11. La señorita Mavi y su estúpida ley #3
Llegamos al hotel Marriott sobre la medianoche.
Mis sentidos se agudizaron y mi felicidad se acentuó cuando vi aquel edificio de primera clase alzarse sobre la orilla de una bahía, tan amplia y espectacular que mi asombro no era algo que quisiera terminar de existir.
Las luces de la ciudad se reflejaban sobre el agua con una luminosidad que hacía reflexionar sobre las ondas lumínicas y su capacidad de proyectarse sobre las demás cosas.
Las conversaciones que mantuvimos hasta que cada cual llegó a su respectiva habitación tenían más que ver con los nuevos proyectos que con otra cosa.
El día siguiente sería un día de reuniones y trabajo sobre el terreno.
Tomamos muestras y acotaciones superficiales, aunque el verdadero trabajo de campo llegaría más adelante, cuando mi equipo se trasladase.
Aquella visita era solo una primera toma de contacto.
En aquel momento ya sabía que mi encuentro con Catrine no había sido un encuentro puramente casual.
Esa chica había calado hondo en mi pensamiento, y eso solo podía significar una cosa, una cosa de la que he huido la mayoría de las veces, algo a lo que temo y suelo repeler con naturalidad, y ese algo tiene un nombre que pocas veces me gusta nombrar; amor.
Mi habitación era un lujo para los sentidos, con un amplio ventanal y cortinajes de color blanco agradable y vistas a la bahía.
Una televisión de al menos cincuenta pulgadas, bar repleto de bebidas, jacuzzi, una cama calefactable y una bandeja de comida típica que apenas toqué por el sueño que me apresaba desde hacía algunos minutos.
Y lo mejor de todo es que no había tenido que poner ni un céntimo de mi bolsillo para disfrutar de todo aquello.
Abrí la cortina, observé durante unas decenas de segundos el canal y sus barcos.
Me tumbé en la cama con el traje puesto, mirando al techo, un techo que tenía dibujada una obra de arte barroco de a saber qué siglo.
Y a saber, también, la cantidad de dinero que Ramón había tenido que pagar por todo ese lujo.
Y, si de noche era tan extraordinaria aquella habitación, no quería ni imaginar cómo sería cuando la luz del día se inmiscuyese a través del gigantesco ventanal.
Fueron minutos de reflexiones extrapoladas entre asuntos profesionales y personales, un batiburrillo de sensaciones que escapaba a mi lógica normal.
Aquello solo podía tener una explicación con cierta parafernalia elocuente; el sueño.
En fin, que, después de todo aquello, mi mente hizo un último esfuerzo por mantenerse en marcha y un pensamiento invasivo amaneció con referencia al jacuzzi.
Mi cuerpo quería sentirse dentro de él, aunque fuese por unos minutos.
Sin vacilar mucho más me desvestí mientras la bañera se llenaba con agua caliente.
Una música que evocaba a artistas de los sesenta sonaba en mi dispositivo de sonido de viaje que compré en mi visita a Andorra con los amigos.
Con todas y con esas hundí mi cuerpo en aquel hidromasaje, de tan buena calidad, que mis ojos no tardaron en cerrarse de nuevo, con mi mente en pensamientos dispares y fuera de lógica alguna.
Soñé, desperté tres horas después, mi cabeza había sido engañada y pensaba que no había dormido nada, pero la música que ya no sonaba y mi piel arrugada invitaban a pensar que había caído en un sueño traidor y placentero al mismo tiempo.
Al consultar la hora terminé por desenmascarar el engaño al que mis sesos habían sido sometidos.
Cuando mi cuerpo se envolvía en un albornoz que olía a hotel por los cuatro costados un sonido de puño golpeando sonó en la puerta de la habitación, tres veces.
Eran más de las tres de la madrugada y solo podía ser Amalia, no me cabía en la cabeza que fuese nadie más.
Abrí y sí, era ella, también vestida en albornoz, pero no venía sola, iba acompañada de Catrine, que sonreía con pasmosa extrañeza, vestida solo con una toalla, enrollada sobre su bonito cuerpo.
Pero ¿cómo es que se conocían? Algo no cuadraba.
—¿Podemos pasar? —preguntó Amalia con esa sensualidad que la caracterizaba.
Mi asombro iba en aumento junto con mi excitación. Aquello era una invitación a placeres que cualquier hombre desearía y, para redondear la situación, esa chica danesa que había prendado entero mi ser se encontraba allí, sugerente y expresiva, dulce y bandida, en un cómplice plan con Amalia.
—Por supuesto, pasad.
Entraron las dos, sus miradas fueron de tan explicativo gesto que no hizo falta decir nada más.
Tan pronto entré tras ellas agarré a Catrine por detrás y comencé a darle besos en el cuello.
Su toalla cayó al suelo y, pronto, Amalia se había unido al juego.
Me sentía Dios. No, era Dios. Disfruté de aquello tanto que jamás lo olvidaré.
Pero claro, un sonido algo conocido incidió en mis oídos y, al abrir los ojos, encontré aquella obra de arte del techo iluminada por la inmensa luz del día que entraba por el gran ventanal.
Sonreí al saber la gran noche de lujuria que había pasado.
Al levantar la vista me di cuenta de que mi traje todavía estaba puesto sobre mi cuerpo. Todo había sido un maldito sueño.