre cierta.
Fue de noche, estuve por ahí, pero no tengo ni pajolera idea de lo que pasó ni lo que hice o dejé de hacer.
Encuentro el teléfono: estaba bajo el colchón, no sé cómo diablos terminó ahí.
El hecho es que son las dos de la tarde y tengo varios mensajes sin leer.
Uno del jefe diciendo que dónde estoy, que debería estar en la oficina hace rato.
Otro de mamá diciendo que si voy a acudir a cenar con ella.
Y otro, y el más inquietante de todos, de un número desconocido que dice que Catrine ha matado a otro inocente más.
Al final de esa frase se dibuja un corazón y una postdata bastante intrigante, «¡me encantó conocerte!
», dice entre signos de exclamación y besos virtuales.
¿Quién es? ¿Cómo sabe lo de Catrine ?
Un flash recorre mi cabeza; una bella muchacha se había acercado a mí la noche anterior en aquel local, hablándome de Catrine. Tal vez era ella quien había mandado ese mensaje, pero ¿quién es ella? ¿Por qué me habló de Catrine? ¿Qué sabe?
Da igual eso ahora, debo llamar a Catrine y ver qué ha pasado esta vez.
Marco su número y aprieto el botón de llamada. Mi jefe debe estar bastante cabreado porque no he acudido a la oficina a mi hora, si llego diciéndole que Catrine está involucrada en otra muerte pueden saltar chispas en ese despacho.
Mientras el tono suena me viene a la mente que Catrine me dejó plantado ayer. Me cabreo, mi pulso se acelera y me pongo duro, no quiero concesiones, hoy no.
—¿Sí? Bent, ya era hora —contesta tras la línea.
—Tienes suerte de que me guste ser un profesional, de no ser así estarías sola en esto. Estuvo muy feo lo que me hiciste anoche.
Mi tono es seco, brusco.
—Tuve una visita inesperada, Bent.
Su tono, en cambio, es sumiso, triste.
Me crezco y noto que domino la situación.
—La próxima vez deberías avisar con al menos dos horas de antelación. Hay gente que tiene cosas que hacer, no todo gira alrededor de ti. Mi jefe está muy, muy cabreado, y eso que no sabe lo de tu última víctima. ¿Quién es?
—Se llamaba Denis Timberlant, era un periodista de fama nacional.
—¿Cómo ?
—¡Qué!
—¿Sabes lo que puede significar eso?
—No. ¿Qué?
—Que seguro que se filtra alguna información a la prensa.
—Podrías ser acusada por el pueblo. Te culparían de esa muerte y de las demás. Estos periodistas son demasiado listos. No podemos dejar que se sepa. ¿Dónde está el cuerpo?
—De eso quería hablarte, Bent. Está en mi casa. Vi cómo lo hacía, lo vi con mis ojos. No dejaba de mirarme, no me apartaba la mirada. Fue… fue… horroroso, Bent. Esto me está superando.
Su tono de voz es angustioso hasta que rompe en llanto antes de decir la última palabra.
Siento pena por ella. No tiene la culpa de todo lo que le está pasando, no puede controlarlo, es algo muy extraño que ocurre en muy extrañas condiciones. A día de hoy todavía no consigo explicar cómo ocurría y por qué.
—No pasa nada, Bent está aquí para ayudarte.
Nunca pude ser fuerte ante ella, siempre me doblegaba la razón, me hacía ser blando como esponja, como llanto de niño.
Y no podía ser el detective que pretendía ser.
Me influía demasiado en todo, no podía dejar de pensar en ella, en estar con ella.
Me daba igual que me hubiese dado plantón, me conformaba con escuchar su voz, con sentir que me necesitaba de algún modo.
Y esa vez fue una de las pocas que me ha pedido ayuda de verdad.
—Bent. Hay que sacar el cuerpo de allí. No puedo pensar en que todavía está en mi bañera de ese modo. Es terrorífico, Bent Meyer .
Seguía llorando, pero poco a poco iba recobrando el aliento y la confianza.
—No te preocupes. Déjalo en mis manos. Eso sí, debo pasar a recoger las llaves de tu casa si no quieres que te rompamos la cerradura y haya que cambiarla.
Era la excusa perfecta para verla, poder consolarla y tranquilizarla un poco antes de verme cara a cara con el nuevo inocente muerto.
Resultó ser uno de los mejores periodistas de todo el país, y es que Catrine tiene eso, una atracción fatal hacia hombres de alto estatus social y económico.
No me pregunten cómo se las arregla. Solo sé que todas sus víctimas hemos sido así.
Y me cuento a mí porque, aunque yo no he sido víctima mortal, he sufrido de sus encantos, como ya os he repetido varias veces.
Corto la llamada y me pongo camino a casa de Lovise. Catrine está allí, esperándome, esta vez no me dará plantón, me necesita y me gusta que sea así.
