13. Denis Timberlant
Eran las tres de la madrugada, Bent me había despertado bastante cabreado.
Era la primera vez que me imponía un poco de respeto, al final iba a resultar que ese estúpido detective tenía una pizca de carácter capaz de infligirme algo de miedo.
Me citaba en la comisaría pronto, por la mañana, sin darme lugar a negarme.
Me costó volver a conciliar el sueño, pero lo conseguí y pronto me vi despierta por el reloj que había programado, media hora más tarde de lo que debiera, para cabrear un poco más a Bent y ver cómo reaccionaría y, por qué no, para dormir esos treinta minutos más, que pueden saber a gloria cuando llevas sin descansar bien varios días, o semanas.
Desperté dispuesta a todo, quería dejarle claro de una vez por todas a Bent que él no mandaba sobre mi vida. Era una mujer libre y nadie iba a frenar mis impulsos. Ni siquiera un estúpido detective de poca monta. Desayuné algo de leche con unas tostadas y salí hacia la comisaría.
Lo que encontré al llegar no fue cortesía, ni mucho menos.
Bent estaba muy cabreado y no cesó de decirme que su jefe esto y que su jefe aquello, amenazaba con meterme en prisión.
No sonaba bien aquello. Decidí cambiar el rumbo de las cosas para tratar de restar un poco de tensión a la situación.
Le propuse a Bent una cena en mi casa. Una cena que, por supuesto, jamás tendría lugar.
Pero el bueno y tonto de Bent se lo creería a la primera.
Es así de ingenuo. Tal y como había imaginado, no sé si fue antes decirle lo de la cena o cambiar su actitud por completo.
Se olvidó de todo lo que tenía que ver con sus obligaciones como detective.
Se le dibujó una cara de tonto que más bien parecía haber salido de un cuento de hadas mal confeccionado.
Se le notó tanto que pude salir de su despacho sin siquiera hablar de la muerte de Cuco.
Me sentí dueña de su ser. Sentí el poder correr por mis venas como miles de diminutas hormigas frenéticas que buscan su destino.
Y el aire de la calle parecía correr más cálido de lo habitual.
Alcé el brazo y pedí un taxi. Tenía todo el día por delante, pero antes debía pasar por Jansen era la mejor solución a mi problema, sin duda.
Fue a las doce de la madrugada. Hacía dos horas que el pesado de Bent había estado tocando a mi puerta pensando que tendría respuesta para cenar conmigo.
Qué ingenuo, tonto y desastroso detective, siempre con sus bobadas.
Denis preguntó por qué no contestaba a las llamadas, le dije que sería algún amante obsesivo y que no me apetecía ni siquiera saber quién, aunque lo sabía perfectamente.
Denis dio una carcajada fuerte al darle aquella contestación.
No era como los demás, cualquier hombre hubiese preguntado más acerca de mis amantes, pero él no, él se limitó a dar una carcajada que envolvía una seguridad muy acentuada, incluso para mí.
Lo que él no imaginaba era que iba a ser una de sus últimas risas.
Me dio mucha pena. Pero, a las doce, cuando yo me estaba dando una ducha con agua muy caliente, después de haber gozado de un sexo pocas veces conseguido, Denis entró en el cuarto de baño en silencio.
—¿Denis? —pregunté desde detrás de la cortina de la bañera.
Silencio. Solo pasos lentos.
—¿Estás ahí? —insistí .
Ante mi incertidumbre del momento la cortina se removió bruscamente, siendo arrancada de su vástago.
Denis hacía aspavientos enredando la cortina entre sus brazos con gran violencia.
Quedé paralizada observando aquello que nada tenía de normal.
Recuerdo la mirada de Denis, parecía haber abandonado su ser, haberse ido de este mundo, haber viajado a algún lugar espantoso que lo mantenía ausente, tenebroso y desplazado.
Me asusté, me encogí sobre mí misma y me limité a respirar fuerte mientras miraba el espectáculo macabro que estaba a punto de suceder.
Jamás lo podré olvidar. Con los demás fue diferente, a ninguno pude verlo en el acto de suicidio, solo a Denis, solo a él, aquella noche fatídica que cambió el rumbo de los acontecimientos.
Denis lanzó la cortina hacia algún punto de la estancia, cayeron varios frascos de perfume caro que tenía en la encimera del lavabo.
Después apoyó sus dos manos en el borde de la bañera, mirándome de frente, con esa mirada que aterraba, babeando, temblando, con las venas hinchadas y la piel coloreada.
Parecía haber sufrido una posesión, yo estaba convencida de que era algo así, mi maldición hacía que algo los poseyera y se mataran poco después.
Llegué a esa conclusión durante aquel suceso.
Mi mente era un cúmulo de pensamientos vertiginosos que volaban por todas partes, dándome respuestas que nunca había encontrado, respuestas que son ciertas o del todo incorrectas, no lo sé.
Lo que sí sé es que Denis, después de mirarme de aquel modo tan infernal y posesivo, agarró la barra de la cortina sin dejar de mirarme, la arrancó de cuajo y se la clavó en la boca, haciendo fuerza y más fuerza, retorciéndola sin pavor, mirándome.
Las muecas de su garganta sonaban mientras sus venas se hinchaban más y la sangre comenzaba a brotar de su boca hacia mi bañera.
No dejaba de mirarme a los ojos, no paraba, no paró ni cuando quedó inmóvil, muerto.
Yo, una chica desnuda, arrinconada y atemorizada.
Salí de allí con una mezcla de repulsión, miedo y sensaciones que no sabría explicar.
Me vestí pensando en llamar a Bent, pero este estaría bastante enfadado después del plantón que le acababa de dar.
Luego, como un brote psicótico extraño, apareció el nombre de Lovise en mi mente.
Era la única persona que podía saber y ver lo que había pasado.
Puede que ella supiera qué hacer. Yo estaba bastante bloqueada, física y mentalmente.
Me puse a fumar cigarros uno tras otro hasta que llegó Lovise, veinte minutos después.
Veinte minutos en que estuve sentada en aquel sofá donde había empezado todo, mirando al ordenador portátil, culpándole de todo.
Me levanté entre cigarro y cigarro, cogí un vaso de agua y lo vertí por todas las partes visibles del ordenador.
Me senté de nuevo, mirando cómo moría, sintiéndome un poco mejor, pero sin poder dejar de pensar en lo que había en mi cuarto de baño, de donde salía una luz que, hasta ese día era normal, pero que, aquella noche, parecía la luz del mismísimo infierno.
—¿Qué ocurre? —preguntó Lovise al llegar y verme en ese estado de shock.
Señalé el baño sin mirar. La luz salía de allí mientras Lovise se acercaba como si se tratase de una película de terror mala.
Un grito desvió mi atención y mi mirada, perdida hasta entonces. Cambió de dirección y se puso en la puerta del baño. De allí salía Lovise con las manos en la boca y unos ojos demasiado abiertos para ser suyos.
—Se ha… —tartamudeó Lovise
Asentí, abatida.
—Se ha atravesado con… —añadió .
Volví a hacer un movimiento descendente con mi cabeza.
—¡¡Dios!! ¡Perdónala! ¡Perdónala! ¡Ella no quería! ¡Ella no quería!
Rezó como pudo Lovise mientras se lanzaba sobre mí para darme un cálido abrazo que me supo a más de lo que ella imaginaba.