10. Vincent Aromant
Después de reunirme con Bent Meyer y despacharle como siempre, la tarde de tiendas pasó amena y agradable, salpicada por imágenes de Madama Romina agonizando.
Aunque no sabíamos si había muerto o lo que le había pasado en realidad.
Lovise no había podido reponerse del todo ni aun comprando el bolso que llevaba meses queriendo obtener, ni siquiera pensar en Jonas con el regalo que le iba a hacer le sacaba de la preocupación máxima que tenía al pensar en la pobre Madama.
Y es que Lovise es la preocupación personificada.
Es la típica mujer que de tan buena persona se pasa, que siempre anda disgustada por las desgracias ajenas y que no puede vivir sabiendo que alguien está sufriendo.
Así es Lovise, y por ello y muchas cosas más la adoro desde el primer momento en que la vi, siendo unas albóndigas andantes y casi parlantes, con casi un año.
No es que recuerde ese momento, pero nuestras madres lo han revivido tantas veces que parece haber pasado a ser un recuerdo propio.
Después de darnos un homenaje en forma de cena en un restaurante italiano del centro de Copenhague, nos despedimos y nos fuimos cada una a su casa.
Y allí, en mi casa, me esperaba Pipo con sus maullidos incesantes al verme llegar.
Aun así, la soledad a veces me invadía y me enseñaba la cara más amarga de tener independencia, y es que para hablar con mamá no bastaba con desplazarse unos veinte pasos por un corto pasillo; ahora me tenía que conformar con telefonearle y escuchar su voz.
Aunque siempre tuve la suerte de tenerla tan cerca que no he llegado a echarla de menos nunca.
Siempre está ahí cuando la necesito, siempre ha sido así.
Y me siento muy agradecida por los padres que me ha tocado tener.
Y es que siempre lo he dicho: puedes elegir las amistades, puedes escoger los amores, puedes seleccionar incluso las mascotas, pero nunca podrás elegir la familia.
Esta viene por defecto en un paquete inalterable que debe aceptarse con sus virtudes y defectos. Es tu familia y siempre lo será.
Había descubierto las redes sociales. Eran mi vía de escape, mi forma de elegir a hombres sin conocerlos y sin sentirme mal porque se suicidasen después de saciar mis ganas de sexo.
Era el mejor modo de aligerar el peso de mi maldición.
Así que esa misma noche contacté con Vincent Aromant, un italiano que estaba de vacaciones en Copenhague e intentaba conocer gente para salir a través de las mismas redes sociales.
Lo había conocido la noche anterior, pero había decidido verme con Ralph en vez de con él porque Ralph tenía un físico portentoso.
Vincent, en cambio, parecía un tipo más formal, con una vida sana, deportista y de cultura refinada; su ropa hablaba por él.
En todas sus fotos vestía prendas caras y de muy buen gusto.
Parecía el típico pijo que te llama más la atención por sus pintas que por su físico en sí.
Aun así, el chico era bastante guapo y no dudé en elegirlo para salir a tomar algo al Halvandet esa misma noche.
Media hora más tarde un taxi ya me recogía en casa.
En él iba Vincent con esa voz tan dulce e inocente y esos labios carnosos y sensibles, unos pómulos de color rojo y una mirada aguileña que le daba carácter gentil y pícaro.
Su imagen en persona era mucho mejor que en las fotos y eso me alegró bastante porque no sabía qué me podía encontrar hasta que le vi.
Su ropa seguía siendo cara y bonita, como en sus fotos.
—Hola, Vincent.
—Hola, Catrine.
Los dos sonreímos haciendo saber que estábamos gratamente sorprendidos con nuestras respectivas apariencias. Mi vestido negro era demasiado sensual para que le pasase desapercibido. La escena casi rozaba lo absurdo por las sonrisas tontas que teníamos ambos .
—Al Halvandet Café, por favor —le dije al conductor—. ¿Es Chanel eso que huele?
Me acerqué a su cuello, comprobando su aroma infernal.
—En efecto.
Tendió su mano para besar la mía con un gesto gentil y educado.
Aquello me gustó mucho y no pude contener las ganas de estar con él.
Lástima pensar que en cuanto tocásemos cama mutuamente, haciendo actos sexuales, terminaría por quitarse la vida.
A esas alturas era un hecho tan evidente que me parecía mejor no pensarlo y dejarme llevar para disfrutar del momento, de otro modo no podría llegar a pasarlo bien, atormentándome sobre su negro e inmediato futuro.
Llegamos al Halvandet y allí las risas y las copas se fueron sucediendo.
