La maldición de Catrine 13. Denis Timberlant #2
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13. Denis Timberlant #2

Aquel abrazo fue el que me sacó de mi caos y bloqueo mental.

Me sentí arropada, comprendida y hasta salvada por un instante.

Luego volví a la realidad, todavía estaba ese cuerpo inerte sobre el borde de mi bañera.

Y Bent debía estar tan enfadado que no me atrevía a llamarle.

Pero, algo teníamos que hacer para que sacasen eso de mi baño.

Lovise era una chica débil. Empecé a pensar que no había sido buena idea llamarla a ella, pero ¿a quién iba a llamar si no?

Era la única que sabía mi maldición. Y era la única que pudo sacarme de mi bloqueo mental, con la consecuencia de permitirme pensar con más claridad.

Todo eso es lo que consiguió el abrazo de Lovise.

Ella lloraba mientras acariciaba mis manos.

Lovise no era fuerte sino débil y quejicosa.

Y más en aquel momento, a menos de una semana de casarse.

Dos días antes había estado comprando los billetes del viaje a Valencia para su boda.

Sí, se casaba allí, en España, en el hotel en que había estado cuando Jonas le propuso matrimonio.

No sé por qué les dio por ahí, pero, según ellos, se enamoraron de esa ciudad tan pronto la pisaron por primera vez.

Y a mí, ciertamente, me hacía bastante ilusión viajar allí y más al ser la boda de mi mejor amiga.

En fin, que quedaban días para que ella se casase y yo la había forzado a ver un cadáver recién muerto en violentas condiciones.

No era justo, pero el daño ya estaba hecho, era irremediable.

Muchas veces nos pasamos meses, incluso años, lamentándonos por errores que hemos cometido en el pasado y no nos damos cuenta de que ya no se pueden cambiar y que, si no los apartamos, porque olvidarlos es imposible, se acomodarán en nuestra consciencia de forma permanente y no nos dejarán avanzar en la vida.

Es mejor apartarlos, saber que ya no hay remedio, adaptarse a vivir con ellos y seguir adelante disfrutando del momento.

Pero Lovise no era capaz de aplicarse esa filosofía y aquello le marcó mucho.

Su boda pudo ser mucho mejor de no ser por ese pequeño gran detalle.

Teníamos que tomar una determinación respecto al cuerpo que descansaba sobre el borde de mi bañera con una barra de cortina atravesada desde su boca hasta su nuca.

Se me ocurrió que fuese Lovise la que se encargara de avisar a Bent.

Me dijo que ella no podía hacer eso. Me dijo que tenía una prima que conocía a Bent, que sabía los lugares que frecuentaba este por la noche.

Lo conocía porque llevó el caso de uno de sus amigos al que robaron el coche y quemaron la casa, con su madre dentro.

—Siempre me habló bien de ese detective —dijo Lovise—. No como tú, que siempre tienes palabras despectivas hacia él.

—La relación que tengo con él es algo que me hubiera gustado evitar, Lovise, amiga. No me gusta ese capullo, no hay más. Llama a tu prima y que hable con él. Será mejor que nosotras nos vayamos a algún lugar, lejos de aquí, no podré dormir en esta casa al menos hasta dentro de una semana.

—Dentro de una semana estaré de luna de miel, Catrine, ¿recuerdas? Puedes quedarte en mi casa. A Jonas no le importará.

—Sabía que podía contar contigo, no lo dudé nunca.

—Por supuesto.

Lovise sacó su teléfono y llamó a su prima.

Le contó la historia de Bent y mía y mis hazañas, me había dicho que su prima era de fiar y que no pasaba nada porque supiera mi maldición.

Y resultó que Andrea, su prima, estaba en el mismo bar que Bent en aquel momento, viéndole beber whisky sin cesar.

La trama estaba hecha y solo faltaba que Andrea lo avisase de que alguien estaba muerto en mi baño.

Con el trabajo hecho salimos y fuimos a casa de Lovise.

El trayecto en su coche fue de un silencio cómodo pero amargo.

Allí estaba el bueno de Jonas, sentado en el sofá, con esa mirada dulce que siempre me hacía recordar a Klint y entrar en un estado de nostalgia controlada.

Por supuesto, Jonas no tenía ni idea de mi maldición y se mostraba normal ante mi presencia.

No era la primera vez que iba a dormir a su casa, pero sí la primera que me quedaría más de una semana.

Lovise excusó rápido el asunto. «Viene para ayudarme con los preparativos de la boda», dijo, y Jonas, encantado con su mujer y con la vida, sonrió y aceptó de buena gana la propuesta.

Una vez en la habitación asignada para mi descanso y sin la presencia de Jonas, Lovise y yo mantuvimos una de las conversaciones más trascendentales desde que nos conocemos, y eso es mucho decir teniendo en cuenta que somos amigas desde los tres años o así.

—Lo de esta noche ha sido el colmo, Catrine. No puedes seguir así.

Su cara decía más incluso que sus palabras, era una mezcla de pena, soberbia, cansancio y frustración reunidas en una mueca tan expresiva que consiguió meterme de lleno en aquella conversación y recibir aquellas palabras como por parte de un Dios misterioso y lejano.

