La maldición de Catrine 7. Austin Simonsen #2
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7. Austin Simonsen #2

—Pues su reacción de ayer ante ti decía justamente lo contrario.

—No eres nadie, ¿me entiendes? ¡Nadie! Llevo toda mi vida aquí y no tienes nada que hacer. Soy la mejor y más guapa abogada de Jansen su cara mostró extrañeza. Se dio media vuelta y se fue—. Hasta luego, Catrine —dijo, de espaldas a mí.

Quedé como una auténtica inútil después de aquel segundo encuentro con él a solas.

Mi gesto se torció cuando volví al comedor.

Maira estaba en mi mesa, junto a Vanessa, Marc y Óscar.

La muy ruin se había sentado en mi silla, de la que pendía mi bolso.

Las dos me miraron con cara de soberbia mientras avanzaba hacia ellas con el semblante algo encogido.

Llegué, agarré el bolso y me dispuse a salir de aquel lugar.

—¿No vas a saludar a Vanessa? —preguntó Maira con arrogancia.

Me paré de espaldas a la mesa; podía imaginar a los cuatro mirándome con gesto interrogante. Me giré y dije:

—No suelo relacionarme con arpías, gracias.

Mi taconeo contrastó con el silencio repentino de aquella mesa.

—Lo que os decía, chicos, una auténtica estúpida. ¿Habéis visto cómo ha contestado?

Pude escuchar a Maira a lo lejos mientras mis piernas solo anhelaban posarse en el exterior y caminar sin rumbo fijo, aunque por suerte o por desgracia, debían tomar dirección a la oficina, donde volvería a ver a esas dos tunantas mirándome como buitres o leones ante un cadáver del cual están a punto de dar buena cuenta.

Cuando llegué al despacho resultó que Austin era el único que ya estaba allí. Aquel hecho fue perfecto, era lo que había tratado de conseguir en el bar sin ningún éxito, tenerle a solas para poder emplearme en mi faceta seductora como solo yo sé hacer.

—Dios, pero ¿qué he hecho yo para merecer todo esto? —grité, fingiendo que me pasaba algo malo, para ver si Austin se compadecía de mí y se acercaba a ver lo que me ocurría.

Y así fue. Mi plan funcionó a la perfección, mucho mejor de lo esperado.

—Ey, hola, Catrine, ¿qué ocurre?

Se levantó y caminó hacia mí con paso firme y preocupado.

—Uy, perdón, pensé que no había nadie en la oficina. Nada, no me pasa nada…

—Alguien a quien no le pasa nada no se queja de ese modo. Venga, ¿qué ocurre? ¿Hay algo que pueda hacer por ti?

Aquella frase me sonó a gloria. Y por supuesto, había algo que podía hacer por mí.

—No. No te preocupes, estoy bien, en serio. Solo que… a veces me siento un poco sola. No soy de aquí —mentí de nuevo—. Mi familia está lejos y a veces siento como si la vida me patease suavemente.

Con esa frase di a entender que estaba sola y, por tanto, disponible .

—Oh, vaya… puedo entenderte. Yo también vine a esta ciudad hace unos años. Pero soy de Fredericia. ¿Y tú, de dónde eres, Catrine?

—De Odense.

—Ah… sí, conozco esa ciudad. Muy bonita, por cierto.

Mis mentiras eran solo para tratar de seguir dando pena y alargar aquella conversación lo máximo posible. Ya llegaría el momento de aclarar datos; hasta entonces, la estrategia de mentiras me estaba funcionando.

—Sí, la echo de menos a veces. Sobre todo, a mi familia.

—¿Cuánto tiempo llevas aquí?

—Seis años, más o menos.

—Entiendo. Y en todo este tiempo, ¿no has conocido a nadie especial?

—He tenido la oportunidad de relacionarme con bastante gente; he hecho amigos, pero todo suena vacío al final, cuando llegas a casa, sola, y te acuerdas de que tienes una familia lejana, como si fuese un mero recuerdo de una vida pasada. Es entonces cuando me dan estas crisis.

Mi expresión de lástima era tácita.

—Lo siento mucho, Catrine. Podríamos tomar algo cuando termine la jornada, ¿te parece? Nos podemos hacer compañía mutua.

Ocurrió lo que no esperaba que ocurriese.

