La maldición de Catrine 12. Otro más #2
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12. Otro más #2

Después de comer fui a descansar un poco para luego ver a mi psicólogo, Magano Loft.

Él es un hombre pacífico que me ha ayudado mucho a la hora de diagnosticar posibles problemas mentales que he sufrido desde que tengo uso de razón.

Pregúntenles a él o a mi madre, ellos sabrán decirles qué tipo de comportamientos extraños he tenido, desde bien entrada mi niñez y que no han desaparecido por completo.

Recuerdo aquella vez que pensé que los sudamericanos eran todos indios de esos de las películas del oeste y me pasé dos meses recopilando plumas de aves que iba capturando con mi rifle de balines para, una vez reunidas unos centenares, ir llenando las mochilas de los compañeros sudamericanos para que se las pusieran al día siguiente, antes de venir a clase.

Lo sé, puede parecer que estoy algo loco, pero créanme, de loco no tengo nada.

Todos mis actos extraños han tenido una explicación aceptable, esa, por ejemplo, se explica con que yo, de pequeño, me hinchaba a ver películas del lejano oeste con mi padre y, en esas películas, todos los indios tenían cara de sudamericanos…

La visita a Magano fue corta. Me recomendó unas pastillas a las que hacía tiempo les hacía ascos pero que, según Loft, eran imprescindibles para que mi carburación cerebral fuese idónea.

Salí de la consulta de Magano Loft, triunfal, con sensaciones demasiado buenas para ser ciertas y, por supuesto, para que fuesen a pasarme a mí.

Eran las siete de la tarde y solo quedaban tres horas para que mi cita en casa de Catrine fuese una realidad a la que me había acostumbrado rápido pero que, sin embargo, me mantenía en una línea de nervios conectada directamente a mis manos y pies, los cuales, no podían parar de hacer gestos extraños y movimientos compulsivos en secuencias repetitivas.

Me di cuenta de eso cuando estaba en casa de mi madre, sentado en el sillón favorito de mi fallecido padre.

Tengo cientos de recuerdos con ese sillón, se podría decir que crecí en él, dentro de él.

Y dudo que algún día pueda deshacerme de ese trasto tan antiguo, pero tan simbólico.

—¿De verdad no quieres merendar? —preguntaba mi madre.

Ella, siempre tan atenta, con su adelantada vejez, provocada por la muerte de mi padre, seis años atrás.

Ella nunca volvió a ser la misma, pareció apagársele la vida.

Mis hermanas estaban casadas y su única y última ilusión, a sus ochenta años, era verme a mí subir a algún altar vestido de novio, cogiendo la mano de una preciosa mujer.

Aunque, conforme pasaba el tiempo todos en mi casa íbamos perdiendo la esperanza de que eso llegase a suceder.

Mis manos y pies llevaban una orquesta de movimientos que tenía más que ver con la cita con Catrine que con ver a mi madre preocupada por mí.

—No, mamá. He comido bien, no tengo hambre ahora… Esta noche cenaré con una mujer, ¿sabes?

Mi madre paró en seco su tarea de limpiar la mesa en que había comido horas atrás con una de mis hermanas, mi cuñado y dos de mis sobrinos.

—¿En serio, Benedicto?

Solo mi madre me llama así, y solo cuando se pone seria o algo le preocupa de mí.

El mío es un nombre que me dio demasiados problemas en el colegio y parte del instituto como para querer que se me llame así.

Me inventé el diminutivo Bent cuando un primo mío se acordó de que Benedicto era un nombre muy cómico para un chico al que le gustaba ser normal entre los demás, y el muy iluminado fue a soltarlo delante de Marta, la chica que me gustaba en el instituto y que, después de saber mi nombre comenzó a alejarse hasta que estuvo a tanta distancia que días después ni siquiera me saludaba…

Mi primo me pidió disculpas muchas veces, pe ro eso no hizo que Marta volviese ni que me olvidase del suceso.

Quise entonces cambiarme el nombre a efectos de los demás, desde entonces, todo el mundo me llama Bent, menos mi madre cuando se cabrea, como les había dicho.

—Sí, mamá. Y es una gran mujer. Me ha invitado a su casa.

—¿A su casa? Eso suena muy bien, a ver si es verdad que al fin te juntas con alguna mujer que te haga feliz. Pero ¿quién es, a qué se dedica? Cuéntame de ella.

—Mamá, se llama Catrine. Es del barrio y es abogada.

—¿Abogada? Eso suena muy bien. No la dejes escapar si te gusta de verdad.

A esas alturas mi madre ya se había sentado en la mesa, dejando las tareas para más tarde, con la intención de escuchar bien todo lo que pudiese contarle sobre la nueva mujer que tenía la oportunidad de meter en mi vida.

