La maldición de Catrine 6. Clara Bohr #3
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6. Clara Bohr #3

Una vez allí le pregunto qué quiere tomar.

Me dice que un té negro estaría bien. Comienza a hacer frío y es una buena elección, aunque yo prefiero tomar un whisky seco irlandés.

El camarero, un joven alto y rubio con cara de más tonto que listo, me dice que solo tienen el Connemara, y es justo mi preferido.

Asumo que el camarero no es tan tonto como parecía.

—Bueno, Clara. Supongo que te preguntas el porqué de nuestra reunión.

Doy un trago al whisky con semblante elegante.

—Tú dirás.

Prepara su té .

—Olvidé decirte que no puedes salir a la calle sin protección siendo tan guapa. Una chica tan bella y simpática debería tener como mínimo una persona que le escoltase.

Sonrío con aire de seducción. No he podido ser más directo. Si es una chica lista debe haber captado el mensaje.

—Así que Catrine tenía razón, eh. Eres un granuja. Seguro que te ligas a todas las chicas que puedes estando de servicio.

Sí, parece que lo ha captado.

—Hago lo que buenamente puedo, sí.

—¿Y yo soy una de ellas?

Se riza un tirabuzón de su pelo negro con el dedo mientras me mira sonriente.

—Lo has adivinado. Además de guapa eres una chica lista.

Mi sonrisa es ahora sensualmente obligatoria.

—Esta reunión no es con motivo del suicidio de Clark, ¿verdad?

Es su mirada ahora la que trata de seducir.

—Cierto.

—¿Y qué tienes pensado?

—Tengo mi coche aparcado en esa esquina, mi casa no queda demasiado lejos. Y este whisky no es el que he pedido, debe haberse equivocado el camarero.

Entonces pienso que, definitivamente, es tonto.

—Suena sugerente, Bent Meyer. Pero no voy a aceptar tu proposición, al menos no a tu manera, o como tú piensas.

—¿Cómo? ¿Por qué ?

—No soy de ese tipo de chicas… ya me entiendes.

—No, no te entiendo. Explícate mejor.

—Venga. Vamos a tu casa. Allí te lo explico.

—Está bien.

El whisky se queda a medias, pago por no montar un espectáculo en medio del bar.

Agarro a Clara de la mano y salimos hacia el coche.

La noche ya cubre con su manto todo alrededor.

El coche descansa bajo la luz de una farola, como si fuese el protagonista de una obra de teatro, o un cantante de ópera, o una estrella del rock, pero no, es un trasto antiguo que a veces me hace preguntarme si podré llegar con normalidad a mis destinos.

A diferencia de lo que la mayoría de la gente piensa, los detectives no ganamos grandes sumas de dinero, y a veces, cuando sí las ganamos, somos propensos a gastar ese dinero en cosas sucias o que contrastan negativamente con nuestra profesión.

Una vez en casa, Clara es testigo de mis miserias, mi desorden y mi espantoso apartamento mediocre.

Realmente me trae sin cuidado lo que pueda pensar esta chica, solo la quiero para pasar un buen rato y ya he logrado que venga.

Ha accedido a acompañarme, y eso es una señal irrefutable de que quiere sexo.

Estoy seguro, pero ¿qué ha querido decir con que no es ese tipo de chica?

Puede que al final me resulte mucho más difícil llevarla a la cama.

—Bienvenida a mi hogar. Siéntete en tu casa.

Le quito el abrigo. Ordenado no seré, pero como caballero no me gana nadie.

—Es… es… acogedor.

Su cara de asco contradice sus palabras mientras observa en derredor .

—No te preocupes, la asistenta está enferma y no ha podido venir, lo siento, pero soy un desastre con la casa.

—No hace falta que lo jures.

—Bien, ¿puedes explicarte mejor ahora?

—Sí, claro, Bent Meyer. Quieres sexo, ¿no es eso?

Se abalanza sobre mí, colocando su dedo en mi nariz de forma sensual, arrinconándome contra la pared.

—Pues claro, ¿qué si no?

—Pues… decía que no soy esa clase de chicas que van acostándose con el primero que se lo propone…

—Ah, ¿no? ¿Y qué haces aquí?

—No has dejado que termine… No soy esa clase de chicas, a no ser que me paguen por ello, ¿lo entiendes mejor ahora?

—¿Eres puta?

—Así se ha llamado vulgarmente desde hace siglos, sí. Aunque a mí me gusta llamarme «señorita de compañía», suena más fino y elegante.

Joder, qué tonto eres. Pudiendo tener sexo gratis y te metes en este fregado, con esta diosa delante, insinuándose, con el miembro como bate de béisbol. «Desgraciado», pienso.

—Está bien. ¿Cuánto?

Me susurra al oído una cantidad que parece muy asequible.

Aun así, trato de que me aplique un descuento, al fin y al cabo, está en mi casa.

Pero mis ganas no me dejan pensar con claridad y accedo a hacerlo por el precio que me había estipulado.

Sigo siendo y sintiéndome tonto de remate, incluso más que el camarero .

Los encantos de Clara dejan una huella inesperada en mí, una marca que me lleva a querer verla más veces con la intención de acercarme más a Catrine. No sé si ella se dedica a lo mismo que su compañera, pero si es así, pronto me encontraré disfrutándola a ella también.

Fumo un cigarrillo mientras sostengo una copa de whisky, esta vez sí, del bueno, y observo las luces de la fría noche de la ciudad.

Veo a Clara subirse al taxi que la llevará de regreso a casa.

Y aquí me quedo, solo, como siempre, no como los millones de estrellas que se esculpen en el firmamento, lejanas a mí, juntas entre ellas.

Y parece que el único ser solitario del planeta soy yo en este momento.