8. Ralph Mahalean
Lo de Austin significó comenzar a aceptar que tenía un enorme problema.
Fue el quinto hombre que se suicidó poco después de tener relaciones sexuales conmigo.
Aquella vez, Bent Meyer, a diferencia de las demás veces, no vino a buscarme para interrogarme.
Pensé que al haber pasado unas horas desde que Austin y yo nos acostásemos hasta que se suicidara, no quedarían pruebas de que eso había pasado.
Me equivoqué. Pasaron dos días hasta que tuve noticias de Bent, y fue a la salida del bufete.
Parecía que me estaba esperando. Hacía tiempo que no le veía, como tres meses o más.
No recuerdo exactamente cuánto. Pero sí sé que desde el suicidio de Clark lo vi con menor frecuencia, y lo seguí viendo porque Clara mantuvo una relación sentimental con él, bueno, por llamarla de algún modo, porque Clara tenía claro que solo le quería para tener sexo y que le quitase las múltiples multas de aparcamiento y velocidad que iba acumulando la muy aprovechada.
En fin, yo, en su lugar, hubiese hecho lo mismo.
Pobre Bent. Aunque se lo tiene merecido por déspota y chulesco peliculero.
—Hola, señorita Catrine —escuché.
Me giré y le vi, apoyado en la pared, con esa gabardina beis que parecía no quitarse ni para dormir, aspirando de un cigarrillo casi consumido.
Solo le faltaba el sombrero detectivesco para parecer el Humphrey Bogart moderno que cualquier dama desearía tener en su vida.
Pero a mí no me llamaba la atención en absoluto; al contrario, me repelía, con su gesto peliculero y su arrogancia injustificada, acompañada por una personalidad algo vacía y proclive al catetismo más puro.
Aun así, tenía algo que llamaba mi atención y no sabía qué.
Solo sabía que ese hombre trataba de solventar mi caso con el mismo éxito que una bailarina de ballet en una escuela de doma de caimanes .
—Hola, Bent. Pensé que esta vez no vendrías en mi busca…
Bent arrojó el cigarrillo al suelo para después pisotearlo con ese gesto que le caracteriza.
—No pienses que te has de librar de mí tan fácilmente.
Te sigo los pasos. Sigo tu caso desde el principio, no lo olvides.
Estoy detrás de cada esquina, vigilándote, observando tus movimientos.
Viendo con quién sales, con quién entras.
Y todo por resolver las causas que llevan a esos hombres a suicidarse después de encontrar tu abismo amoroso.
Aquellas palabras me asustaron un poco, pero venían de un policía.
No había nada que me tuviese que asustar.
Al contrario, si ese policía me vigilaba como decía, yo era una chica afortunada, protegida por la ley sin pedirlo.
Y todo porque ese hombre se muere por mis huesos desde la primera vez que me vio.
Lo noto; puedo olerlo en su mirada depredadora, en sus palabras zalameras y poco convincentes. Lo veo en su cara a cada momento.
—Ah, ¿sí? Entonces soy afortunada, tengo protección gratuita. Muchas gracias, Bent Meyer.
Me encanta llamarle así, no sé por qué.
—No te sentirás tan afortunada el día que no pueda demostrar que no tienes nada que ver con la muerte de esos hombres y te veas sometida a un juicio que termine con una sentencia de prisión.
Yo nada podré hacer entonces. Dime, ¿qué ha pasado esta vez?
Tengo entendido que ese tal Austin era el mejor abogado de aquí, no tenía por qué quitarse la vida.
—No lo sé, Bent, de verdad. ¿Qué puedo hacer yo? Bastante tengo. Cada vez que me acuesto con un hombre se quita la vida en extrañas circunstancias… bastante tengo …
—Un momento. ¿Estás diciendo que te ha pasado todas las veces?
—Todas y cada una.
—Entonces, ¿solo te has acostado con esos cinco hombres en toda tu vida?
—Eso no es asunto tuyo, pero sí, así es.
Me resultó algo vergonzoso afirmar algo así.
A mis veinticuatro años, haberme acostado con solo cinco hombres, una vez con cada uno, era algo insólito para los tiempos que corrían.
Pero es que a día de hoy solo lo he hecho doce veces en total.
Es algo muy triste, sí, lo sé, pero ¿qué puedo hacer?
Si me acuesto con el que parece el amor de mi vida morirá.
Y quedaré, además de sola y desgraciada, rota de amor, y esa es una circunstancia que no se ha dado nunca, solo con Klint, pero aquello anda muy lejano en el tiempo como para tenerlo presente aún.
