La maldición de Catrine 7. Austin Simonsen
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7. Austin Simonsen

Lo de Clark fue otro episodio desagradable en mi vida amorosa. Otra casualidad negra que me llevó a estar un par de años sin tener relaciones sexuales ni albergar sentimientos un poco más atrevidos de la cuenta.

Pasé esos dos años recluida en mi familia, estudios y amistades, tratando de olvidar que un día sentí algo por alguien o tuve necesidad de tener relaciones sexuales.

Nada podía hacerme creer que aquellos cuatro suicidios en poco más de tres años fuesen una casualidad del destino.

Y la Piedra de los Recuerdos se encargaba de recordarme que aquella pitonisa me explicó que algo estaba mal en mi interior para que todo eso sucediera.

Pero, como con todos los sucesos repetitivos a los que se ve sometido el hombre, mi curiosidad por saber si podía volver a suceder iba creciendo a medida que los días iban transcurriendo.

Ya había terminado mi carrera de letras y ahora me encaminaba hacia un bufete de abogados para llevar a cabo mis prácticas como aprendiz.

Mis veinticuatro años eran un ejemplo a seguir para muchas mujeres treintañeras que creían que tener esa edad era sinónimo de ser inteligente.

Pronto quedó constancia de que la inteligencia no se mide por el grado de experiencia que se tenga o se adquiera sino por la capacidad de resolución de la que se disponga cuando surge un problema inesperado.

En poco más de tres semanas ya no cabía duda de que las mujeres me envidiaban y los hombres me admiraban y, cómo no, estos últimos me desnudaban con la mirada.

Y de entre todos ellos hubo uno que hizo especial hincapié en ello, Austin Simonsen.

Era el joven abogado con más talento de todo el despacho; sin él, Jansen hizo que mi gesto se tornase más elegante.

Ese primer contacto con Austin ya me dejó claro que quería ir a por él: su olor a hombre pulcro y su actitud de macho dominante me encantaron.

No tardaría en sucumbir a mis encantos de mujer.

Aunque, a decir verdad, no las tenía todas conmigo al ver el rechazo que expresaba sobre Maira.

Ella era bastante atractiva y, sin embargo, no parecía atraerle en absoluto, ¿por qué iba a ser yo diferente?

En aquel momento nadie me podía asegurar que yo le pareciera más atractiva y las palabras que habíamos cruzado en el ascensor no habían salido de lo puramente profesional.

Así que decidí que sería yo la que atacase primero, pero antes debía colocar a Austin en una situación que me permitiese llevar a cabo mi plan de seducción.

Al mediodía tocaba salir a tomar un descanso para comer y reponer fuerzas.

La gente del bufete acostumbraba a ir a una cafetería que había justo enfrente del edificio.

Marc, mi compañero de mesa, me había invitado a comer con él para que no me sintiese sola.

Siempre estaré agradecida a ese chico. Es un encanto de persona y muy guapo, pero, lamentablemente, es de esos hombres a los que ves y que solo son capaces de inspirarte una preciosa amistad duradera.

A día de hoy lo agradezco porque me habría sentado mucho peor su muerte, de haberme acostado con él, que la de muchos otros.

Es un encanto, y siempre lo será. Pues bien, Marc fue el que me instruyó durante los primeros días, él fue mi apoyo incondicional para cualquier duda que se me plantease.

Él fue quien me guio en esos primeros momentos de incertidumbre tensa cuando no conoces a nadie y cualquier actuación propia es observada por innumerables ojos fisgones, esperando que cometas ese fallo crucial para luego tener algo de qué hablar durante los descansos.

Afortunadamente no fue mi caso y solventé esos primeros días con mucha profesionalidad y naturalidad, gracias en parte a Marc, claro.

Tanto fue así, que los jefes quedaron impresionados conmigo y me ofrecieron el primer contrato de mi vida profesional mucho antes de terminar mis prácticas, algo insólito.

Por ese motivo, las mujeres, en especial Maira, comenzaron a incubar sentimientos de odio y envidia hacia mi persona, situación en la que siempre estuve respaldada: primero por los directivos de la empresa y, segundo, por todos los compañeros de género masculino del despacho, cosa que ponía más de los nervios a más de una arpía sin vida propia ni bienestar emocional y físico.

Ese segundo día, una vez ubicados todos en esa cafetería habitual, el pobre Marc había hecho un esfuerzo para que su amigo y compañero Óscar se sentase con nosotros y no con esa arpía con la que salía, Vanessa.

Ella se había negado a sentarse conmigo según me aclaró Marc después de que Óscar se lo confesara, un rato más tarde, tras mentir delante de mí: «Ha dicho que tiene que aclarar unas cosas con Maira», había afirmado Óscar .

Cuando terminamos la comida observé cómo Austin se dirigía hacia los servicios del local.

Era mi momento de forzar un encuentro casual a solas con él.

Así que me levanté y corrí hacia allí fingiendo que tenía necesidad de orinar y asearme un poco.

Pero ¡diablos! La arpía número uno, Maira, ya se adelantaba a mí y mi plan daba un giro inesperado hacia el lugar menos deseado, un encuentro a solas con Maira en el aseo.

Así que, de nuevo, pensé en fingir que alguien me llamaba al teléfono móvil, pero pronto caí en la cuenta de que se encontraba sumergido en el fondo del bolso y este, colgado en la silla.

No podía eludir ese encuentro, estaba obligada a hablar con ella a solas.

Así que me armé de valor y afronté la situación de la mejor forma posible.

—Hola, novata —dijo a mi espalda mientras me miraba a través del gran espejo del baño.

—Hola.

—He visto cómo miras a Austin, quiero advertirte que ese hombre me pertenece, así que no trates de hacer nada de lo que tengas que arrepentirte después.

—¿Y quién eres tú para saber lo que pienso o dejo de pensar?

Me giré hacia ella mostrando valentía.

—Una niñata como tú no va a lograr que él se aleje de mí. Es mío.