—¿Y Maira? ¿No es tu chica?

—¡No! ¿Qué diablos ?

—Ayer, en tu mesa, la vi demasiado cercana…

—Ya… siempre es así conmigo, siempre… y yo no he querido nada con ella jamás. No me gusta su personalidad, físicamente está bastante bien, pero se echa a perder cuando abre la boca… es triste, pero es así.

—¡Estupendo! —se me notó en exceso el entusiasmo—.

No veo por qué no podemos tomar algo fuera de aquí, deja que mire mi agenda —quise corregir el gesto de euforia y fingir que era una mujer ocupada, eso haría que aquel hombre de interesante mirada y facciones marcadas, sucumbiese a mis encantos mucho antes de lo previsto—.

Vale, mañana por la tarde tengo hueco a eso de las siete. ¿Te va bien?

—Yo había pensado en hoy, pero mañana a esa hora, supongo que está bien.

Justo a mi gusto. Austin ya había entrado en mis redes cuando Maira, Vanessa, Marc y Óscar entraban por la puerta, momento en el cual aproveché para dar un beso lento a Austin en la mejilla, consciente de que la arpía estaba viéndonos.

Ahora ya podía tenerme odio con razón. Mi juego de seducción hacia «su hombre» había comenzado justo delante de sus narices.

Su mirada de ave rapaz vigilando a su presa me atravesó por completo.

Eso no hizo más que llenarme de orgullo y satisfacción.

Era el momento de decirle con la mirada quién era yo, y así lo hice.

Sin quitarle los ojos de encima, me paseé por su lado hasta llegar a mi mesa, no sin antes decirle a Austin en voz alta que le vería al día siguiente, a eso de las siete.

El fuego pareció brotar por cada uno de los poros del cuerpo de Maira.

Impotente, vio cómo el hombre al que amaba terminaba de concretar una cita con la nueva.

Y Austin, ajeno a todo nuestro asunto de orgullo femenino, se puso a trabajar cuando me alejé de él .

—¿Qué has hecho? —preguntó Marc, una vez sentados en nuestra mesa compartida—.

Has declarado la guerra, primero con la contestación en el bar, ahora con lo de Austin.

Todo el mundo sabe que a Maira siempre le ha gustado Austin, nadie se ha atrevido jamás a decirle nada que fuese más allá de lo profesional. ¿Qué has hecho?

«Se lo tiene bien merecido por arpía», pensé.

—Lo que me apetecía, como siempre —respondí y besé la mejilla de Marc, queriendo tranquilizarle.

Él sonrió con contención, al parecer no quería que Maira le viera. Un miedo infundado se podía intuir en él en aquel momento, pero ¿un miedo a qué?

—Maira me va a matar —dijo Marc, a lo que mi cara adquirió matices de extrañeza.

—¿Matar? ¿Por qué? ¿En qué sentido?

—En el sentido de que ha visto cómo me has besado, igual que a Austin. Ahora me echará la culpa a mí de ser demasiado amable contigo; puede llegar a ser muy desagradable con sus palabras.

—Marc. ¡Mírame! No va a hacer nada. Esa mujer es una amargada que solo sabe meterse en los asuntos de los demás. Más le vale preocuparse por ordenar las múltiples deformidades que tiene su vida y dejar que los demás hagan la suya propia.

—Sí, pero luego el que tiene que soportar mensajes en el teléfono soy yo, no tú…

—¿Mensajes en el teléfono? ¿Hasta ese punto llega la arpía? Un bloqueo a tiempo siempre puede ser beneficioso, Marc. Me sorprende tu bondad excesiva .

—Lo sé, soy así. Y siempre lo seré. Las personas que son buenas no pueden hacerse malas; en cambio, las que son malas sí pueden hacer algo para remediarlo, y creo que eso le pasará al final a Maira.

—Eso, o que alguien le dé una buena lección…

Mis ojos giraron hacia ella, descubriendo que ella también me miraba a mí con recelo y apatía.

—No harás nada, ¿verdad, Catrine? —preguntó Marc mientras observaba cómo mis ojos apuntaban a Maira con carácter.

—No te preocupes, amigo. Sé apañármelas sola.

Una sonrisa sarcástica asomó en mi boca para después guiar mis ojos hacia mi fiel compañero de mesa.