La maldición de Catrine 9. Obsesión lejana #2
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9. Obsesión lejana #2

Al fin, después de mucho padecer en aquel despacho pequeño con informes gigantes y un reloj al que parecían gastársele las pilas a cada rato, llegó Catrine a comisaría.

Yo me encontraba fumando en el exterior con la esperanza de ser el primer hombre al que ella viese nada más llegar.

Y así fue: la vi aparecer por la esquina cuando mi cigarro estaba en horas bajas.

Vestía un abrigo largo de color rojo y un gorro ligeramente ladeado de color negro que le daba un aspecto de mujer de intelecto avanzado.

Su tez blanca y suave se dejaba ver bajo aquel gorro y su melena negra bailaba a cada paso que daba a ambos lados de su cuello.

—Hola, Bent Meyer. Si no dejas esa mierda, te matarás —me dijo, mirando el cigarrillo, que en ese momento ya estaba casi por el filtro, apestando a goma quemada.

—Lo sé, gracias, pero es asunto mío.

Me mostré algo descortés y grosero, no sé por qué, pero eso no me beneficia cuando se trata de ella.

—No te hagas el arrogante conmigo, Bent. Los dos sabemos que no puedes. Y no me vengas con rollos extraños. Solo te he dicho que esa mierda mata. ¿Entramos?

—Perdona, Catrine. Tienes razón, debo plantearme dejarlo. Sí, entremos. Debo hacerte algunas preguntas, ya sabes…

—Espero que sea breve. Tengo cosas que hacer y empiezo a cansarme de estos estúpidos interrogatorios.

—¿Es necesario que seas tan irritante?

—¿Es necesaria tanta pregunta? Date por contestado, Bent Meyer.

Su cara adquirió matices de asco cuando pronunció mi nombre, y eso me pesó; me produjo un dolor de cabeza repentino, ganas de vomitar y hasta paranoia, y a día de hoy todavía no sé las causas, pero les juro que fue así.

Una vez en la sala de interrogatorios Catrine se quitó el abrigo despacio, descubriendo un vestido de color negro, ceñido al cuerpo. Eso me hizo pensar que tenía alguna cita con algún hombre después de nuestro encuentro .

—Vas demasiado sensual para un interrogatorio, ¿no, señorita Catrine?

Me senté con lentitud, con gesto despreocupado.

—¿Acaso opino yo sobre tus formas de vestir? No entiendo por qué tienes que salirte siempre de tu trabajo. ¿Esto no es un interrogatorio sobre la muerte de Ralph?

—Sí, es cierto, Catrine, disculpa. Pero es que es difícil concentrarse teniendo una belleza como tú delante.

—Cierto.

—Bien. ¿Puedes contarme de qué conocías a Ralph?

—Lo conocí anoche a través de una red social. Le invité a casa y nos acostamos.

—¿Y ya está?

—Sí, ya está. Decirte otra cosa sería mentir.

—¿Y por qué crees que se suicidó?

—No lo sé.

—Como todos los demás…

—Como todos los demás, sí…

—Ya van cinco.

—Seis, agente. Veo que tus facultades como detective siguen intactas.

—¿Te estás burlando de mí?

—¿Debería? O, mejor dicho, ¿podría? Porque sí.

Tus nefastas investigaciones sobre mi caso no te llevan a ninguna parte.

Esos hombres mueren después de hacer el amor conmigo.

No tengo ni idea de por qué, pero es así.

Es más, una maldición parece caer sobre mí cuando se trata de ese tema.

Y puede que no llegues a ser tú quien descubra todo el pastel.

Por eso pienso que estos interrogatorios son inútiles por completo.

Y tenía razón. Yo no podía saber las causas que llevaban a aquellos chicos a suicidarse, pero al menos tenía una excusa para reunirme con ella y sentirla cerca, poder ser yo, darme a conocer ante ella.

Demostrarle que podía ser el hombre de su vida y no morir en el intento, porque yo no pensaba suicidarme bajo ningún concepto.

No me daba miedo toda esa situación. Yo solo quería amarla y ser amado por ella.

—Pero sabe, señor Meyer, que utilizar la comisaría para los fines que usted la utilizó no es oportuno, ni está permitido. Debe saber que le pueden caer varios meses de retiro de sueldo y placa por aquello.

—¡¡Pero yo no he hecho nada!!

—Eso ya lo veremos. Continúe, por favor.

—Bien. Como les iba diciendo…

» Catrine me tenía cogido por los huevos porque mi amor por ella siempre ha sido el que es. Algo que nunca he podido evitar, ni siquiera me lo he planteado.

Terminamos aquella charla como siempre: yo, disgustado y solo; ella, airosa, sobria y despampanante, saliendo de la comisaría con ese gesto altivo con que me solía recibir siempre.

Salí tras ella para encender un cigarrillo y ver llover para, de paso, acompañarla a la salida.

