La maldición de Catrine 9. Obsesión lejana
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9. Obsesión lejana

Habían pasado un par de años sin que ningún hombre se suicidase después de que Catrine se acostase con él.

Durante ese tiempo fui capaz de olvidarme un poco de ella, Clara estuvo dándome lo que ninguna mujer me había dado nunca.

Sin embargo, siempre me decía que no me veía como a su pareja, por tanto, nuestra relación era incompleta, solo de sexo, con poco cariño, algo que a veces podía resultar hasta beneficioso, pero en un hombre enamoradizo como yo, la mayoría del tiempo resultaba molesto.

Aun así, Clara fue durante ese tiempo la mujer que calmó mis ansias de ver a Catrine, de besarla, de hacer el amor con ella desatadamente hasta llegar a un placer carnal casi indescriptible, lejano al entendimiento humano, de sensaciones que van más allá de los confines hormonales.

Pero Clara no logró sacármela de la cabeza.

Me acordaba de ella cada noche al dormitar, cada mañana al despertar.

Aparecía en mis sueños, se colaba en mi despacho en forma de informes traspapelados que aparecían sin un motivo aparente.

Catrine Clausen estaba en cada gesto de vida que mis ojos observaban, en cada chica joven que se me cruzaba, en las novelas que veía mi madre en televisión las tardes que la visitaba.

Era como un cúmulo de sentimientos reprimidos que a veces no dejan dormir, incluso te pueden llegar a robar el apetito, dictándote unas normas que eres incapaz de romper, inquebrantables como el diamante ante el acero, irrompibles como el carbino frente al grafeno.

Y así aprendí a vivir, con Clara visitándome cada dos o tres días, recordándome que la había conocido gracias a ella.

Hasta que al fin un nuevo suicidio de un conocido abogado estatal llamó a mi puerta para que pudiese volver a hablar con Catrine sin tener que poner una excusa vergonzosa y ridícula de por medio .

Así que vestí mi gabardina preferida, agarré mi paquete de cigarrillos y monté en mi coche para conducir hasta la puerta de ese bufete de abogados en donde, de buena tinta, sabía que trabajaba la señorita Catrine.

Me planté junto a la pared del portal del edificio mientras unas nubes grisáceas y feas anunciaban que llovería en cuestión de minutos sobre Copenhague, algo que, en efecto, sucedió justo en el momento en que Catrine se alejó de mi lado después de tener una conversación algo cruda, propensa al fracaso por mi parte, con una Catrine esquiva a mis tentativas de seducción, escurridiza y dominante como pocas otras veces.

La vi alejarse con la pena con que una madre ve a su hijo partir a un país lejano sin saber la fecha de su retorno.

Quedé solo y desconsolado, como siempre, sin ella, sin su olor y sus encantos, sin su belleza sublime y exquisita, roto entre lágrimas del cielo que parecían caer solo, para y sobre mí.

Pateé el cigarrillo mientras esa lluvia fría ya comenzaba a resonar por doquier.

Alcé la vista una última vez para ver a Catrine desaparecer por la esquina de la calle y me alejé de allí hacia mi coche para conducirlo en dirección a un vertedero de amor llamado Bar de Solitaria Tristeza, que se imponía, dominante, sobre los demás negocios de la calle Frue Plads, donde universitarios adolescentes y otros no tan adolescentes, se reunían a contarse historias, o repasar apuntes.

Allí me sentía cómodo, uno más entre tanto barullo de gente, y el nombre del local me ayudaba a considerar mi situación respecto a Catrine.

Era como una simbiosis entre bar de barrio y hombre, que invitaba a beber whisky y dejar los sentimientos arrimados a un lado mientras admirabas la belleza de jóvenes mujeres de trenza roja o lisa cabellera negra.

Por la noche, y una vez en casa, sentado en mi butaca preferida, pero sin desvestirme del todo y con una embriaguez más aguda de lo que me hubiese gustado, no tenía claro si la reunión con Catrine había podido esclarecer algo o simplemente había sido una tortura para mi castigado corazón.

Lo que sí sabía era que no podía dejar de pensar en ella ni un solo instante, ni siquiera la llamada de Clara a altas horas de la noche preguntando si me apetecía una visita fugaz pudo sacarme de tan arremolinados pensamientos.

Y lo peor de todo es que no sabía si la podría volver a ver en un futuro cercano.

Eso me trastornaba el cerebro, me hacía ver cosas extrañas en mi interior, como de otro mundo, sensaciones rotas en un mundo gris, lleno de recuerdos amargos y retorcidos.

No podía siquiera verme en el espejo sin pensar directamente en ese ser aterrador y humillante llamado fracaso.