Aunque aquello era un engaño a grandes rasgos que estaba utilizando contra mí mismo y lo que es peor, contra mi pobre y anciana madre.

En aquel momento los dos parecíamos dos besugos hablando sobre una supuesta relación inexistente que ni siquiera había empezado, y siendo franco, ni siquiera había esperanzas de que llegase a comenzar.

Pero yo siempre he sido un ingenuo, y mi pobre madre, más todavía.

Salí de casa de mi madre creyendo que era un nuevo hombre con posibilidades de ser querido por la mujer a la que amaba.

El resto de la tarde fluyó entre sensaciones positivas y sumideros de nuevas oportunidades.

La hora de ver a Catrine se acercaba y solo quedaba tiempo de adecentarme lo suficiente para que me viera bien arreglado y presentable, con la intención de causar una muy buena sensación en ella .

Cuando ya estaba totalmente aseado el reloj de mi cocina marcaba las nueve y cuarto. Todavía quedaba tiempo para pasar por el súper cercano y comprar una botella de vino y una rosa, de esas que venden prefabricadas pero que, al menos, dan una buena sensación ante cualquier dama que se precie.

Después de aquello allí estaba yo, vestido como un adonis moderno; traje gris, zapatos caros, bien perfumado, perfectamente peinado con raya a un costado y sujetando una botella de vino caro y una rosa con la boca, buscando el número de puerta de Catrine en el porterillo del edificio.

Allí estaba su nombre, único entre los de otros muchos vecinos, resaltando como si estuviese iluminado y todos los demás apagados.

Llamé, tardaba mucho en responder. Repetí la acción y, de nuevo, nadie al otro lado.

«Se estará duchando», pensé. Y presioné de nuevo.

Nada. Llamé a su móvil. Cero resultados.

Catrine había desaparecido y eran ya las diez y cuarto.

Volví a llamar al porterillo con la esperanza de que se estuviese duchando y no me hubiese podido oír, pero, de nuevo, nada.

Y todos los nombres de los vecinos parecían ahora brillar mucho más que el de Catrine.

Me había tomado el pelo. Había desaparecido, dejándome como un idiota en la puerta de su casa, arreglado como si fuese la última vez en la vida que tenía oportunidad de verme con una mujer, con una madre más ilusionada que su propio hijo incluso y con una rabia más crecida que un bollo de masa a la que se le ha añadido una ingente cantidad de levadura activa.

«¿Mierda!» Pensé. Lancé la rosa al medio de la calle, abrí la botella de vino y me fui caminando y bebiendo hacia uno de mis bares elegidos en esos casos de tristeza extrema en que piensas que el mundo casi es mejor que se encargara de engullirte en vez de girar sobre sí mismo .

Era un suburbio lleno de risas rotas y barbas desordenadas.

Duros hombres jugaban a billar, fumaban tabaco fuerte y bebían líquidos para gargantas resistentes.

Las luces eran de un verde esperanza que rozaba la oscuridad con un pequeño hilo de bienestar.

La música era indecente y las pocas mujeres que se encontraban en aquel antro habían tenido sexo por dinero muchas más veces de las que en realidad les hubiese gustado.

—Sé lo que estás buscando —escuché detrás, cerca de mi oído.

Era una voz femenina.

Me giré y la vi. Era una mujer muy bella para estar ejerciendo la prostitución en aquel local de mala muerte. Su mirada decía muchas cosas sin palabras y su gesto —ay, su gesto— era un guiño a la felicidad y la buena vida, dos parámetros que jamás he tenido en mi poder.

Entorné los ojos. El alcohol ya hacía un breve espacio de tiempo que había empezado a apoderarse de mis sentidos, imaginé que esa mujer me ofrecería sexo fácil y, por ende, caro, y adquirí una expresión de pasotismo acentuada.

—No tienes nada que me puedas ofrecer. ¡Nada!

Estaba enfadado con la vida.

—Puede que sí, agente Bent —insistió con ademán dulce.

¿Cómo sabía mi nombre? ¿Quién era? ¿Qué quería?

Yo no deseaba sexo, se me notaba en la cara; pero ¿por qué insistía?

Algo había alrededor de aquella mujer de pelo ondulado y rojizo con senos que se aplastaban contra mi brazo y unas muy bien cuidadas maneras y con detalles muy elegantes para ser prostituta nocturna de esa zona de la ciudad .

Hice un aspaviento de dejadez, prestando atención a mi copa de nuevo.

Mi pasotismo era evidente. Cualquier mujer de sexo fácil habría huido a la primera de cambio.

Pero ella no, ella seguía allí, con sus pechos aplastados contra mí y con un interés un tanto extraño en llamar mi atención.

Marcó varias veces mi hombro con su índice. Me giré y la miré, abatido.