—Vaya. Resulta impactante pensar que con lo bella que eres solamente hayas tenido relaciones sexuales cinco veces a lo largo de tu vida. Eso te hace mucho más deseable de lo que ya eres, señorita Catrine.
—No es algo que tengas que juzgar tú, señor agente del estado. Me gustaría que te ciñeses a tu trabajo profesional y dejases de intentar seducirme. Además, puedes acabar suicidándote… ¿recuerdas?
Comencé a andar, no me gustaban los derroteros en que estaba metiéndose la conversación.
—¡No entiendes nada! —exclamó Meyer, agarrándome del brazo con fuerza .
—¡El que no entiende nada eres tú, Bent Meyer! Y suéltame ahora mismo si no quieres que te destroce las partes íntimas de un rodillazo.
—Lo siento, Catrine. Pero todo este asunto me desconcierta, a veces no me deja dormir. Y tú te resistes a colaborar. Perdona, no volverá a ocurrir nada igual.
Su gesto era de sensato arrepentimiento.
—Si a colaborar llamas tener que acostarme contigo y ceder a tu juego de seducción extraño, me niego, ¿entiendes? —contesté contundente y algo reacia a él.
—Tienes razón, pero entiéndeme: cualquier hombre se vería hipnotizado por tus encantos, ¿por qué iba a ser yo menos? ¿Por ser policía? No, definitivamente, no.
—Por ser policía, por llevar mi caso y por saber que vas a morir si te acuestas conmigo, y entonces sí tendría un problema gordo al ser policía, ¿es que no lo entiendes?
Otro agente cogería mi caso, y no entendería nada de lo que ha sucedido hasta ahora.
No como tú, que sabes todos los sucesos anteriores.
—Deja que te ayude.
Meyer suplicaba. Me dio pena absoluta. Parecía un hombre desesperado que iba tras algo que escapaba a su absoluto control.
—Ya haces lo suficiente. No hace falta que ayudes de otro modo, lo siento, Bent Meyer. Ahora debo irme. Hasta otra.
—Bien. Adiós, Catrine. Hasta pronto.
Y allí quedó, solo y desconsolado, como una lágrima que cae en un océano inmenso, siendo arrastrada por las múltiples mareas, devorada por animales marinos y mezclada con aguas saladas que le instan a evaporarse con más rapidez que de costumbre, saliendo en forma de nube de ese mundo caótico y agresivo que le ha tocado vivir sin apenas elección.
Comenzó a llover. Mi pelo y mis ropas no pudieron amortiguar la intensa lluvia que calaba por todas partes hasta que llegué a mi coche.
Una vez allí encendí la radio y escuché una noticia que me puso los pelos como escarpias.
«Un famoso abogado se suicidó hace tres días en el bufete de abogados Jansen la casa de Lovise.
Y al pensar en ella recordé que la fecha de su boda estaba tan próxima que ella debía de ser un haz de nervios abocado a una sola causa, el matrimonio.
Llegué cuando la lluvia ya había cesado bastante y un tímido sol aparecía entre las nubes junto con olor a tierra húmeda, formando un pálido arco iris que cruzaba de edificio a edificio, mostrando una vida más pura de lo que cabía imaginar, con esos colores nacidos del desvío prismático de la misteriosa, valiosa y necesaria luz solar.
Lovise me abrió cuando supo que era yo la que había accionado el timbre de su casa. Al llegar a su salón la encontré sollozando, desconsolada. Algo no iba bien.
—¡Lovise! ¿Qué ocurre? —pregunté, sentándome a su lado, apoyando mi mano en su espalda.
Estaba sentada en el sofá con el rostro hundido entre las manos, llorando, desconsolada.
Hacía mucho que no la veía así. Su vida había sido un total éxito desde que conociera a Jonas aquella tarde en el puerto.
El segundero del reloj de la pared sintonizaba con los sollozos de Lovise mientras una brisa fresca entraba por la ventana, alzando al vuelo los visillos blancos inmaculados con olor a jazmín.
—No he podido impedirlo, Catrine. Al escuchar tu voz… no he podido evitar llorar.
Siempre ha sido una chica demasiado sentimental, pero en ese momento no entendí muy bien lo que le podía ocurrir. Mi cabeza comenzó a dirigirse hacia derroteros de mentiras conyugales, o algo similar.
—Pero ¿qué ocurre? ¿Dónde está Jonas?
—Por él, precisamente, es por quien lloro…
—¿Qué ha pasado? ¿Te ha hecho algo malo?
Un silencio inquietante se interpuso entre esa y la siguiente frase. El segundero sonaba como bombas desolando un poblado de guerrillas.
—Se ha ido …
Un sollozo agudo brotó.
—¿Cómo que se ha ido? ¿Dónde?