10. Vincent Aromant #3
Mentí en lo de sentirlo, no sentía nada, ni una compasión, ni una pena, lo anterior fue un espejismo fugaz que desenmarañaba lo más profundo de mi ser, en cuanto detecté arte dramático en sus palabras, mi frialdad se alzó sobre todas las cosas.
Y su cara en ese momento mostraba síntomas claros de ridiculez.
Decidí no hacerle sufrir mucho más y quise despedirme de él con educación.
—No puedes ser tan dura siempre, Catrine.
Apagó su cigarrillo, esta vez con sorna y dejadez.
«Es un gusano» pensé, no sé por qué, pero lo pensé.
—Bien, Meyer, la próxima vez que quieras reunirte conmigo procura tener un buen motivo y que no sea para mezclar lo profesional con lo personal, porque entre tú y yo no hay nada personal, y nunca lo habrá, ¿entiendes? Hasta la vista, Bent Meyer.
Me alcé agarrando mi abrigo, dejando dos monedas en la mesa y saliendo con aire altivo. Tenía pensado ir a por otro hombre, me apetecía y pensaba que aquello estaba empezando a ser una afición demasiado peligrosa y arriesgada .
—Adiós, Catrine —se escuchó—. Y has de saber que supe que habías estado en la consulta de Madama Romina gracias a los billetes que encontramos con tus huellas.
Paré en seco al escuchar aquello, me giré y le dije:
—Bien, me alegra que, por fin, hayas dado en el clavo con alguna de tus investigaciones. ¡Bravo!
Di dos aplausos sarcásticos para después proseguir mi camino hacia la lujuria asesina de hombres anónimos del chat de una red social.
Y ese nuevo hombre convertido en víctima del amor respondía al nombre de Cuco, no sé si era su nombre de pila o simplemente un mote que le habían asignado a lo largo de su vida, pero ese nombre tenía algo de cómico como el hombre que lo portaba.
Llegaba a casa a las seis de la tarde después de haber estado dando vueltas con mi coche sin sentido y sin destino concreto.
Una vez allí la idea fue dormir, no sin antes acceder a la mencionada red social para ver a quién cazaba.
El tal Cuco me envió un mensaje cuando abrí la página y mi estado cambió a conectado. Algo así:
—Hola, muñeca. No sé si sabes que eres la señorita más hermosa que estos ojos han tenido la oportunidad de observar a lo largo de toda su vida. Pero claro, esto debe sonar a loco psicótico que no sabe hacer nada mejor que acosar a mujeres de extrema belleza, ¿no?
—Pues no. Hola, por cierto, y gracias. No todos los días se reciben halagos de ese estilo —contesté.
Tenía claro que Cuco sería mi próxima noche de sexo, o sería esa misma tarde, no lo tenía claro. Por un lado, el sueño me pateaba la mente sin remedio, por otro, mis ganas de recuperar el tiempo perdido en cuanto al sexo crecían a medida que Cuco escribía a través de su ordenador.
—Vaya, y siendo tan guapa, además mentirosa. Me encantas —dijo.
Me extrañé. Aunque se notaba un matiz gracioso y guasón en sus palabras.
—¿Mentirosa? ¿Por qué?
Decidí seguirle el juego bromista.
—Porque yo para nada soy una persona atractiva para que tú contestes a mis mensajes, y encima con tanta educación, naturalidad y simpatía. Entonces he llegado a la conclusión de que eres una mentirosa compulsiva. ¿O no? No puede ser otra cosa.
Me sacó una sonrisa rápida y eso me hizo querer saber más.
—Y si no eres atractivo, ¿qué eres?
—El monstruo del lago Ness. ¿Acaso no has visto mis fotos?
Claro que las había visto, y estaba claro que Cuco sabía perfectamente que era un tipo bastante atractivo.
—No las he visto porque yo, resulta que soy ciega.
—¿Cómo? ¿Ciega? ¿Qué dices?
—No, tonto. Estaba siguiéndote el juego. Pensaba que eras más cómico de lo que eres.
—Ah, vale. No, no soy nada cómico. Solo me gusta irme de vez en cuando a correr con avestruces en el campo y comportarme como ellas, es un vicio que tengo desde bien joven. Hay una que me llama por mi nombre y todo. Le he enseñado yo .
Reí profusamente, no podía evitarlo. El sueño pareció pasar a segundo plano.
—Lo siento, pero al ser ciega no podré ver tus hazañas.