Catrine movía sus caderas consciente de que estaba siendo observada y mi mente solo estaba puesta en un objetivo: seguirla adonde fuera para ver quién era el culpable de su atuendo elegante.

Debía tener una cita y yo no me la quería perder, quería saber quién era ese tipo y si moriría también por tener relaciones con ella.

Así que esperé a que se alejase y comencé mi seguimiento, oculto entre las sombras, bajo un paraguas gris oscuro y con mi sombrero preferido tapándome la identidad a ratos.

Catrine me condujo sin darse cuenta a un conocido local en el puerto de Copenhague, un lugar llamado Halvandet.

Allí Catrine se vio con un hombre que luego supe que se llamaba Vincent Aromant, un chico italiano que estaba de paso por la ciudad.

Pero esta visita le costaría cara al encontrarse con Catrine y querer seducirla.

Debe ser un error toparse con ella y que te guste.

Que me lo digan a mí, que no doy pie con bola desde que la conocí.

Bien, una vez allí me senté lo más alejado que pude para no ser reconocido, abrí un periódico y esperé.

Por un lado, había saciado mi curiosidad de saber quién era aquel tipo nuevo para el cual Catrine se había puesto tan guapa.

Estaba investigando la que sería la séptima muerte por suicidio a consecuencia de tener sexo con ella.

Los coqueteos fueron varios mientras tomaban Martini.

A Catrine se le veía como yo nunca la había visto, feliz y sonriente todo el tiempo.

Parecía que estaba tan a gusto que a mí me provocaba una rabia interna incontrolable, tanta rabia que no pude resistir estar allí por mucho tiempo.

Salí del local a esperar fumando. Tardaron más de una hora en salir, pero al fin salieron y montaron en un taxi, el cual seguí hasta la casa de Catrine.

Una vez allí esperé sentado en el coche, consumiendo cada uno de los cigarrillos que quedaban en el paquete. Mi coche debía oler a vertedero y mis ganas por saber cuándo saldría ese hombre iban creciendo como setas en un entorno favorable un día de humedad .

Cuando ya pensaba que era inútil la espera y estaba a punto de arrancar el coche para volver a casa a descansar, vi lo que mis ojos no podrán olvidar jamás.

Vincent apareció por el portal, salió a la calle, y una vez fuera, sacó un arma de su abrigo y se disparó en la sien sin pensarlo dos veces.

En aquel momento estaba mirando a mi coche, como si yo tuviese algo que ver en todo aquello.

La alarma de un coche cercano saltó e inmediatamente multitud de luces del vecindario se encendieron y varias personas se asomaron a las ventanas a presenciar los hechos.

Entonces vi a Catrine asomarse a su balcón, presenciar la escena y después volver a entrar con una calma pasmosa que daba hasta escalofríos.

Mi teléfono móvil sonó poco después mientras yo estaba pensando en salir de allí y que me informasen luego del suceso, ya que se suponía que yo no estaba en aquel lugar.

En mi teléfono aparecía el nombre de Catrine Clausen.

Me puse algo nervioso y respondí a la llamada.

—Hola, Catrine. ¿Qué pasa?

—Ya tienes a un séptimo, se llama Vincent Aromant y acaba de pegarse un tiro frente a mi casa.

Te llamo para que te ahorres el interrogatorio absurdo de siempre.

Acabo de acostarme con él. Es un italiano que estaba de vacaciones durante unos días.

Lo he conocido, de nuevo, por una red social. ¿En paz?

—¿De verdad, Catrine? ¿Estás bien? Voy enseguida.

—Sí, estoy bien, gracias. No quiero bajar ni prestar declaración. Si vienes que sea para llevaros el cuerpo de ahí. Yo no quiero tener nada que ver, ya te he dicho todo lo que sé.

—Está bien, Catrine. Gracias por la ayuda.

—No es necesario. Hasta otra, Meyer.

Y la llamada se cortó. Salí de allí para dar una vuelta a la manzana con el coche y fingir que venía después del aviso.

Al llegar una gran multitud de vecinos ya estaban alrededor del cuerpo, que yacía inerte sobre la acera, sangrando por la boca y con un charco de ese líquido vital de color rojo bajo su cabeza y parte del cuerpo.

Una pareja de policías convencionales trataba de alejar a los vecinos curiosos del lugar para poder hacer nuestro trabajo.

Eran las dos de la madrugada y mi cansancio era un hecho más que evidente.

Necesitaba dormir o mi cerebro terminaría por explotar como una lata de refresco expuesta a temperaturas por debajo de cero.

Les di las órdenes pertinentes a los dos agentes y volví a esa casa fría y desordenada que atesoraba.

La soledad volvió a golpearme la cara con certeza, provocando un dolor casi incalculable, como de pérdida de ser querido, como de angustia interna que recorre cada uno de los puntos vitales que te permiten vivir.

Un whisky seco fue la solución para tratar de conciliar el sueño y que llegase un nuevo día.