La maldición de Catrine 11. La señorita Mavi y su estúpida ley #2
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11. La señorita Mavi y su estúpida ley #2

—Ha sido mucho gracias —dijo y sonrió con esos ojos verdes que me han llevado loco tanto tiempo.

Reí.

—Gra-cio-so, dirás…

Separé las sílabas para que me entendiera.

—Perdona. No hablar español.

Sonrió de nuevo poniendo la mano en su frente, tocándose la zona que nos habíamos golpeado.

—Oh, no te preocupes, lo entiendo.

Lo mío era un precario danés que había aprendido en tres días de estudiar Copenhague por internet.

Pareció entenderme a la perfección. Sonrió, me miró fijamente y me dijo:

—Eres el chico más guapo que he visto jamás.

Eso sí lo dijo en un perfecto español, cosa que me sorprendió bastante.

—¡Lucas! ¿Vienes ya? Acaban de traer la botella de cava, te estamos esperando para brindar —se escuchó la voz de Amalia desde algún punto del avión .

Allí estaba, con su pelo liso y negro, sus piernas estilizadas y sus ojos verdes atravesándome con deseo sexual, tocándose el pelo en un gesto sensual y atrevido hacia mí.

Me giré, miré a Catrine, le di un beso en la mejilla y le dije:

—Encantado de conocerte. Me llamo Lucas. Y le dejé mi tarjeta aun sabiendo que no volvería a verla más.

Me sonrió y me dijo:

—Muy guapo, sí.

Luego dijo algo en danés que no logré entender.

Me giré y caminé hacia Amalia paseando mi mano por la palma de la de Catrine hasta que ya no había huella dactilar sobre la que acariciar.

—Te ha gustado esa danesa, ¿no, Lucas? —preguntó Amalia.

Sonreí y no hice caso de ese comentario, como haciéndome el interesante.

En ese momento ya sabía que Amalia y yo podíamos llegar a tener algo, por tanto, no era lógico ni beneficioso hablarle de otras mujeres.

Ella puso cara de saber perfectamente que yo no estaba dispuesto a declarar nada con respecto a Catrine.

Además, en aquel momento solo había sido una simple anécdota.

No fue hasta horas después que comencé a pensar que fue mucho más que eso.

Bebimos el cava, brindando por los nuevos proyectos que venían.

Ramón estaba especialmente feliz, y yo, en aquel momento, pensaba que era porque podía tener algún tipo de aventura amorosa con Amalia.

La confianza entre ambos iba más allá de lo puramente profesional, se les notaba muy unidos en una especie de relación personal de ciertos secretos comunes.

Y esa Amalia era una arpía de mucho cuidado, pero una arpía que era muy atractiva incluso para mí.

Al final llegué al baño del avión, sí, pero no llegué solo, fui a parar allí acompañado por ella.

Había dicho que quería enseñarme algo, que la siguiera, con permiso de Ramón.

Un gesto de indiferencia por parte del jefe fue lo único que surgió de él por toda respuesta y mi culo se puso en marcha tras Amalia en dirección a aquel baño de avión con más dudas y misterios que otra cosa en mi mente al intentar imaginar lo que esa mujer de extrema sensualidad tenía que enseñarme en el baño de un avión.

Entré primero, ella después cerrando la puerta tras de sí.

La estancia era pequeña. Nuestros cuerpos estaban muy cerca y eso fue algo que no me molestó en absoluto.

Amalia, sin borrar ese gesto de sensualidad en su rostro, incrustó una de sus manos en el escote de su camisa y extrajo una bolsita pequeña.

En ese momento supe que era cocaína, sí, y, a juzgar por el gran capital que debía poseer esa mujer, debía tener una pureza del cien por cien al menos.

—¿Eso es lo que querías enseñarme?

Mi cara de asco no pudo hacer otra cosa que asomar descaradamente.

—Sí. Veo que no te gusta, ¿eh?

Extrajo una pequeña cantidad con la uña que esnifó con gran soltura y experiencia, estaba claro que era una auténtica experta en la materia.

—No, no me gusta nada. Lo has adivinado.

Mi cara de asco contrastaba con mi excitación por el contoneo al que Amalia me tenía sometido con sus piernas gracias al poco espacio que habitaba entre ambos en aquel baño aéreo.

—Quizá te gusta más esto —dijo, y con un gesto más vulgar que femenino empujó mi cabeza contra su escote .

Noté la dureza de sus senos de cirugía, pero me gustó tanto que accedí a aquel encuentro sexual en el baño del avión. Era una situación demasiado morbosa como para dejarla escapar. Estaba claro que Amalia había venido con una clara intención de conseguirme, y lo estaba haciendo.

Disfruté mucho de aquel encuentro forzoso en el baño del avión, más de lo que he podido disfrutar de ningún encuentro sexual con una desconocida en toda mi vida.

Amalia era una delicia sexual. Los dos días que estuvimos en Copenhague se encargó de hacerme sentir como un verdadero rey.

Y yo, encantado de la vida. Dinero, viajes, sexo con mujeres exuberantes y un jefe que me adoraba.

La vida que cualquiera pudiera desear me había tocado a mí.

Y muy bueno estaba siendo todo hasta que al bajar del avión la volví a ver.

Llevaba un vestido negro de media caña con volantes discretos, un echarpe blanco traslúcido, unos tacones negros y un peinado recogido que le daba un aspecto tan distinguido y elegante que era imposible no mirarla y quedar embobado con su belleza y feminidad absolutas.

Allí estaba, caminando hacia el dispensador de maletas, delicada, cansada y sin dejar de sonreír nunca, acompañada por dos chicas más que, a su lado, parecían unos monstruos o algo parecido, y eso que esas dos chicas de feas tenían lo mismo que yo de calamar gigante.

Quise acercarme a ella aprovechando la espera hasta que aparecieran las maletas, pero, como por una extraña conspiración del destino, la mía salió la primera, seguida de la de Amalia.

Por suerte la de Ramón tardaba algo más que las nuestras y pensé que podía aprovechar para hablarle algo a Catrine, pero, otra vez, como si esa conspiración imaginaria fuese una realidad, las tres maletas de las chicas danesas salieron tan juntas y seguidas que no me dio tiempo a acercarme a decir un simple «hola».

Catrine y sus dos amigas se alejaron ante mis ojos tristes pero entusiasmados por la nueva aventura danesa que se me había otorgado.