9. Obsesión lejana #3
A la mañana siguiente una llamada del detective jefe, Dan Mathieu, me sacó de la cama con la noticia de una mujer hallada muerta.
Era una pitonisa cuyo nombre profesional respondía al de Madama Romina.
Y no es que fuese extraño que una mujer de su edad y talante muriese de un infarto, es que, en su lista de espera, se encontraba el nombre de Catrine Clausen en las últimas citas, y los billetes hallados encima de la mesa invitaban a pensar que la última dueña de ellos había sido Catrine, tal como indicaba la prueba de huellas dactilares aplicada al dinero.
Dan Mathieu me dijo que quería que estudiase a esa chica más en profundidad, a lo cual respondí con una exclamación de entusiasmo más que notable al saber que estaba autorizado a seguirla más de cerca.
Solo que esa tarea no iba a ser fácil de llevar a cabo dada la poca disposición de Catrine a colaborar conmigo.
La llamé por teléfono cuando terminé de hablar con Dan .
—¿Qué quieres ahora? ¿No te dije anoche todo lo que necesitabas saber? —respondió Catrine con desgana, con voz de recién despertar.
—Sí y no.
Me sentí hábil al responder aquello.
—¡Déjate de juegos y ve al grano! No tengo toda la mañana.
—Lo de Vincent me quedó claro…
—Entonces, ¡¿qué quieres?! —interrumpió con voz seca y cortante.
—Madama Romina, ¿te suena?
Un silencio se instaló de tal modo que se podía escuchar la respiración agitada de Catrine al otro lado de la línea. Yo en ese momento fantaseaba con ser ese teléfono, cercano a sus labios y notando el calor de su aliento, me moría de ganas de verla y sentirla cerca.
—Sí, sé quién es. Tampoco tengo nada que ver.
—Parece que sabes que algo pasó… Yo no te he dicho de qué se trata. Cuéntame qué sabes de ella. O mejor, vístete, tenemos que vernos.
Dije aquello con la intención de volverla a ver.
Era necesario para mí, no quería pasar más tiempo sin tenerla cerca.
Esos meses en que estuve con Clara, alejado de ella, habían servido para que el reencuentro fuese mucho más intenso para mí.
Catrine estaba tomando posesión completa de mi ser; apenas me dejaba pensar con claridad.
Todo giraba en torno a ella. Me sentía presa de un cazador furtivo con sed de caza indiscriminada.
Estaría muerto si llegaba a tener algún tipo de relación sexual con ella.
¿O no? Eso no lo sabía; solo sabía que todos esos pobres chicos habían caído en un suicidio inexplicable; pero ese no tenía por qué ser yo.
No podía dejar de intentar ser el próximo, sin mucho éxito, la verdad.
—¡¡No fastidies, Meyer!! No pienso ir a tu apestosa sala de interrogatorios, huele a mierda.
—No es necesario que vayamos allí, podemos reunirnos en otro sitio si estás más cómoda.
Pero, Catrine, debo verte. Mi jefe me ha pedido expresamente que ahonde en tu caso, y la muerte de Madama nos ha desconcertado tanto que no puedo fallar.
Mi futuro en el cuerpo depende de ello. Por favor, te pido que colabores.
Mi voz era de súplica.
Mis peticiones iban más allá de lo puramente profesional.
Cierto era que quería resolver el caso, pero también era cierto que mis ganas de verla no dejaban que me comportase con normalidad.
Y eso fue un gran error por mi parte, si no, ¿por qué iba a estar aquí, sometiéndome a un interrogatorio con la policía de asuntos internos?
No sería de este modo si mis capacidades como detective hubiesen estado al cien por cien.
—Está aquí porque tiene que responder a todas las preguntas que le hagamos.
Es usted presunto culpable de un crimen.
Y no podrá marcharse hasta que nos diga todo cuanto sabe; ya sabe cómo funcionan estas cosas.
Y, señor Meyer, se está alargando demasiado en sus explicaciones. Trate de ser más escueto, por favor.
—¿Quieren que les cuente todo lo que pasó, sí o no? Pues déjenme que lo cuente a mi manera, todo tiene un porqué y un cómo… Así que…
»Catrine aceptó mi oferta de reunirme con ella fuera de la oficina, y déjenme decirles que aquello me sorprendió bastante. Ella siempre se mostraba esquiva, o como un rayo, fugaz ante mis ojos, con principio y final rápidos, fuera del alcance de cualquier mortal .
Llegué al local, un bar llamado Destino en plena calle Nansesgade, donde servían unos desayunos sublimes a base de rosquillas blandas y café bueno y barato.
Me senté, a la espera de la llegada de Catrine, que no tardaría en aparecer, cargada con un bolso negro y grande, un abrigo de color blanco atado a la cintura con un cinturón negro y una falda estrecha de color blanco también y, de nuevo, iba demasiado elegante para una cita con un detective que supuestamente odiaba.
Así que supuse que tenía otra peligrosa cita con otro hombre débil después de nuestro encuentro.
—Hola, Bent Meyer.
Se sentó dejando el bolso en un costado con suma delicadeza y gesto distinguido.
—Hola, Catrine. Un gusto verte, como siempre.
Mi sonrisa era inevitable, solo yo podía saber el motivo que me forzaba a mostrarla.
—De sobra sé que te mueres por mis huesos, agente, pero por favor, no te tomes este encuentro como una cita extraprofesional porque no lo es y nunca lo será.
Sus palabras fueron tajantes, demoledoras, tanto que mi sonrisa se convirtió enseguida en un tiritar de labios dubitativos e inseguros.
—No, señorita Catrine. Solo sonreía por cortesía.
Mi mentira era más evidente que el color blanco del abrigo que ahora mismo se estaba quitando de encima, descubriendo esta vez una blusa holgada y semitransparente que dejaba entrever sus ingentes y perfectos senos.
En ese momento sentí que el corazón me daba un vuelco. Sentí una fuerza imparable que me llevaba a querer correr sin descanso, a meterme en el mar y bracear hasta agonizar de cansancio. Y todo por un amor imposible y casi ficticio por aquella dama, que todavía me quita noches de sueño.