13. Denis Timberlant #3
Lovise se puso a gritar eso como una niña antes de que yo terminase mi frase. Estaba claro que el factor sorpresa era una de las cosas que Lovise más valoraba para el día de su vida; su boda.
Era tarde y ninguna de las dos acostumbraba a estar despierta a esas horas.
Terminamos de poner la ropa en el armario.
Lovise preparó la cama y pronto me vi metida en cama extraña con los pensamientos desviados hacia el borde de la bañera de mi cuarto de baño.
Allí había algo que buscaba descomponerse en algo asqueroso si nadie lo sacaba.
Esa muerte había sido diferente del resto.
Yo la había visto. Además, si ya mi situación a ojos de la policía era crítica, con esta muerte aún más.
La barra que Denis llevaba clavada en la boca debía tener mis huellas dactilares, solo hacía tres días que la había instalado porque la anterior se me había roto gracias a un resbalón que tuve en la bañera con el que casi me mato yo.
Desperté con un dolor de cabeza que casi no me dejaba pensar y sin siquiera acordarme del hecho de la noche anterior.
Eso duró pocos segundos porque la imagen de Denis metiéndose la barra por la boca y retorciéndola como un tornillo en una tuerca invadió mi mente como una broma de mal gusto, solo que, de broma no tenía ni un solo resquicio.
Pronto me vino a la mente Bent Meyer y me pareció extraño que no me hubiese llamado para comentarme algo sobre este último caso.
Me mantuve en la cama, preocupada por la situación, sin querer molestar, ya que Lovise y Jonas parecían estar durmiendo todavía por lo temprano que era y el silencio que reinaba en la casa.
Cogí el teléfono y comprobé el mail; nada nuevo.
Comprobé también las redes sociales; nada que me sacara el dolor de cabeza ni la preocupación por el suceso de la noche anterior.
Traté de dormir de nuevo. Me costó, pero lo logré.
Al abrir los ojos descubrí que Lovise ya estaba despierta, escuchaba su voz hueca a través de las paredes.
Me levanté y anduve en pijama hasta la cocina.
Allí estaban Lovise, Jonas y una chica cuyo rostro me resultaba vagamente familiar.
La había visto alguna vez, años atrás, en reuniones del instituto y después cerca de Lovise, pero nunca me había parado a hablar con ella ni a preguntarle su nombre.
Para mí no había sido más que una cara de paso.
—Vaya, ya has despertado —dijo Lovise—. Mira, esta es Andrea, mi prima, la que te dije anoche que conoce a Bent.
Entonces la ubiqué. Era una de aquellas presencias esporádicas a las que jamás había prestado la menor atención.
Y allí estaba esa chica exuberante con cara de bruja, mirándome como si le debiese algo, con una sonrisa irónica que se podía detectar a más de cien metros de distancia.
Pero Lovise era tan ingenua que no se daba cuenta, trataba de llevar la situación con la normalidad que para ella reinaba.
Me senté justo a un lado de Andrea. Su olor me era desagradable, usaba ese perfume que nunca he podido tolerar y fue evidente que no empezamos con muy buen pie nuestra peculiar relación.
—¿Te ha llamado Bent? Dice Andrea que le envió un mensaje anoche informándole —preguntó Lovise en clave para que Jonas no sospechase.
—No, no me ha llamado. Y es algo raro. De haberse enterado me hubiese llamado enseguida, estoy segura. ¿Seguro que le avisaste, Andrea?
La miré con cara de «contesta la verdad si no quieres que te arranque el pelo a tirones».
—Sí, seguro. Mirad el mensaje. Todavía lo conservo —contestó ella, enseñando la pantalla de su teléfono.
—Pero ¿de qué habláis? ¿Quién es ese Bent? —preguntaba Jonas untando mantequilla en su bollo.
—Nada, cariño. Un agente de seguros que tiene que mirarle una cosa a Catrine. Andrea le conoce y es como un favor —mintió Lovise, una de las pocas veces que la he visto mentir, y sé que lo pasa fatal cada vez que se ve obligada a hacerlo.
—Ah —replicó Jonas, omitiendo la información, ya que no le interesaba lo más mínimo—. Me tengo que ir al trabajo. Esta noche te veo, cariño. Chicas… hasta luego.
Se levantó de la mesa, retiró su plato, dio un beso a Lovise y desapareció por la puerta de entrada, mordiendo su bollo impregnado de mantequilla grasienta y mermelada.
—Pero bueno. ¿Por qué has desconfiado de mí? Apenas me conoces y pones en duda mi palabra. ¡Furcia! —exclamó Andrea dejándonos a su prima y a mí boquiabiertas.
—¡¡Andrea!! —dijo Lovise tratando de quitar hierro al asunto.
—Déjala, Lovise. Se cree ladrón que todo semejante es de su misma condición —ironicé.
Una mano voló tan rápido que la tostada que llevaba entre manos hizo lo propio, saliendo despedida por los aires.
Esa malnacida me había dado un tortazo, ni corta ni perezosa.
Quedé paralizada e indignada con aquella mujer que, de la nada y sin motivo aparente, me había propinado un guantazo en toda la mejilla.
—La próxima vez, si quieres, vuelves a insinuar cosas sobre mí —agregó Andrea, poniendo una cara que poco tenía que ver con la benevolencia de su prima—. A ojos de mi prima serás la mejor persona del mundo, pero para mí eres una escoria social, un despojo humano, una caza oportunidades. ¡Guarra!
Se levantó, agarró su bolso y salió por la misma puerta que Jonas con un aire demasiado chulesco y agresivo como para plantarle cara.
¿Qué le pasaba a esa mujer conmigo? Yo no le había hecho nada, fue ella la que me insultó a mí en primer lugar.
Y el caso es que, por mucho que me enseñara el mensaje que le había escrito a Bent, él no me había llamado para citarme en su despacho, ni para recriminarme lo mala persona que yo era, ni para decirme frases indiscretas como era costumbre, pero, claro, la noche anterior le había jugado una mala pasada dándole plantón de la forma más horrible que puede existir.
Aunque no sé por qué, pero siendo él, no pesa en mi conciencia.
Debe ser que hacia él no tengo ni el más mínimo apego humano y me resbala todo lo que pueda pensar y dejar de pensar, aunque no sea del todo así porque sí me importa lo que tenga que ver con los suicidios, y él es el que lleva los casos.
No sé, a veces parece extraño, pero ha sido una persona bastante influyente en mi vida si me paro a pensarlo, y este tiempo sin saber de él es como si faltase alguna pieza en mis días.
No tardó en aparecer con una de sus neuróticas formas de tratar la realidad.
Ya era demasiado tiempo sin saber de él.
Demasiados días sin que quiera llevarme a la cama, demasiado tiempo sin escuchar sus delirios de grandeza y ver sus poses peliculeras.
En fin, que parece que esté hablando de alguien que echo de menos y eso no es del todo cierto.
Me repugna, no puedo ni verlo, pero, por otra parte, es como si mi vida no fuese igual si él no está en ella.
Es difícil de explicar la sensación. Algún día sabré el porqué de todo, estoy segura.
Pero, por ahora, me conformo con que a Lucas no le pase nada.