Al llegar, una desesperada Catrine sale a mi encuentro, con una cara muy desencajada para lo que es habitual en ella.
—Gracias a Dios que has venido, Bent.
Sus lágrimas son ahora difíciles de contener por sus párpados, pronto rompe en llanto de nuevo. Eso me hace pensar que me ve como un sustento, una ayuda demasiado fuerte como para no emocionarse al verme.
—Ya está, ya está. Pronto habrá acabado todo —le digo, abrazándola.
Es la primera vez que tengo el privilegio de notarla así de cercana. Me gusta.
—Fue horrible. Sácalo de mi casa. ¡Sácalo !
Su llanto es agudo, roto.
—Haré todo lo que pueda, Catrine, no te preocupes. Ahora debes descansar.
—Gracias, Bent Meyer. Te compensaré por todo.
Sonríe cómplice. Parece que al fin confía en mí. No puedo evitar pensar que su compensación pasa por estar los dos tumbados en una cama desnudos.
—Venga, dame las llaves. Debo hacer mi trabajo.
Lovise aparece por detrás con las llaves colgando de su índice. Las agarro, lanzo una mirada heroica a Catrine y subo al coche sin saber todavía qué me voy a encontrar.
Son las cuatro de la tarde, me cuesta poco adivinar cuál es la llave que abre la puerta del piso de Catrine porque solo tiene tres en el llavero.
Nada más entrar el olor a sangre seca y carne fresca se hace notar.
El silencio es sobrecogedor en la estancia.
Se huele a la legua la escena de una muerte en dramáticas circunstancias.
Avanzo hasta el baño siguiendo el rastro del olor.
Un ruido llama mi atención en la zona de la cocina, algo se ha caído, o lo han tirado.
Me acerco, pistola en mano, con sigilo, pensando que puede haber alguien más en la casa.
Un maullido inocente me indica que es el gato de Catrine.
Bajo el arma, me acerco al gato y le doy un par de caricias, el felino lo agradece dando ronroneos.
Llevo mi atención de nuevo al baño, me acerco.
Ahí está el cuerpo, con la barra de la cortina de la ducha atravesando su nuca desde la boca.
La sangre está por todas partes y se nota que Catrine estuvo presente al hallarse pisadas de ella y algún resbalón sobre la sangre.
Pobre Catrine, ¿tuvo que ver cómo sucedía esto ante sus ojos?
De verdad, la vida a veces es demasiado injusta con las personas equivocadas .
Llamo a un par de hombres de confianza, tiene que parecer que esto no ha ocurrido aquí.
Sé que estos hombres sabrán qué hacer. Si mi jefe descubre que Catrine ha estado involucrada en otra muerte no sé qué puede ocurrir, y más después de que yo haya faltado a mi deber hoy.
¡Maldita sea! ¿Qué tomé anoche para no recordar nada?
Debió ser esa mujer del mensaje. Estoy seguro de que ha sido ella, pero ¿quién es?
¿Dónde está? ¿Por qué se implica en este asunto?
No lo sé, tengo que desenmarañar todo esto, me está superando.
No tardan en llegar mis dos manos derechas, mis leales compañeros y confidentes, Jack y Joe; dos hombres fuertes, típicos del norte, de metro noventa y cinco al menos cada uno.
—Un momento, un momento. ¿Jack y Joe? Los dos policías rasos de tu comisaría.
—Sí, los mismos, señor Clive.
—Está bien. Apunte esos nombres, Clarensce. Más tarde tendremos que interrogarles también.
—Entendido, Clive.
—Está bien. Continúe, señor Bent.
—Bien. Como iba diciendo…
Jack y Joe siempre han sido mis confidentes dentro del cuerpo de policías. En ellos puedo depositar toda mi confianza sabiendo que nunca seré traicionado. Ellos me han ayudado mucho en ocasiones en que he tenido que cubrir mis espaldas ante el jefe. Ese día no podía ser de otro modo.
Sacamos el cuerpo de allí sin avisar a nadie más.
Contratamos un servicio de limpieza también de mi confianza.
Hicimos creer a todos que Denis Timberlant se había suicidado en la habitación de un hotel cercano.
Evadimos las pruebas genéticas haciendo creer al jefe que las habíamos hecho para evitar relacionar a Catrine en esa muerte.
—¿Por qué hiciste todo eso por ella después de que te dejase plantado y te rechace siempre?
—Amor, señor Clive, amor. Ya se lo he dicho.
—¡Está mintiendo, jefe! ¿Acaso no lo ve?
—Limítese a escuchar y deje que saque mis propias conclusiones, Clarensce.
—Entendido, jefe.
—Continue, Bent.
Llamé a Catrine para comunicarle que el trabajo estaba solucionado y, de paso, intentar citarme con ella en un restaurante al que suelo acudir con mujeres a las que quiero sorprender.