—Pues sí, porque, al ser el monstruo del lago Ness, puedo hacer que recuperes tu visión, es más, puedo hacer que hasta vengas a correr con los avestruces si quieres. Hasta puedo hacer que mueras de la risa en más de una ocasión.
Sentí miedo, escalofríos y vergüenza de en qué me estaba convirtiendo.
Ya estaba hablando demasiado con aquel Cuco y estaba empezando a gustarme, así que decidí que mi frialdad aflorase para evitar sufrir con su muerte.
Y es que yo podría morir de risa con él, pero él podía morir de amor, y eso era un hecho tan acongojante que me dejaba helada, pero no estaba dispuesta a perder más momentos de sexo, me gustaba demasiado.
—¿Qué haces ahora mismo? —le pregunté, sin vacilar.
—A ver, nena, sé que soy irresistible, pero ¿no crees que vas un poco rápido? —dijo, y eso demostró que sí, que era un tipo bastante atractivo y que sabía manejar los momentos con buena mano.
—Tal vez preguntes menos cuando sepas que estoy en casa, desnuda, esperándote…
—Un momento, un momento. Esto debe ser una broma, ¿no? ¿Qué chica en su sano juicio dice y hace lo que estás haciendo tú? O eso, o es que no eres la de la foto y cambias bastante al natural, ¿no?
Volvió a demostrar que era un hombre experimentado.
—Está bien. Como quieras, dime tu dirección y voy yo a verte a ti. No es ninguna broma, aunque lo parezca. Sé que puede parecer extraño que una chica actúe así, pero tengo mis motivos, créeme .
—De acuerdo, si es verdad lo que dices, será una anécdota para recordar.
Pensé que no llegaría a recordarlo nunca porque estaba a punto de terminar su vida. Y yo me sentía ya como una verdadera asesina del amor, despiadada y fría como pocas, o como ninguna, porque dudo que haya alguien con esta misma condición sobre la faz de la Tierra.
Me pasó su dirección. Resultaba que vivía solo, y solo a unas calles de mí. Me puse el abrigo de nuevo y fui hacia allí.
Llegué cuando la oscuridad ya era algo a lo que los ojos de los miles de habitantes de Copenhague ya se habían habituado.
Su piso era un ático en un edificio emblemático del barrio.
Jamás hubiese imaginado que un hombre como él, de unos veintinueve años, podría vivir ahí, solo, sin nadie, sin una mujer a quien atender y sin unos hijos que poder disfrutar.
Era extraño que, con tanto dinero como hacía falta para vivir donde vivía Cuco, no hubiese encontrado una mujer para compartir su día a día.
Era muy extraño, sí. Pero me daba igual, Cuco era otra marioneta desgastada sin vida a la que iba a succionar el alma de la forma más dulce que puede existir.
Y así, con cuatro prendas de ropa mal colocadas y una piel que olía a sexo por los cuatro costados, salí de aquella casa lujosa una hora más tarde para dirigirme a casa y dormir al fin, sabiendo que Cuco era un hombre muerto.
Pude saberlo a ciencia cierta cuando recibí la siguiente llamada de Bent, ya entrada la madrugada, cuando mi sueño era tan profundo que hicieron falta más de tres intentos de llamada para que me diese cuenta de que el teléfono estaba sonando, estridente, como sirenas de un camión de bomberos que pasa por tu lado, como truenos amenazantes que te enseñan la cara más agresiva de la naturaleza, pero, en aquel caso, al descolgar el teléfono, solo se escuchó la voz de Bent Meyer acusándome de un nuevo crimen indirecto.
Y esta vez Meyer parecía enfurecido, como si hubiese descubierto que su mujer le era infiel por medio de terceras personas.
Era como si Bent Meyer fuese otra persona y no esa con la que había estado reunida por la tarde.
No supe muy bien los motivos, solo supe que quería verme a la mañana siguiente.
Acepté rápidamente, quería ponerle los puntos sobre las íes a ese detective bastardo, ya estaba empezando a tocarme las narices.
Me dormí y soñé, soñé mucho y nítido. Sueños con mentiras y violencia de género, con noches de lujuria y pasiones de fundamental belleza, con hombres propensos al suicidio y con amores perdidos.
Soñé bonito y sucio, raro y familiar, soñé incluso con cometas frenéticos que rondaban mi cabeza, montados por seres extraños que me saludaban con la mano alzada, como felices de verme y que la gente muriese por mi culpa.
Todo ello fue algo muy extraño que me azotó al despertar.