La maldición de Catrine 8. Ralph Mahalean #2
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8. Ralph Mahalean #2

—A comprar la joya por la que suspiro desde hace meses para la boda. Está loco. Le dije que no lo hiciera. Que vale una fortuna. Insistió, no me hizo caso y se fue a por ella.

—¿Y por eso lloras?

—¡¡¡Sí!!! Nunca antes he sido tan feliz y me he sentido tan mal al mismo tiempo.

Mis nervios se relajaron al escuchar aquello.

Lovise solo estaba emocionada porque el hombre de su vida había salido, contra la voluntad de ella, a comprar la que, con toda seguridad, sería la joya de su vida.

Y ella estaba tan alterada por aquel hecho que sus sollozos parecían por haber sufrido el abandono o la muerte de un ser querido.

—¡Ven aquí, anda! Mi pequeña que se casa en dos semanas.

—Sí, y eso me pone muy nerviosa, Catrine. Tengo miedo de que no salga bien.

Se recostó en mi regazo, suavizando sus sollozos al mismo tiempo.

—No te preocupes, todo saldrá bien, mejor de lo que esperas, ya verás…

Acaricié su rostro, mirándola con expresión dulce, pensando que era la mejor persona que había pasado por mi vida jamás, sintiéndome afortunada por tenerla y cavilando sobre la sorpresa que tenía preparada para ella el día de su boda.

—Gracias por estar siempre a mi lado .

Me miró con ternura, con esos ojos llenos de lágrimas de felicidad. Ahora los pájaros cantaban en la calle después de la intensa lluvia.

—Si te cuento lo que ha pasado… Lo mío sí es para llorar, amiga.

La miré con preocupación.

—¿Qué ha pasado?

—Ha habido otra víctima sexual.

Lovise se alzó al instante, asustada.

—¡Catrine! ¡No!

—Lovise. Sí.

Mi gesto era abatido.

—Pero… ¿quién? ¿Cuándo? No me has dicho que estuvieras con nadie.

—No he querido contar nada porque quería ver cómo saldría esta vez, Lovise. Comienzo a preocuparme. ¿Recuerdas lo que dijo la señora de las piedras?

—Sí, claro. Lo de tu maldición… cómo olvidarlo.

—Pues tenía razón. No sé por qué pasa, pero ocurre.

—¿No crees que puede ser casualidad?

—No, ya sería demasiada casualidad… Algo ocurre en mi interior, algo que escapa a nuestro entendimiento y no podemos controlar.

—Pero, Catrine. ¿Y si solo es una sugestión y todo eso que pasa solo es fruto de una casualidad extraña y caprichosa ?

—Realmente lo dudo, Lovise. Ya escuchaste a la pitonisa… lo dijo bien claro.

—¿Y si buscamos a otra pitonisa?

—¿Tú crees?

—Conozco a una muy buena. Bueno, mi madre la conoce. Mamá es muy creyente. Siempre la llama, a veces la visita. Muchas veces le ha preguntado por mí, y créeme, ha acertado en muchas cosas. Es muy buena. Quizá pueda solucionarte algo.

— Puede que sí, o que no.

—Ya, bueno. Nunca lo sabrás si no la visitas.

—Eso es cierto.

—¿Por qué no vamos mañana?

—Me parece bien. Mañana entonces. ¿Sobre qué hora?

—Espera, la llamaremos ahora.

Y Lovise, sin dudar, se puso a llamar a aquella pitonisa en la que su madre confiaba y que, supuestamente, solventaría las dudas sobre mi amor asesino.

Llegué a casa a eso de las cinco de la tarde.

Lo primero que hice fue hacer una llamada a mamá para decirle que todo estaba bien.

Descubrí que tenía varias llamadas suyas, y eso solo podía significar que ya se había enterado del caso Jansen por las noticias.

Mi puesto de trabajo corría peligro, pero eso a mí no me preocupaba en absoluto, sabía que volvería a encontrar otro trabajo o que si alguien decidía refinanciar Jansen & Co contaría con mis servicios.

Eso era así. Llevaba poco tiempo en esa empresa, pero era suficiente como para saber que me había convertido en una pieza fundamental .

La conversación con mamá fue una mezcla de preguntas de madre preocupada y contestaciones de hija pasota que solo quiere terminar cuanto antes con esa conversación y tumbarse un rato en la cama junto a su gato de franjas anaranjadas llamado Pipo.

Una vez hube cortado la llamada pensé que era buena idea tomar un baño con agua caliente y espuma a la espera de que llegase la noche, inmiscuida en mis pensamientos más hondos y dispares.

Así que puse música clásica que mi padre solía escuchar cuando leía sus libros y me hundí en lo hondo de mi bañera, activando la función hidromasaje.

Intenté vaciar mi cabeza de pensamientos, cosa que me resultó imposible de hacer.

Desperté a las nueve de la noche, arrugada y con frío.

Pipo lloraba por su comida en el exterior de la bañera y la música hacía rato que había dejado de sonar.

Había estado tres horas en la bañera durmiendo y eso no podía ser bueno.

