10. Vincent Aromant #2
Aun así, salté de la cama como un muelle y me dispuse a asearme.
Tenía que ir al bufete de abogados a recoger unas solicitudes de un tal Rango Malone, unos trámites sin demasiada importancia que tenía que hacer en plena crisis de Jansen mi vida.
Al llegar al café Destino allí estaba él, con sus pintas de Humphrey Bogart, sentado, mirando el periódico semanal, con un café solo y un cenicero que hacía pensar que había cogido mesa en la zona para fumadores.
Aunque no sé si allí todo el local estaba aclimatado para fumadores, ya que la mayoría de policías que he tenido la oportunidad de conocer en mi vida siempre ha dado la casualidad de que han sido fumadores empedernidos.
Y eso es algo que una no puede llegar a explicarse nunca, ¿en los libros que se estudian para ser policía hay algún apartado o tema que explica cuál es la mejor forma de fumar un buen cigarrillo?
Parece que lo tienen como norma, y eso hace reflexionar también, si cabe, que todos los grupos de personas tienen algo más en común que un simple puesto de trabajo.
¿Y yo en qué grupo social me encontraría siendo fumadora social?
No lo sé, me encuentro divagando entre temas que nada tienen que ver con la historia de mi nefasta vida que trato de explicar en estas líneas, a veces escuetas, a veces llenas de tramas, tan complejas e inexplicables que hasta me cuesta llegar a plasmarlo en palabras.
En fin, que Bent Meyer, al verme aparecer asomó una sonrisa que más tenía que ver con verme en persona que con llegar a resolver el misterio de todas las muertes que pululaban a mi alrededor.
No me gustaba esa sonrisa que insinuaba algo más que nuestra relación de forzada profesionalidad.
Así que me encargué de borrársela lo antes posible.
Después de saludarle cortésmente y tomar asiento le dije algo así:
—De sobra sé que te mueres por mis huesos, Bent Meyer, pero, por favor, no te tomes este encuentro como una cita extraprofesional porque no lo es y nunca lo será —o algo similar, no lo recuerdo con exactitud.
A lo que respondió:
—No, Señorita Catrine. Solo sonreía por cortesía.
Mintió de una manera tan evidente que me dio hasta vergüenza hacerle saber que se lo había notado.
Me quité el abrigo y entonces caí en la cuenta de que iba vestida demasiado provocativa para verme con él.
Llevaba una blusa semitransparente que dejaba insinuar mis pechos bajo el sostén.
Pero ya era demasiado tarde para echarme atrás en lo de quitar el abrigo, así que me lo quité y traté de evitar que su mirada se fuese a mis pechos, traté de hacerlo inclinándome sobre la mesa, colocando mis brazos por delante de mi pecho.
Aun así, su atracción hacia mí ha sido tan prominente siempre que no pudo dejar de llevar los ojos hacia ese lugar.
Eso sí, con disimulo, claro. Pero era malo hasta para eso, no entendía cómo un hombre así podía estar trabajando de detective para el estado.
Era demasiado torpe y de gesto muy predictivo.
Bajo mi punto de vista no valía para aquello; tenía más el perfil de estar en un supermercado, colocando productos en sus respectivos estantes, y no es que piense que ese trabajo sea indigno; es que hay personas con ciertos perfiles que sirven para unas cosas u otras, nada más.
Y Bent Meyer era más ese tipo de persona que un detective de casta.
Bueno, la conversación fue más extensa de lo que me hubiese gustado, y eso que no llegué a tomar el café con leche que me puso la camarera que masticaba chicle como si estuviese teniendo un orgasmo continuado.
—Vale, Meyer. Vamos al grano, quiero terminar cuanto antes con esto —le dije, con aire desganado.
Él se puso serio, se reclinó sobre la mesa y dijo:
—Bien, Catrine. Quiero que me digas a qué hora estuviste viendo a Madama Romina.
—Sí, serían cerca de las diez de ayer, creo recordar.
Di un sorbo al café, que humeaba, y sí, era delicioso, justo como la fama del local anunciaba. Estos policías serán todo lo que quieras, pero de veras, tienen buen gusto a veces.
—O sea, que ese es el médico al que tenías que acudir cuando te dije de reunirnos, ¿verdad?
—Sí.
—¿Y por qué mentiste? Dijiste que era un médico, no una médium.
—¿Y cómo te iba a decir que iba a una pitonisa? Es más, ¿por qué tenía que decírtelo? No es asunto tuyo lo que haga o deje de hacer .
Se recostó sobre el asiento y sacó su paquete de cigarrillos, dándole unos golpecitos a modo chulesco. Extrajo dos, me ofreció uno al que accedí sin demasiado interés.
Alargó su mano con el mechero accionado, encendí mi pitillo. Luego encendió el suyo. Apagó el encendedor con otro gesto peliculero y, después de calar hondo y nublar su rostro de humo me dijo:
—Catrine… Catrine… Catrine… —las pausas eran extrañas entre cada pronunciación de mi nombre, me estaba molestando—.
A ver cuándo te vas a dar cuenta de que soy la autoridad y que tienes que darme toda la información que sea necesaria para que trate de resolver tu caso.
Resumiendo, todo lo que hagas y dejes de hacer es asunto mío mientras mi superior mantenga la orden de investigarte a fondo, ¿entiendes?
—Sí, por supuesto que lo entiendo, tonta no soy. Pero, a ver si entiendes tú, agente Meyer, que mi vida es mía por mucho que tu maldito jefe te ordene que me investigues. ¿Entiendes tú eso?
Quedó con cara de tonto mientras fumar del cigarrillo era su única salida a mis palabras.
—¿Por qué? —preguntó con gesto entristecido.
Me ablandé un poco. Puedo parecer muy dura a veces, pero, en realidad no me considero mala persona, y cuando veo a alguien que está triste, no puedo evitar sentir algo de pena también.
Y Bent, por muy peliculero, ridículo y desastroso que me pareciera no iba a ser menos.
Aunque decidí en ese momento que no se me notara.
—¿Por qué, qué? —contesté, fumando de mi cigarro.
—¿Por qué siempre me tratas así de mal? ¿Por qué te muestras así de fría y distante? ¿Qué te he hecho ?
Su gesto se torcía a algo más penoso. Supe que estaba actuando y mi compasión frenó en seco.
—No he decidido tenerte en mi vida. Has venido por circunstancias que escapan a mi entendimiento y no puedo hacer nada para remediarlo.
No te he elegido yo, estás aquí porque pasan cosas raras a mi alrededor, no porque yo quiera conocerte de un modo especial.
Lo siento, Bent Meyer, pero es así. Muchas veces la realidad no es como nos gustaría que fuese y tenemos que conformarnos con lo que nos ha tocado vivir. Lo siento, de veras.