8. Ralph Mahalean #3
Por el camino reíamos y nos contábamos las pocas novedades que teníamos que contarnos.
Llega un punto en la relación entre dos grandes amigas que queda poco que contar, sobre todo cuando te ves casi a diario.
Aun así, siempre se puede tirar de la lengua y descubrir cosas que todavía no sabías.
Y Lovise, en ese pequeño trayecto, me confesó que le gustaba que Jonas le haga disfrutar por la puerta trasera de vez en cuando, que de momento era algo experimental, pero que las veces que lo habían probado había terminado gustándole más de lo esperado.
Y eso era algo que Lovise no me había contado aún, por vergüenza, porque no estaba segura de que se convirtiera en algo habitual.
Yo no tenía mucha idea de todo aquello, al fin y al cabo, mis experiencias sexuales habían sido poco frecuentes, casi nulas, sin posibilidad de repetir con el mismo hombre dos veces, con el cual poder experimentar cosas que solo se experimentan cuando se adquiere cierta confianza en la cama.
Lo mío era y es un asunto peliagudo que no tiene cabida en ninguna conversación de amigas ajenas a Lovise.
Un quiero y no puedo, un cajón que se atasca al cerrar, una puerta que roza en el suelo, una caída sobre una plantación de cactus con pinchos venenosos, o la vida del desgraciado Coyote, en busca del Correcaminos feliz, sin poder siquiera olerlo.
Llegamos a la consulta de Madama Romina con más gloria que tristeza en nuestras mentes después de un viaje lleno de risas y confesiones.
Nada más cruzar la puerta un aroma a inciensos variados golpeaba como si el aire consistiese en algo sólido que flota en el ambiente.
La penumbra también era algo característico en el pequeño apartamento de no más de cincuenta metros cuadrados, con una amplia sala de recepción donde el humo y las revistas de misterio son los reyes, custodiada por dos puertas, una que daba a un baño pequeño y otra que daba paso directamente a la consulta de Madama Romina.
Nos sentamos en uno de los sofás, a la espera de que llegara nuestro turno.
De la consulta salió una mujer, cargada con un bolso, llorando a lágrima viva.
Parecía que Madama le había dicho algo que no le había terminado de gustar.
La puerta se quedó abierta. Mi curiosidad era intensa; pasó poco tiempo hasta que esa curiosidad se sació en forma de mujer gorda con bata estampada, pañuelo mugriento cubriendo su cabeza y cara de gitana de piel tostada diciendo: «siguiente, por favor», mientras se apoyaba en la puerta, mirándonos con esos ojos tristes, fruto de miles de noticias desagradables.
Al entrar en la habitación el aroma de incienso se intensificaba aún más, allí el aire parecía más una pieza de plomo olorosa que flotaba en el ambiente, cubriendo cada rincón, impidiendo respirar con normalidad.
Del techo colgaban tiras de objetos metálicos brillantes parecidos a trozos de discos compactos que se movían en un vaivén humeante y cargado, provocando unos pequeños ruiditos que estremecían el alma.
Lovise y yo nos sentamos en dos butacas frente a Madama, que ya se acomodaba en su trono color morado oscuro, adornado con hilos dorados en sus bordes.
Toda esa ambientación estaba bañada por la tenue luz dorada que manaba de una pequeña lámpara de sobremesa con caperuza verde y borlas rojas colgantes.
—Hola, señoritas, Lovise y Catrine —nos saludó Madama.
—Sabe nuestros nombres, qué emocionante —susurré a Lovise.
—Claro, se los dije ayer en la llamada —contestó ella, utilizando un susurro del mismo tono que el mío.
Me erguí sobre el sillón y quedé mirando a Madama, con cara de tonta por haber dicho lo anterior.
—Decidme vuestra fecha de nacimiento —prosiguió Madama con su voz grave, serena y carismática.
—Cinco de diciembre de mil novecientos ochenta y ocho —dijo Lovise.
—Tres de marzo del mismo año que ella —dije yo.
—Bien.
Seguidamente sus ojos se cerraron, alzó sus manos por delante de sus hombros y se puso a musitar un sonido continuo y constante, de intensidad creciente.
Al abrir los ojos se encontraban fuera de sus órbitas, en blanco por completo.
Madama parecía estar fuera de sí, en un trance peligroso, lejano a nuestra realidad.
Su voz cambió entonces por completo: pasó de aquella voz carismática y sensata a otra casi de hombre, como de camionero corpulento.
Daba escalofríos solo con escucharla. Lovise me cogió de la mano y apretó; yo hice lo propio, nos encogimos una con la otra mientras Madama seguía con su ritual extraño y tenebroso.
De pronto un golpe en la mesa con su cabeza dejó a Madama desplomada sobre la superficie, inmóvil.