Y así mi barba y mi pelo crecerían hasta dejarme casi irreconocible ante los ojos de mi madre, la cual tuvo que preguntar mi nombre tres veces cuando tardé en visitarla más de cuatro meses.

Pero aquello fue después. La noche en que vi a Catrine después de varios meses, algo se alió con el destino para que la volviese a ver, y ese algo tenía un nombre, Ralph Mahalean, un deportista de poca monta que acostumbraba a poner a prueba los instintos más primordiales del ser humano acostándose con hasta diez mujeres en una sola semana, y así lo iba haciendo, semana tras semana, mes tras mes, hasta que le llegó el turno a Catrine, y claro, todos sabemos lo que le sucedió a ese chaval.

Tuvo que pagar el precio de haber roto infinidad de corazones inocentes.

Tuvo que lidiar con tener sexo con la mujer más impresionante y peligrosa que este hombre ha podido conocer.

Tuvo que dejar la vida a un lado después de compartir cama con ella, o eso es lo que dice el informe forense, que la última chica con quien se acostó fue ella, cómo no.

—¿En aquel momento empezaste a sospechar algo más allá de lo normal, señor Bent ?

—No, en ese momento mi sufrimiento era tan brutal que apenas podía comer. Mi caso se iba a la mierda, y mi carrera, con él a la basura.

»Y no podía permitirlo. Pero ¿qué podía hacer yo?

¿Qué podemos hacer cuando el corazón dicta sentencia y se decanta por una joven que no hace otra cosa que provocar la muerte de quien osa acostarse con ella y desatar el amor más puro y obsesivo que este hombre ha sentido jamás?

Solo tienes una opción: seguir adelante con los pocos medios que tu razón te deja utilizar. Y así lo intenté hacer.

A la mañana siguiente me acerqué al laboratorio forense para ver el cuerpo de Ralph Mahalean.

Todos esos cuerpos me llamaban la atención por dos cosas obvias: una, por ser los cuerpos que me permitían estudiar el caso concreto de Catrine Clausen; y dos, por saber qué gusto tenía ella en su elección de hombres.

Y el forense de turno me dijo lo mismo que los demás forenses anteriores: «Se ha suicidado.

No hay signos de violencia ni de intervención de terceras personas», y esa frase me descolocaba.

En el caso de Ralph Mahalean, el forense también me dijo que habían pasado pocos minutos desde que Catrine se acostase con él hasta que se suicidase tirándose delante de un coche que pasaba por una calle cercana a la de Catrine.

Lo que me llevó a pensar que este tipo había estado en su casa, haciéndole el amor con toda la pasión del mundo.

Y así, otra vez, como las otras veces, sentí una profunda envidia del cadáver al mismo tiempo que una pena desconsolada.

Salí del forense y saqué el teléfono móvil para llamar a Catrine.

Ya tenía una nueva excusa para citarla en mi despacho, y es que eran dos los suicidas en menos de cuarenta y ocho horas que se habían acostado con Catrine, cada uno de ellos por última vez.

Eran las ocho y media de la mañana y las calles olían a humedad por la lluvia caída el día anterior.

El ambiente era fresco y húmedo, pero eso a mí me daba igual; solo pretendía reunirme con Catrine y parecía que lo tenía tan cerca que casi estallaba en júbilo frenético y absoluto.

Aun así, me tocó reprimir esas emociones cuando Catrine contestó a mi llamada.

Como siempre que se trataba de ella se mostró esquiva durante los pocos minutos que hablamos por teléfono, y cómo no, yo no me salí con la mía de reunirme con ella lo más rápido posible, no.

Me dijo que lo más pronto que se podía reunir conmigo era a las tres de la tarde, creo recordar.

Y así corté la llamada, con la esperanza de poder reabrir el caso Catrine y de paso reunirme con ella y sentirla cerca de nuevo.

Realmente me importaba más reunirme con ella, verla y sentirla cerca que resolver el maldito caso de los suicidas del amor catriniano.

Mi mañana transcurrió entre una mezcla de ansiedad por ver a Catrine y una noción del tiempo truncada, diferente a lo normal.

Los minutos parecían convertirse en horas, y las horas, en años.

Parecía que mi barba había crecido durante esa mañana mucho más que en las últimas dos semanas, y mi mente no podía centrarse en mi trabajo por más de diez de esos larguísimos minutos.

El despacho se hacía pequeño y los informes sobre criminología que tenía que repasar parecían hacerse grandes y robustos, como nieve en una avalancha, creciendo a medida que avanza, mirándote como si fueses una pequeña pulga que nada puede hacer para escapar de su abrumadora fuerza, así eran mis informes aquella mañana.