11. La señorita Mavi y su estúpida ley
Eran las siete de la tarde y mi querido canario parecía saber que pronto debíamos viajar a Copenhague por negocios.
Un nuevo inversor había adquirido unas concesiones de terreno y había que trabajar in situ.
En concreto, un residencial ubicado a las afueras de Copenhague.
Tenía que partir el día seis de diciembre para quedarme allí al menos dos meses en principio, con posibilidad de prorrogar hasta tres años.
Miraba a mi canario, hablándole mentalmente, diciéndole que pronto deberíamos salir de España para ir a Dinamarca.
Por supuesto, Cana, mi canario, no podía entenderme, aunque yo pensara que sí.
Recuerdo que la señorita Mavi tenía que acudir a limpiar mi casa aquella misma mañana cuando yo ya sabía que pronto debía abandonarla.
Y lo recuerdo precisamente por ello, porque ella siempre decía que uno no era bastante hombre hasta que salía de su casa a otro país por más de un año seguido.
Yo siempre le decía que era una estúpida ley, que yo siempre me había sentido hombre, aunque no hubiese salido de Valencia más que para ir de vacaciones a algún lugar no demasiado lejano.
Esta era la primera vez que debía salir de España por más tiempo de una o dos semanas seguidas, y es que mi reciente trabajo de arquitecto me obligaba a ello.
Era el trabajo de mis sueños, y una buena oportunidad para conocer mundo más allá de las típicas vacaciones con amigos.
Mavi tenía un concepto bastante diferente de todas las cosas.
Ella era boliviana y tuvo que salir de su país muy joven para buscarse un porvenir en otros países.
Pasó por Estados Unidos, Inglaterra y, por último, España, en concreto Valencia, mi ciudad.
Era una chica bastante alegre pese a su dilatada experiencia negativa en la vida.
Yo, por el contrario, era un chaval que apenas sabía del mundo exterior más que por las cosas que escuchaba por la radio y veía por televisión.
Un chaval que vivía en su mundo como cualquier otro, acostumbrado a lo suyo y a los suyos sin querer complicarse la vida mucho más de lo que debía complicarse.
Me asustaba un poco la idea de tener que salir de España por tanto tiempo seguido, dejando familiares y amigos atrás, alejados.
Veía una magnífica oportunidad de conocer culturas nuevas y países lejanos.
Me gustaba la idea, aunque el típico miedo se había instalado en mí, cosa que no dejé que tomara un protagonismo excesivo; al contrario, comencé a leer acerca de Dinamarca y en concreto de Copenhague; esa ciudad en la que nació el cuento de una sirena que se enamoró de un príncipe y renunció a su voz para intentar conseguir su amor y un alma inmortal.
Todo lo que iba descubriendo me iba gustando.
Me gustaba la ubicación de la ciudad, el clima, sus costumbres, su gastronomía, su estructura, sus canales interiores, sus puertos, bahías, playas, restaurantes, discotecas y demás lugares de allí.
Me enamoré de Copenhague antes de visitarla por primera vez.
Y también me enamoré de Catrine en aquel primer avión que cogí junto con mi jefe para ir un par de días a reconocer el terreno. Pero de eso hablaré más tarde.
Al final, la estúpida ley de Mavi era cierta, y no me llegué a sentir hombre nunca como cuando estuve viviendo un año entero lejos de mi ciudad.
Fueron muchas las sensaciones que experimenté desde que puse por primera vez el pie en aquellas tierras hasta que volví, no hace mucho.
Hoy en día me siento casi más danés que español, aunque eso es fácilmente cuestionable si hablas con mi santa madre.
Ella siempre te hará saber que mis raíces valencianas son las que son y que por mucho que viajes o dejes de viajar, la terreta es la terreta , aquí y en Lima.
Cana aquella tarde parecía inquieto y eso era porque unos nubarrones de tormenta se acercaban por el horizonte del interior con una vasta cortina negra de lluvia plomiza que al final se instaló durante más de tres días sobre nuestra tierra.
Tres días en que estuve planificando el primer vuelo con mi jefe, Ramón Valls, uno de los constructores más reconocidos de Valencia.
Ese vuelo llegaría el lunes siguiente, y era viernes.
Pasé el fin de semana reunido con Ramón, viendo tipos de suelo, distancias y acotaciones de terreno, dejando todo claro para nuestra primera visita a Copenhague.
Así que el fin de semana lluvioso de aquel diciembre fue una mezcla de sensaciones extrañas que me decían que mi puesto como arquitecto jefe era uno de los más reconocidos por Ramón.
Me sentía su mano derecha, me hacía pensar que mi amplio sueldo no era casualidad, que mi trabajo era fundamental e imprescindible.
Aunque yo no estaba confiado, todo el mundo sabe que hoy eres imprescindible y mañana eres un cero a la izquierda, rechazado por la inmensa sociedad. Nunca hay que bajar la guardia.
