La maldición de Catrine 12. Otro más
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12. Otro más

El Comisario insistía.

—Pero, agente Bent, le vuelvo a repetir y preguntar, ¿qué tiene que ver todo eso con el asunto que nos reúne hoy? No olvide que está ante la policía de asuntos internos. Todo eso que nos cuenta data de años atrás. No estamos aquí para perder el tiempo. Estamos aquí para averiguar la muerte de…

—No insistas, Clarensce. Él sabrá lo que nos quiere contar. Dejémosle seguir. No perdemos nada, no tenemos prisa.

—Exacto, detective Clarensce. Debo decirle que su habilidad de intimidación es tan nula como mi culpabilidad de asesinato en este caso.

—¡¡Mierda!! ¡¡Te vas a enterar!!

—¡¡Ey, ey, ey!! ¡¡No te atrevas a tocarme, estúpido!!

—¡Quieto, Clarensce!

—Este mal nacido me está provocando, Clive. ¿O es que no lo ves?

—Dígale a su gallito de corral, señor Clive, que no ande tan agresivo, que no le va a beneficiar en nada. ¿Puedo encender un cigarrillo?

—Por supuesto, Bent. ¿Quiere uno de los míos?

—No fumo esa mierda de Marlboro que lleváis los de asuntos internos. Gracias.

—Está bien. Continúe, pues. Y usted, señor Clarensce, mantenga la calma, ¿de acuerdo ?

—De acuerdo, jefe. Lo siento.

—Bien, ¿puedo seguir entonces?

—Por favor.

…La tarde pasó rápido entre sentimientos dispares que no me gustaban.

Me fui a casa a tratar de desconectar, pero Catrine me tenía absorbido por completo.

No era capaz de sacarla de mi cabeza por mucho que me lo propusiese en mis adentros.

Cuando la noche ya había entrado bien en las vidas de todos recibí una llamada que me avisaba de una nueva víctima de suicidio en la que habían encontrado muestras genéticas de Catrine.

Se llamaba Lave Larssen y respondía al sobrenombre de Cuco.

Era un artista reconocido internacionalmente, dedicado a componer letras para canciones de spots publicitarios.

Y el tipo, con toda su fama y buena vida, había aparecido muerto esta vez, de forma brutal.

Se había golpeado la cabeza contra la pared hasta abrírsela y morir desangrado en la moqueta de su salón.

Los vecinos alertaron a la policía de unos terribles golpes.

Cuando llegaron nada se podía hacer. El charco de sangre era enorme y el olor a esta sustancia vital te penetraba en el olfato como algo sólido.

El forense de turno me dijo lo que yo, por alguna extraña razón, ya imaginaba.

«Los genes de Catrine están presentes en la mayoría de su cuerpo», dijo.

Otra víctima más, otro pobre chico muerto por culpa de esa asesina del amor.

Y yo, con una expresión que me dejaba tan perdido como tu compañero ahora mismo, salí de la escena del suicidio y sin pensarlo dos veces llamé a Catrine.

Tardó en contestar. Tuve que repetir la llamada hasta tres veces para que descolgara su teléfono. Parecía que dormía plácidamente mientras ese pobre chico caía abatido por sus encantos o, por quién sabe qué .

—Bent, ya sé por qué me llamas. ¿Cuco, tal vez? —dijo; su voz parecía tan despreocupada que daba escalofríos pensarlo.

—¡¡¿Te parece gracioso y normal lo que haces?!! Esto ha llegado a un punto demasiado peligroso, Catrine. No voy a tener más remedio…

—¿Más remedio que qué, Bent Meyer? —interrumpió.

—¡¡Da igual!! ¡Te quiero mañana a primera hora en mi despacho, y no me sirve ninguna estúpida excusa! ¿Entendido?

Aquello me estaba empezando a superar de un modo que me ponía nervioso, y no podía consentirlo.

—Está bien, Meyer, está bien. Tampoco te pongas así. Ya sabes que yo no puedo hacer nada si se matan ellos. No puedo hacer nada y no creas que no me sienta mal toda esta situación. Más que a ti, seguro. Soy la afectada directa, ¿recuerdas?

Dejé que el silencio se instalase durante un instante.

—A las nueve y media, Catrine.

Corté la llamada.

No pude dormir. El asunto era algo que me estaba molestando más que apasionando, y eso que lo de detective lo escogí porque me apasiona mi trabajo.

Siempre ha sido así. Investigar causas ocultas para posibles veredictos me entusiasmaba igual que una pelota de reglamento a un niño que sueña con ser futbolista.

Cuando llegó la mañana mis ojos estaban tan abiertos como antes de tocar cama y en mi mente solo había un maldito nombre que daba forma a una imagen de mujer demasiado atractiva y, a la vez, peligrosa: Catrine.

Aunque estuviese algo enfadado por la situación, algo había en mi interior que crecía, que quería ver a Catrine fuera del ámbito profesional.