Mi pesadumbre era algo con lo que había aprendido a vivir y mis ganas de sexo y mi curiosidad por saber si seguía matando después de satisfacerlas seguían crecientes.

Entonces se me ocurrió una forma de quitar esas ganas de sexo sin que nadie con una vida formada y elegante muriese poco después.

Abrí un canal de chat de internet y busqué en páginas de contactos.

Llamé al primero que me pareció atractivo a la vista.

Dos horas después de hablar con él ya lo tenía en la puerta de casa llamando al timbre.

Se llamaba Ralph Mahalean y eso es lo único que supe de él.

No quise interesarme por nada que no fuera su cuerpo y su musculatura durante un buen rato.

Después le despedí educadamente de casa y esperé la llamada inminente de Bent, que no tardaría en llegar si ese tal Ralph se suicidaba también.

Y así fue. La llamada de Meyer llegó a las ocho y media de la mañana, dos minutos después de que Lovise hiciese lo propio para avisarme que a las diez teníamos cita con Madama Romina.

Nunca entendí ese nombre pues hacía alusión a una mujer que regenta un prostíbulo, también hacía eso aquella mujer misteriosa en sus otros ratos.

La conversación con Lovise no fue más allá de eso, pero la de Bent fue en la dirección de siempre, con un Bent acosador, posesivo y preguntón, peliculero como pocos, cauto a la hora de hablar, pero sin pelos en la lengua a la hora de acusar.

—Hola, señorita Catrine. Nuestras conversaciones e interrogatorios comienzan a ser un hábito, cosa que me alegra por un lado y me disgusta por otro, ya sabes a qué me refiero.

—Termina cuanto antes y corta esta llamada estúpida si no quieres que me ponga violenta de inmediato, Bent Meyer, no estoy para jueguecitos. Déjame adivinar, un tal Ralph Mahalean ha aparecido muerto, suicidado, ¿no?

—Exacto, y veo que lo sabes muy bien. Te quiero en mi oficina en una hora, y no vale un «no» por respuesta.

—No.

—¿A qué juegas, señorita Catrine? Te recuerdo que estás hablando con la ley.

—He dicho que no. Tengo cita en el médico a las nueve y media —mentí—, me es imposible acudir esta mañana. Tal vez esta tarde.

—Está bien… déjame que vea… Vale, esta tarde a las cinco. ¿Mejor así, señorita?

—De acuerdo, pero no sé qué pretendes con ese interrogatorio, no sé más de lo que te he dicho.

—Eso ya lo veremos. Bien, hasta esta tarde, Catrine.

—Adiós, Bent Meyer.

El tono de llamada cortada se instaló entre el aparato y mi oído .

Tomé un desayuno a base de tostadas con mermelada y algo de zumo de piña, acompañada por Pipo.

Siempre se sentaba en la mesa observando mis movimientos, como hablando con esa mirada felina, haciendo movimientos extraños y graciosos con la cabeza cada vez que mi cuchillo iba de la servilleta al tarro de mermelada, y del tarro de mermelada a mi tostada caliente.

Era como si quisiera hacer él ese trabajo por mí.

Cuando terminaba de untar la mermelada, Pipo daba un maullido cómplice y alegre, después se lamía la zarpa con cuidado, ronroneando.

Ese proceso se repetía cada vez que untaba mermelada en tostadas, cada mañana, durante años, hasta que, hace casi un año, Pipo murió de anciano.

Lo que me recuerda que tengo que conseguir un gato que se parezca a él o seguiré echándolo de menos con espesa tristeza.

Cuando terminé de desayunar ya eran las nueve y media. Lovise no tardaría en tocar al timbre. Siempre ha sido una persona exponencialmente responsable y, por tanto, puntual como las saetas de cualquier reloj que funcione a la perfección.

Y así fue, a las nueve y treinta y cinco el timbre de mi casa ya sonaba estridente, ansioso, como sabiendo que aquella mañana iba a hacer esperar a Lovise a pesar de mi obsesión por la puntualidad.

Cinco minutos más tarde aparecí en el portal.

Lovise estaba apoyada en el capó de su coche de color rosa fucsia, con unas gafas de sol tan grandes que parecían esconder toda su cabeza en vez de solo los ojos.

Un sombrero, también gigante, sobresalía de su cabeza como un objeto volador no identificado extraño y su ropa más bien parecía de un safari, con unos pantalones anchos de color beis y una camiseta de tirantes blanca, holgada también.

Su sonrisa se instaló en su cara conforme me vio aparecer. Pero tardó poco en esfumarse .

—¡Ya era hora! —exclamó, tratando de mostrarse seria, sin conseguirlo.

—Venga, no te quejes, Lovise. No he tardado tanto.

—No, pero quedan veinte minutos para la visita con Madama Romina y aquí estamos, todavía sin salir. La consulta está a más de diez minutos, eso suponiendo que no haya tráfico.

—Vamos, amiga. Siempre quejándote por todo. ¡Vamos, anda!

Monté en su coche espléndido, con mi amiga espléndida, con su vida afortunada para dejarme llevar a ese lugar misterioso donde una mujer, supuestamente «adivina», iba a decirme cosas sobre mi desgraciada situación amorosa.