Vincent resultó ser demasiado agradable como para pensar en dejarle morir tan pronto, pero me daba realmente igual si ese hombre moría o no.
Yo solo quería recuperar todo ese tiempo perdido durante tantos años sin tener sexo.
Y es que, a mis veinticuatro años, solo me había acostado con siete hombres hasta el momento.
Hasta el paleto de Bent Meyer pensaba que eso era bastante triste.
Aquello estaba empezando a pesar en mi interior, así que Vincent no sería más que otro hombre anónimo utilizado con fines egoístas y poco morales por mi parte.
Pero ¿qué podía hacer? ¿Resignarme a pasar una vida sin sexo?
Ningún ser humano en su sano juicio puede hacer eso, ni siquiera los curas y monjas; hacen voto de castidad, pero todo el mundo sabe que en sus ratos libres y «secretos» mantienen relaciones sexuales cuando pueden.
Yo no pensaba convertirme en la mujer que menos veces había hecho el amor del mundo.
Yo quería ser normal en esa faceta, y si para ello tenían que morir varios hombres, lo iba a ser.
Así que a eso de las doce de la noche ya había decidido que me acostaría con Vincent rato después, en mi casa o en su hotel, eso ya se vería.
Con un mareo de alcohol más que evidente, nos levantamos y nos fuimos de allí.
En el Halvandet ya se había dejado notar la atracción entre ambos, así que en el taxi tuvimos que contenernos para no montárnoslo allí mismo, a ojos del taxista.
Pero hubo algo que me llegó a preocupar un poco cuando salimos del Halvandet, me pareció ver a Bent apoyado en una esquina, juraría que era él, aunque siempre lo desmintió. En fin, cosas del lunático de Meyer.
Como iba diciendo, en el taxi, la locura se desató.
Vincent alargaba sus manos sobre mi cuerpo como si fuese un pulpo de cien tentáculos y yo me contoneaba, dejándome querer.
Me gustaba esa situación en aquel taxi, viendo cómo el conductor, de vez en cuando, ponía sus ojos en la parte de atrás para ver qué podía captar.
Seguro que era el típico salido de turno que luego se masturba pensando en esas cosas, vete a saber.
Decidimos ir a mi casa porque a Vincent no le pareció buena idea ir a su hotel, nunca supe por qué.
El caso es que terminamos en mi casa, con Pipo maullando sin cesar, con colores cálidos de las luces de mi salón y con copas de vino tinto rompiendo nuestras gargantas a cada rato.
Poco tiempo duramos así porque en menos de dos copas ya estábamos a la faena, en el sofá.
Y así duramos un rato más hasta que terminó la pasión.
Comenzaron las ganas de dormir y Vincent desapareció por la puerta a su suerte.
En aquel momento deseé que no muriera y poder repetir la hazaña, pero sabía que ese rezo era inútil, así que decidí rezar para que su inminente muerte no fuese dolorosa, se lo merecía, me había tratado muy bien.
Todavía no había rezado apenas cuando escuché un disparo en la calle.
No podía ser, ¿Vincent llevaba un arma? ¿Por qué iba a llevarla?
En cualquier caso, quise asegurarme de que ese disparo tenía algo que ver con él.
Salí al balcón y sí, su cuerpo yacía en el suelo, con su ropa cara y un charco de sangre que comenzaba a crecer debajo de él.
Entonces una ráfaga de aire me trajo su aroma a perfume caro.
Me dieron ganas de llorar irremediablemente y entré en la casa con rapidez.
Me serené después de pensar que estaba llorando por una causa perdida y que tenía que aceptar mi condición tal como era.
Agarré el teléfono y llamé a Bent para contarle lo sucedido y así evitar que me citase en su sala de interrogatorios para resolver nada en absoluto.
Al contestarme al teléfono parecía algo asustado, como si le hubiese despertado o algo así.
Pero, como siempre, enseguida quiso acudir al lugar del suceso tan pronto como sus piernas le dejaban.
Después de cortar la llamada quise intentar dormir, pero el alboroto de las sirenas en la calle y las voces de los vecinos curiosos no me dejaron conciliar un sueño que deseaba que llegase con la misma pasión de quien espera a un familiar que viene de un conflicto bélico peligroso.
La mañana llegó con más fracaso que virtud cuando no llevaba ni una hora durmiendo.
Mi cansancio era evidente y un nuevo día asomaba con la franqueza que insinúa que estás actuando mal, pero con un matiz de calma en tus recuerdos, algo inexplicable para alguien como yo, que siempre se ha movido por impulsos.