Estaba enamorado, y todavía lo sigo estando.

Es algo que no he podido controlar nunca, pero de ahí a que me haya cargado a esa persona, va un trecho bastante amplio.

Bien, tomé mi café habitual en Destino antes de meterme en comisaría y esperar a Catrine.

Tenía ganas de verla, me moría por tenerla cerca.

Pero recuerdo que aquella vez tenía más ganas por saber cosas sobre su caso.

Quería aclarar todo o mi puesto iba a peligrar como siguieran sucediéndose muertes del caso Catrine.

Me senté a esperar. Mi cabreo era creciente por no haber dormido y por ser rechazado y mal tratado siempre por Catrine. Por eso quería poner los puntos sobre las íes y comenzar a controlar la situación. Aquella era una nueva oportunidad y no iba a desaprovecharla.

Catrine, la muy malvada, siempre ha hecho lo que le ha venido en gana en lo que respecta a mi persona.

Llegó pasadas las diez excusándose con que había pinchado la rueda de su moto.

¡Mentira! Una mentira tan escandalosa que no me cabía en la cabeza que una mujer tan inteligente como ella solo fuese capaz de inventar una excusa así.

En fin, no le di mayor importancia. Lo que importaba era que la tenía allí, delante de mí, en mi terreno, con un abrigo estrecho de polipiel negra, guantes a juego y falda también, de caña por encima de la rodilla.

Su pelo estaba especialmente bello, con unas ondas que caían sugerentes y elegantes a ambos lados de su cabeza.

Yo estaba bastante nervioso por no haber dormido y por la situación en sí.

Ella lo notó enseguida y es que parecía que iba conociéndome mucho, lo cual era bastante extraño pues nuestros encuentros habían sido bastante escuetos y poco profundos en general.

Pero claro, cuando te relacionas con alguien, aunque sea en intervalos de poco tiempo, pero muchas veces a lo largo de los meses, pues, supongo que se comienza a conocer a la persona en cuestión, de un modo u otro.

—Bien, Catrine. Imagino que sabes por qué estás aquí.

—El tal Cuco, ¿no?

—Lave Larssen Chevi se llamaba. Y era un compositor famoso. Y te lo has cargado, como a todos los demás. Espero que tengas una buena excusa porque son demasiadas víctimas y tu acusación se está agravando. Mi jefe me ha dicho que haga lo que haga falta con tal de que termines entre rejas.

—¿Y tú? ¿De veras quieres meterme en la cárcel? —su expresión era chulesca, confiada y cercana. Me embaucó como pocas veces—. Porque si me metes en la cárcel jamás podrás acostarte conmigo.

Ella era dueña de la situación, estaba tergiversando las cosas para que al fin yo desistiera de hacer bien mi trabajo y la volviese a tratar con claro favoritismo. Traté de evadir sus insinuaciones, pero me fue imposible.

—Si mi trabajo es meterte en prisión no dudes que lo haré, Catrine —respondí, compasivo.

—¿Y si te digo que hay un par de botellas de vino de primera calidad en mi casa esperando ser tomadas en buena compañía, también seguirías intentando meterme en prisión?

Aquello era una invitación demasiado tentadora para rechazarla y seguir comportándome como el detective que no era cuando se trataba de su caso.

—Dijiste que nuestra relación era solo profesional y no personal, ¿por qué ese cambio? —pregunté, ingenuo de mí .

—He visto algo en ti en todo este tiempo que me está empezando a gustar —dijo, persuasiva.

—Ah, ¿sí? ¿El qué?

—Tendrás que averiguarlo esta noche, en mi casa.

—¿Estás hablando en serio, Catrine?

—Sí. Solo trata de hacerle saber a tu jefe que soy inocente por mucho que me quiera acusar y tendrás todo de mi parte, Bent Meyer —dijo; se levantó, sugerente y diabólica, y me dio un beso carnoso en la mejilla antes de salir por la puerta y dejarme como un auténtico gilipollas sin alma ni condición—.

A las diez en mi casa, Meyer —añadió antes de desaparecer por completo.

Mi mente lo único que pudo hacer fue enviar una orden a mis labios para articular un escueto y tímido «vale» como si de un títere manejado por finos hilos se tratase.

Estaba emocionado, pero al mismo tiempo confundido.

La maravillosa Catrine me había invitado a su casa a cenar y un pálpito me recorrió todo el cuerpo por verme al fin acostándome con ella y muriendo en el intento.

Pero me gustaba tanto que asumiría el riesgo.

Siempre he sido un valiente, un jodido valiente al que le ha faltado valor para otras muchas cosas.

Esa mañana la pasé haciendo papeleo sobre otros casos que manejaba mi equipo de investigación, los cuales no eran muy importantes para mí.

En mi cabeza solo había cabida para el caso Catrine, aunque aquella burocracia era algo que tenía que hacer si no quería ser señalado por compañeros tan competitivos que ni siquiera podían considerarse mínimamente amigos míos.