12. Otro más #3
—Eres demasiado hombre para esa Catrine. Necesitas una mujer a tu altura, Bent Meyer.
Mi atención hizo un cambio drástico hacia sus palabras.
Me conocía, conocía a Catrine, me llamaba como ella, pero, sin embargo, era una auténtica desconocida.
—¡Se acabó! ¿Quién eres? ¿Qué quieres?
Mi mano paseaba desesperada por el largo y ancho de mi cabellera. El alcohol ya mandaba por delante de mi consciencia y yo me encontraba perdido como un barco que ha perdido el hilo que lo une a puerto una noche de tempestad.
—Soy lo que necesitas. Soy la mujer que hará que puedas olvidarla. La que te hará feliz.
—Pero ¿cómo sabes tanto de mí? No te conozco.
—Sí me conoces, pero no lo sabes, todavía no.
Y se alejó en la oscuridad verdosa de aquel local, dejándome como un auténtico gilipollas en medio de la nada, con una borrachera de indigente y una encelada vida, turbia por el amor de una mujer que desataba mi parte más tierna, pero también más neurótica.
Todavía no se me ha pasado su efecto, agente Clive.
Créame cuando le digo que aún la veo por las noches, en sueños, llamándome cariñosamente.
De verdad, esa mujer ha dejado más en mi vida que cualquier otra cosa que haya experimentado en todos estos años en que estoy vivo.
—Al grano, Bent.
—Déjale, Clarensce. Nos está contando todo.
—¡Eso, déjeme, novato!
—¡¡Su puta…!!
—Eh… quieto… león.
—¡¡Te voy a…!!
—Quieto, Clarensce, quieto. ¡Es una orden!
—Eso, agárrelo, Clive, o al final le daré con las esposas en los dientes. ¿Me da un cigarrillo, por favor, Clive?
—Claro. Y tú, Clarensce, o mantienes la calma o tendré que pedirte que salgas.
—Eso, novato.
—¿Ahora ya te gusta el tabaco de los de asuntos internos? ¡Toma!
—Gracias, agente Clive. No es que me guste en exceso esta mierda, pero lo que tengo que contarles ahora es tan excitante que me da igual fumar esta basura. Presten atención, por favor, esta parte es determinante.
—Te escuchamos, Bent.
—Gusano…
—¡¡Silencio, Clarensce!! Continúa, agente Bent.
—Gracias, Clive .
»Como iba diciendo, aquella mujer misteriosa de aquel antro de barrio bajo hizo que me plantease algunas cuestiones que me llevaron de capa caída durante toda aquella noche.
¿Quién era? ¿Por qué me conocía? ¿Por qué decía que era la mujer que necesitaba y luego había desaparecido sin explicación?
¿Qué relación guardaba con Catrine? ¿Conocería a Clara?
La borrachera no me dejaba pensar con claridad y recurrí a un viejo método para esclarecer mi mente, la cocaína.
Compré una papelina a un camello de esquina y me la metí casi sin dosificar.
Al cabo de un rato mi mente era un cúmulo de sensaciones de extraordinaria belleza interior.
Todo lo demás son espejismos de la realidad, lo vi todo tan claro que no hizo falta siquiera esforzarme en pensar para resolver el entuerto.
La cocaína había hecho efecto y de un modo que jamás habría esperado, esclareciendo mi mente hasta un punto inimaginable para mí hasta entonces.
Según mis cavilaciones estupefacientes, Catrine era el epicentro de una actividad sísmica que destruía todo lo que tocaba.
Mi mente hizo un esquema interactivo de un sonar de detección de movimientos sísmicos en el que se plasmaba la cara de Catrine, por supuesto, en el centro, rodeada de ondas en movimiento que descuartizaban las caras de los demás a su paso, incluso la mía, la de Clara, la de mi madre, todas menos la de la mujer misteriosa del bar de putas.
No podía ser de otro modo, aquella mujer era una enviada por Catrine para desviar mi atención y no tomar repercusiones negativas sobre ella por darme plantón o, simplemente para quitarme de en medio mientras ella seguía matando inocentes con sus encantos.
Me sentí bien por haber descifrado lo de la mujer misteriosa pero no tardé en darme cuenta de que todo había sido un engaño provocado por la droga.
Fue por la mañana, cuando desperté con una mujer en mi cama, una chica que nada tenía que ver con Catrine, ni con la mujer misteriosa, ni con nada, entonces lo supe, todo había sido un sueño, o es que iba tan borracho y drogado que no me había enterado de la noche, nunca lo supe y nunca lo sabré.
La chica que despertó a mi lado, en mi cama, aun recordaba menos que yo.
Y me encontré tan perdido, o incluso más que antes de ponerme hasta los ojos de bebidas espirituosas y drogas de dudosa procedencia y pureza.
Me sentí sucio y estúpido. Mejor dicho, iba sucio y era estúpido.
Me había dejado abrazar por la mala vida una vez más, y eso no ayudaba en absoluto a mi caso, que era el mismo de Catrine, porque lo sentía tan adentro que se había convertido en mi caso.
Es así, y creí enloquecer durante un tiempo.
Pero todo en esta vida es pasajero, ¿no, Clarensce?
Mírese, puede que algún día pueda superar a su maestro.
Pero hoy no puede, y eso le jode, ¿eh? Y todo es pasajero…