Ramón era el típico empresario de traje caro y canas prematuras, rodeado de lujo por doquier y con demasiada gente detrás riéndole las gracias con descaro.
Él no parecía darse cuenta de ello. Yo podía sentir que muchas de esas personas que ansiaban estar cerca de él por conveniencia me envidiaban sobremanera desde que empezase a trabajar con él.
Y es que Ramón Valls me idolatraba, y yo no entendía bien por qué.
Yo sabía que mi trabajo como arquitecto siempre había sido bueno o excelente si se quiere llamar así, pero de ahí a que nada más comenzar a trabajar ya te sitúen en cada actividad extraprofesional por invitación del propio jefe, eso siempre resulta, cuanto menos extraño.
Y allí me plantaba yo, aprendiendo a jugar al tenis, al golf, a comenzar a apostar en carreras de caballos, a comer en restaurantes caros y beber cava con precios abusivos.
Y todo por un trabajo, he de decir que Ramón me había caído muy bien desde el primer momento en que le conocí.
Yo no soy la típica persona que suele hacer la pelota, yo me suelo guiar por sensaciones e instintos.
En fin, que estaba encantado con mi trabajo, con mi jefe y con mi nueva oportunidad de descubrir mundo gracias a él.
Llegó el ansiado y esperado lunes cuando las calles mojadas y la espesa humedad se refregaban con el coche de empresa que nos llevaba al aeropuerto de Manises.
A Ramón se le notaba bastante emocionado con el nuevo proyecto, pero más aún con la experiencia de estar viviendo en Dinamarca una temporada.
Él, siempre que podía, trataba de escapar de su casa, de su mujer y sus hijos.
Los quería mucho, pero también se quería a él mismo y necesitaba de esos viajes con amigos y socios de vez en cuando.
—Te encantará Copenhague, Lucas, ya verás —me decía.
Se podía intuir su felicidad al contarme que él ya conocía la ciudad y poder ser en parte mi guía personal.
—No lo dudo, Ramón. Ya tengo ganas de pisar esas tierras y verlo en primera persona. He estado investigando cosas, me gusta esa ciudad. Me gusta mucho, sí. Espero que sea como dicen que es.
—Lo es, amigo, lo es. Mira, ahí está nuestra acompañante de viaje, la señorita Amalia Serrano. Seguro que te llevas muy bien con ella.
Tras la ventana húmeda del coche pude ver a una despampanante joven de entre veintiocho y treinta años, vestida con una falda negra de ejecutiva, camisa blanca y una americana gris, con un pelo liso que se apoyaba sobre los dos bultos que apretaban esa americana a la altura de su pecho.
Sus ojos verdes no dejaron de impresionarme cuando Ramón me la presentó una vez estuvimos ya en la acera de la entrada del aeropuerto.
—Hola, Amalia —dije, juntando mis mejillas con las suyas a modo de saludo .
—Lucas, ¿no?
—Sí.
—Vaya, eres tal como te había descrito Cristina. Me alegro de conocerte. Encantada.
Cristina era la mujer de Ramón. Al parecer se llevaba bastante bien con Amalia Serrano, socia capitalista de la empresa de Ramón.
Ella era quién insuflaba capital en caso de ser necesario para obras que iban más allá del presupuesto de Ramón.
Era una asociación perfecta. Hasta el momento yo jamás había oído hablar de esa tal Amalia Serrano, y ella de mí sí, cosa que no me sorprendió mucho sabiendo el incomprensible aprecio que me tenían tanto Cristina como Ramón.
—Yo También me alegro, Amalia. Espero que te hayan hablado bien de mí.
—Más que bien. No te preocupes.
—Siempre tan modesto este Lucas —dijo Ramón después de recoger los billetes en la puerta de embarque.
Me ruboricé un poco y sentí que mi presencia era algo nuevo a lo que Amalia no estaba acostumbrada.
Lo intuí en su mirada y sus gestos hacia Ramón, demasiado corteses.
En aquel momento yo no sabía qué papel desempeñaba Amalia en nuestro viaje, más tarde lo descubriría de su propia boca.
Supe que Ramón me ocultaba lo que quería.
Me sentí títere de cuerdas cortas, pero no le di importancia, estaba feliz con mi trabajo y mi jefe.
Y ahora, con Amalia, el viaje prometía mucho más que un par de días hablando de negocios.
Una vez en el avión nos sentamos en primera clase, como iba siendo habitual en los viajes de Ramón.
Fue cuando me levanté, buscando el baño, cuando, sin querer, me colé en clase turista y topé con Catrine Clausen.
Nos dimos un buen golpe de frente, tan repentino que rozamos nuestros labios y nuestras frentes en un gesto torpe que hizo asomar la risa de los dos sin sentido y sin contención alguna.
Reímos y reímos durante segundos mientras nos mirábamos de frente.
Me dijo algo en un idioma que no pude entender muy bien.
Pensé que era danés. Al contestarle se dio cuenta que no hablaba su idioma y me habló en un español con un acento un tanto extraño pero muy gracioso.