—Lo sé, Lovise. Pero no sabes el resto…

Me sentía tan mal que me costaba un poco hablar .

—¿Qué resto? ¿De qué hablas?

Ese gesto de su cara seguía en altaneras formas mientras iba guardando mi ropa en el armario, paró un instante para escuchar lo que tenía que decirle.

—Llevo varios días matando por placer, Lovise. ¡Lo siento!

Me eché a llorar en un llanto roto, alejado de mi persona, manchado de maldad y malos actos.

Lovise, por mucho que quisiera parecer enfadada, me quiere demasiado y es inmoderadamente buena persona, con un alma pura como pocas.

Muchas veces he pensado que me hubiese gustado ser como ella, sin suciedad en el alma, con la conciencia tranquila, pero, en mi caso, es imposible.

Tampoco merece la pena pensar y anhelar cosas que nunca llegarán.

Aunque a veces nos duela es mejor aceptarse con lo que uno tiene y puede tener y dar gracias por ello.

Lovise quiso consolarme apoyando su mano en mi espalda, frotando suave.

—Explícame mejor eso que has dicho. ¿Cómo que matando por placer? Te conozco desde que apenas sabíamos hablar y sé que jamás harías algo así. No tienes la culpa de tu desgracia. Ya oíste a aquella pitonisa, no es tu culpa.

El gesto de soberbia y enfado de Lovise había dado paso a uno de condescendencia. No lo podía evitar.

—He buscado a hombres en redes sociales para acostarme con ellos con premeditación, sabiendo que morirían después. Dime si eso no es matar por placer, porque yo creo que sí lo es. Soy lo peor. Merezco ser castigada con la peor de las expiaciones. No puedo más con todo esto, Lovise.

Mi llanto se acentuó al terminar de decir aquello .

—Venga. No llores tanto. Mírate. Imagina que estás sentada en la otra esquina de la habitación, viendo cómo llora tu otra yo. ¿Te gusta lo que ves?

Aquel ejercicio fue bastante ocurrente por su parte.

No tardé en ponerme en situación. Imaginé que mi personalidad se desdoblaba a la otra punta de la habitación.

Desde allí podía ver a Lovise de pie, con su mano en la espalda de un clon de mí, que lloraba como si nada de este mundo tuviese sentido.

Lloraba tan amargamente que me dio una lástima muy profunda.

Me dio tanta pena que, no sé de qué forma, conseguí paliar su llanto y que me mirase con esa mirada de seguridad que ella siempre portaba; mi mirada, la que me lleva a tomar el control sobre todas las situaciones, porque la mirada de una persona es lo que determina qué hay en el interior, en lo hondo de sus pensamientos.

Y mi mirada en aquel momento, una vez controlados los llantos, era de esperanza.

Aunque, si he de decir la verdad, esa esperanza es vana, casi nula, pero existente si se quiere.

Volví a la realidad siendo otra, la de la otra esquina del cuarto y no la que lloraba, fue extraño lo rápido que secaron mis lágrimas después de aquel ejercicio de autocontrol que Lovise me inculcó y que sigo poniendo a prueba cada vez que me azota algún tipo de ansiedad, miedo o nervios indeseados.

Se lo agradezco enormemente porque me ha ayudado mucho a lo largo de todo este tiempo.

—Ya estás mejor, ¿verdad?

Aquella sonrisa de dulzura que embaucaba asomaba entre las comisuras de sus labios. Su mano frotó un poco más mi espalda y, sin dejar pasar mucho tiempo, prosiguió con su tarea de arreglar mi ropa en el armario.

—¿Dónde aprendiste esa técnica, Lovise ?

Me levanté y la ayudé en la tarea.

—Jonas conoce a un psicólogo muy bueno, él nos lo enseñó. Es amigo de Jonas desde el instituto.

—¿Conocía a Klint también?

—No lo sé. Pregúntaselo.

—Da igual. ¿Sabes? Mi vida no podría ser más afortunada por tener una persona como tú a mi lado.

—No digas bobadas… Lo mismo puedo decir yo de ti.

—¡No! De sobra sabes que eres maravillosa, una envidia para cualquier mujer que no pueda ser como tú.

Y lo sabía; lo que pasa es que era tan humilde que jamás reconocería cualquier cualidad, por insignificante que fuera, para no alardear de nada. Así es Lovise, lo que había dicho, una persona envidiable.

—No digas tonterías, Catrine. Cualquiera puede ser mejor que yo en muchas cosas. No soy nadie, solo una chica que intenta hacer las cosas bien.

—Y lo consigues a diario.

Desistí de halagarla más, sabía que eso le incomodaba un poco.

Cambié de tema y me fui a su boda para tratar de distraer la atención y quitar de nuestras cabezas lo que había pasado con Denis y los demás.

Aunque yo no pude, no puedo y jamás lo conseguiré.

Es mi maldición, es mi condena por algo que alguien hizo alguna vez y escapa a mi conocimiento.

Según dijo la pitonisa de las piedras, tengo esto porque tiene que ser así.

—Mañana tengo que ir a por tu regalo de boda.

—¡No me digas nada! ¡¡No! !

—No te diré nada, solo que…

—¡¡¡Na, na, na, na, na, na!!!