7. Austin Simonsen #3
Lo de Maira más bien fue una guerra ganada desde el primer día.
Pasaron las semanas y el tiempo se encargó de colocar a cada cual en su lugar.
Maira no pudo hacer más que resignarse a ver cómo la nueva le quitaba el puesto, el hombre y el orgullo, ya que fue despedida en una reunión a tres que el director concertó con ella y conmigo.
Su cara era muy graciosa en aquel momento después de tratar de hacerme la vida imposible a cada momento, eso provocó una caída en picado de su rendimiento laboral, lo que desencadenó su despido de la forma más cruel.
Se portó muy mal conmigo, pero, en realidad, no me alegró que la despidiesen de aquel modo, aunque en aquel momento me hiciese gracia la cara que se le quedó.
Siempre me he caracterizado por no alegrarme del mal ajeno, y Maira, por muy enemiga que fuese, no iba a cambiar uno de mis principios más arraigados.
Aquello sucedió varias semanas después del primer encuentro en el baño; semanas en que Austin y yo aprovechamos para conocernos mejor fuera del bufete.
Descubrí a un hombre tierno y sensual que sabía medir muy bien los tiempos en sus comportamientos y calculaba de una forma magistral todo cuanto sucedía a su alrededor.
Era un hombre triunfante y siempre lo había sido.
Me contó que, de niño, cada vez que quedaba por detrás de algún compañero de clase en cualquier actividad, su padre le ponía a caminar hasta caer exhausto cargado con una barra a hombros, en cuyos dos extremos colgaban unos cubos llenos de piedras.
Y cuando ya no podía más, su padre le azotaba con una vara en el trasero hasta que se levantase y continuase hasta casi perder el conocimiento del esfuerzo.
Así aprendió a ser un líder de gran carácter y de difícil tendencia a acobardarse.
También me contó que aquello le sirvió para ser mejor persona y no desear el mal para nadie, y, en cambio, fuera de todo pronóstico, el amor que sentía por su padre era el amor más puro y sincero que he podido ver hasta hoy, con permiso de Lucas que, por cierto, hace rato que dejó de tocar a mi puerta.
Me pregunto dónde habrá ido o qué estará planeando.
Más tarde lo comprobaré. Lo que sí es cierto es que escribir estas líneas me está ayudando mucho a desahogarme y no querer morir hoy mismo de amor, tal como han hecho todos esos hombres de mi pasado.
En fin, Austin era un tipo encantador que, sin embargo, no fue capaz de encantarme del modo como pudieron hacer Klint o Lucas.
Y yo solo quise acostarme con él para comprobar si mi maldición seguía vigente.
Y he de decir que Austin fue el hombre que más me costó llevar a la cama.
Al parecer él sí se enamoró de mí y quiso ir despacio con nuestra relación extra profesional para que todo marchase como él deseaba.
Era muy inteligente, sí, pero jamás supo que yo no me había llegado a enamorar de él y siempre pensó que lo nuestro llegaría muy lejos.
Cosa que no sucedió, por supuesto. Todos a estas alturas ya sabemos que murió cuando probó mis encantos de mujer.
Y eso pasó más o menos a las cuatro semanas de habernos conocido.
Nuestras citas cada vez iban a más, la confianza iba creciendo a medida que Austin iba entregándose más a mí, y yo disfrutaba de aquello, de su compañía y su hombría poderosa, pero no me llenaba lo suficiente, y dejé que él mismo fuese quien marcase los tempos y decidiese cuándo llegaría el momento de acostarnos.
Fue la noche en que peor me encontraba de todas las que nos habíamos visto, pero su gran educación, su forma de tratarme y su paciencia gentil hicieron que dejase que se saliera con la suya cuando y como él quiso.
Me sentía fatal: un tremendo dolor de cabeza cubría cada una de las partes de mi cráneo y las luces de los barcos se reflejaban en un mar excesivamente calmado.
Estábamos sentados en un banco de madera del paseo marítimo después de haber cenado pizza y beber vino en un restaurante italiano cercano.
Una luna brillante y tierna se alzaba sobre nosotros en su lento movimiento.
Austin se deshizo de uno de sus guantes de lana y me acarició el rostro.
—Eres tan bella —me dijo con ternura.
Mostré una tímida sonrisa mirando al horizonte marino.
—Cada vez que te miro es como mirar a una congregación de ángeles benevolentes que descienden de los cielos para tocarme con sus manos mágicas, destellando luces que solo pueden verse cuando se te mira fijamente a los ojos.
Austin no dejaba de acariciarme el rostro. Luego me plantó un beso, lento, tierno y amoroso al que respondí. No era la primera vez que nos besábamos.
La temperatura comenzó a subir y las ganas que nos teníamos ambos se dejaron ver en menos de diez segundos.
Su mano pasó de mi rostro a mi pecho y de ahí a otras partes que solo con rozarse son capaces de erizar cada cabello del cuerpo.
La pasión se desató y nos metimos en una escalinata callejera, llevando a cabo el acto sexual más atrevido que he tenido nunca.
Allí, en aquella escalera, sin apenas quitarnos la ropa pudo quedar constancia de cuánto tiempo habíamos estado esperando aquel momento.
El clímax llegó pronto, no sin disfrutar como dos adolescentes que lo hacen por tercera o cuarta vez.
Y es que yo no era adolescente, pero esa era solo la quinta vez que tenía el placer de tener relaciones sexuales.
Ese es mi castigo, esa es mi maldición. Y a día de hoy sigo sin saber por qué.
Terminamos y nos fuimos cada uno a nuestra casa.
Austin me acompañó hasta mi portal. Después de besarnos quiso despedirse con un romántico «te quiero» al que no pude corresponder con palabras, solo pude sonreír y pensar que, si él no moría, podía llegar a decirle lo mismo algún día.
Pero eso, como todos sabemos, nunca llegó a ser así.
Al día siguiente, en la oficina, cómo no, Austin tardaba en llegar. Pero, para mi sorpresa, apareció por la puerta, como cada mañana, cargado con su café caliente y su abrigo en el brazo.
—¡Austin! —grité.
Se giró hacia mí y, sin parar de caminar, me lanzó un beso acompañado de un guiño.
Mi felicidad se vio propulsada hasta cotas inimaginables al pensar que mi maldición había desaparecido.
Así que me puse a trabajar con una euforia dilatada y loca, con entusiasmadas ganas de terminar la jornada para agarrar a Austin y hacerle el amor de la forma más salvaje que pudiera, disfrutando todo lo que años atrás no había podido disfrutar.
Pero aquello no fue más que un espejismo de mi felicidad.
Austin, a los diez o veinte minutos de estar sentado en su mesa, se levantó y gritó:
—¡Eh, miradme, todos !
Fijó los ojos en mí cuando terminó de decir esa frase y, con el terror instalado en ellos, se clavó el bolígrafo en la arteria carótida, después lo movió como si fuese la palanca de un molinillo de café sin apartar su mirada de mí.
La sangre comenzó a saltar con fuerza, golpeando a diestro y siniestro a su alrededor, provocando gritos y espanto en todo el bufete.
Uno de los compañeros se lanzó sobre él en un intento infructuoso de devolverle la vida, pero el daño que había provocado Austin en su arteria era demasiado grave como para sobrevivir.
Cuando llegó la ambulancia Austin ya estaba muerto, desangrado, ante la consternación de toda la oficina, ante vómitos de mujeres y caras de espanto de hombres.
Jansen & Co jamás volvería a ser lo mismo después de aquello.
Y mi maldición seguía erguida como cuello de jirafa ante hojas frescas de acacia punzante.