Parecía haber muerto, pero se incorporó tan rápido que nos hizo respingar a las dos de nuestros asientos, estábamos aterradas, paralizadas por aquella situación que escapaba a nuestro entendimiento. Madama se pronunció.
—¡Tú! —me señaló, con los ojos en blanco todavía—.
No deberías estar aquí. Es mucho más grande lo que atesoras en tu interior, mucha gente sufre con tu presencia, mucha gente no puede aguantar tu existencia.
Tú deberás lidiar con esa carga por aquello que sucedió en tu vida cuando solo eras una niña.
Esa maldición te sigue y te corroe, y no podrá ser revertida sino por aquel que descubra de qué material está hecha, esa persona debe llegar, pero no está escrito cuándo, ni cómo, ni por qué, ni siquiera está claro si llegará algún día o si tu vida podrá volver a ser normal.
Debes alejarte de aquí, debes alejarte de los hombres.
Debes ser monja de clausura. No puedes estar con ellos. Has de aceptarlo.
Mi cara iba adquiriendo arrugas de asco a cada palabra que decía, no podía creer que me estuviese diciendo todo aquello.
Era verdad, tenía una maldición impuesta por algo, o alguien, que no me dejaba acercarme a los hombres con deseos sexuales, todos morían, se suicidaban.
Pero yo quería saber más, mi curiosidad iba creciendo cada segundo en detrimento del miedo que había sentido al ver aquel trance de la mujer gitana.
Quería saber la causa, quería saberlo todo.
—¿Por qué? ¿Qué pasó cuando era niña? —grité, casi con lágrimas en los ojos.
Lovise apresó con más fuerza mi brazo, se apretaba contra mí.
—No puedo decírtelo. No me dejan. Es algo que puede que sepas o puede que no. ¡No puedo, no puedo! ¡¡¡Márchate!!! ¡¡No eres bienvenida aquí!! ¡No eres bienvenida en ningún lugar donde haya hombres! No me dejan, no me dejan. No puedo…
Madama Romina cayó fulminada sobre la mesa de nuevo, con un golpe que hizo saltar la lámpara por los aires hasta que impactó en el suelo, rompiéndose, la luz se esfumó y solo quedó ese espeso aroma a incienso puro y los sonidos irritantes de los discos colgantes del techo.
Lovise, a esas alturas, ya parecía haberse fundido con mi propio cuerpo de lo pegada que estaba contra mí.
Nos quedamos quietas, en un silencio tenso, dubitativo y cruel.
Madama no hablaba; yacía sobre la mesa, inmóvil. La luz no volvía y los discos no paraban de chirriar en la oscuridad rota por una pequeña vela de procedencia incierta que lanzaba ondas de luz, haciendo brillar el pelo de Madama Romina bajo aquel pañuelo mugriento.
—¿Está muerta? —preguntó Lovise con voz temblorosa.
—No lo sé. Pero no pienso quedarme aquí para averiguarlo. Salgamos de una vez de este infierno.
Me levanté, arrastrando a una Lovise acongojada, incapaz de soltarse de mi brazo. La escena había sido demasiado violenta para una chica como ella, incluso para alguien como yo.
Nos dispusimos a salir de aquella espantosa habitación. Lovise, haciendo gala de su tremenda y arraigada honestidad, pudo soltarme el brazo al fin y volver para dejar unos billetes sobre la mesa a modo de pago.
—No, espera, Lovise. Ten, deja mi dinero, al fin y al cabo, la consulta ha sido solo para mí.
—Vale —contestó, agarrando sus billetes de la mesa, cogiendo los míos para después depositarlos .
Y Madama Romina seguía tirada sobre la mesa.
Parecía más muerta que viva cuando la luz de la sala exterior incidió en la consulta.
Era una escena terrorífica. Aquella mujer con un supuesto don extrasensorial parecía haber muerto al hablar sobre mi maldición mientras se encontraba en un estado de trance que mis ojos jamás antes habían podido ver en ninguna persona; un trance vasto y de otro mundo, con rasgos duros y sobrenaturales que sería capaz de erizar el vello de hasta el caballero más osado de cualquier reino de calaveras muertas.
Salimos de aquel edificio como si en nuestros traseros hubiesen incrustado petardos voladores con mecha rápida.
Subimos al coche, que para entonces ya parecía de color negro en vez de rosa fucsia, y todo por el tremendo susto que llevábamos y porque el cielo había tomado unas tonalidades negruzcas por unas nubes tormentosas que anunciaban lluvia inminente y abundante.
Diez minutos más tarde ya estábamos en una cafetería del centro de la ciudad, tratando de encajar lo que había sucedido para después ir de compras e intentar olvidar los acontecimientos.
Después de comer recordé que tenía la cita con Bent y le dije a Lovise que fuese mirando cosas hasta que volviese, que no tardaría mucho. Ella asintió sin poner demasiadas pegas; es mi amiga y siempre lo será, en las buenas y en las malas.