6. Clara Bohr #2
En la cafetería habitual de enfrente de comisaría, Shana, la camarera del turno de tarde, ya se está colocando el delantal para ponerse a trabajar, haciendo el relevo a Mays, la guapa camarera del turno de mañana, la que se encarga de excitar, siempre de forma inconsciente, a todos los policías y vecinos del lugar.
Aunque yo siempre he preferido a Shana, ese aire de señorita dulce e inocente que luce Mays no va conmigo.
Shana es mucho más abierta y de carácter mucho más informal y rebelde, justo como me gustan a mí las mujeres, como Clara, la amiga de Catrine; ese aire chulesco y pasota ha hecho que mis sentimientos por Catrine varíen hacia un camino secundario por un tiempo.
Un camino que resulta ser un atajo para llegar al final.
Pues bien, Shana viene a tomarme nota, como suele ser habitual en ella, sonriéndome con sexualidad, sabiendo que a veces somos fuego entre sábanas, dejando de lado a otros clientes mientras hace que yo me salte turnos en la espera para ser atendido.
Es lo que tiene parecerle atractivo a la chica del bar habitual, siempre pueden atenderte en ese local antes que a nadie, incluso antes que tus propios jefes, y eso es algo que puede crear un placer escondido entre sonrisas falsas, algo que puede hacer crecer tu ego hasta bien arriba, algo que es mejor que no suceda a menudo.
—Hola, bombón. Por tu cara diría que no has comido.
Me conoce demasiado.
—Cierto. ¿Qué me vas a traer?
—Lo que me pidas, bombón.
—Te pido que traigas lo que más rápido puedas traer; tengo prisa.
—¿No quieres quedarte con mami un ratito ?
—No, Shana. Hoy estoy cansado, necesito descansar. Mañana te veo.
—Como quieras, papi. Tengo ganas de lamerte enterito.
Su susurro casi llega a convertirse en ese lametazo que pretende ofrecerme. Noto su aliento cálido en mi oído como golpes de cama en una noche de sexo frenético. Alejo un poco la cara; ella no me interesa hoy, lo que quiero es comer deprisa y llamar a Clara.
Y así lo hago. Engullo el pan inflado y las rodajas de beicon que me ha traído Shana.
No es una comida que me apasione, pero le he pedido que trajese lo que más rápido pudiera, y esto era lo que había.
No puedo quejarme. Shana siempre me ha tratado genial, mucho mejor que yo a ella.
Y eso es un regalo que debo aprovechar, al menos mientras dure.
Al salir a la calle noto la brisa fresca golpeando mi rostro.
Es sábado y la calle huele a tiempo libre, de ese del que yo no puedo disponer nunca porque siempre ando inmiscuido en mis casos; no logro desconectar, y ellas, las mujeres, tampoco me dejan pensar con demasiada claridad.
Ella menos que ninguna: Catrine. Maldita, tuviste que entrar en mi vida de aquel modo, tuviste que hacerlo sin avisar, con esa mirada de niña buena.
Subo a mi coche y me dirijo hacia la casa de Clara.
Allí ya no queda ni rastro del cadáver. La vida sigue su curso normal en el barrio después de haberse enterado medio vecindario de que un joven americano había aparecido muerto.
No sé quién ha filtrado la noticia entre los vecinos, pero se ha filtrado tanto que ha llegado a manos de la televisión local, algo que no ayuda a mi trabajo.
Pero vaya, esta vez no son fines profesionales lo que me trae aquí.
Esta vez vengo con la intención de camelar a la guapa Clara Bohr.
Si no me equivoco, su mirada decía mucho más de lo que sus labios hablaban.
He notado esa mirada que me desnudaba. Puede que esté equivocado, pero mi instinto masculino me dice que así ha sido, y pocas veces me ha traicionado a lo largo de tantos años. Debo fiarme de él.
Observando la ventana de la casa de Clara, imaginando la escena de sexo que el pobre Clark tuvo que vivir anoche, agarro el teléfono y llamo a Clara. Tres tonos después su voz irrumpe en mi oído.
—¿Sí?
—Clara.
—Sí, ¿quién es?
—Soy Bent, Bent Meyer.
—Ah, hola, Bent. ¿Ocurre algo?
—No, nada importante. Bueno, en realidad, hay algo que olvidé decirte en comisaría. Algo que deberías saber.
—¿Y bien?
—Es mejor que te lo diga en persona; son cosas que es mejor hablarlas cara a cara. Precisamente estoy cerca de tu casa; si tienes un minuto…
—Sí, claro. Trataba de relajarme un poco, pero sí. Supongo que puedo atenderte.
—Está bien, dame dos minutos.
—De acuerdo.
—Hasta ahora.
—Adiós.
Observo la ventana mientras guardo el teléfono en la gabardina y extraigo un cigarrillo que sabe a plan saliendo a la perfección. Si sigue así, dentro de un rato estaré gozando de esta preciosidad llamada Clara en la cama.
Aplasto el cigarrillo contra el suelo con mi zapato cuando quedaba más de la mitad, introduzco mis manos en los bolsillos de la gabardina y me acerco a la puerta. Llamo.
—¿Sí?
—Soy Bent.
—¿Quién es Bent?
—¿Clara?
—Ah, no. Yo soy Lucía. Clara está en el baño, creo. ¡¡Clara!! Es para ti… —Se hace un breve silencio—. Sí, dice que baja enseguida.
—De acuerdo, esperaré aquí. Muchas gracias.
—No hay de qué. Hasta luego.
Observo el barrio. Es la zona del centro, el canal marcha sobrio por detrás del edificio.
La tarde está cayendo ya, y los barcos parecen regresar a puerto.
A veces, viendo cómo los barcos atracan en sus lugares correspondientes, puede uno llegar a pensar que es más fácil ser barco que persona, sin sentimientos ni confusiones, manejado por un dueño que sabe comprenderte y conducirte por las sendas más adecuadas, mimándote, curándote cuando te hieres, dándote compañía durante horas, hasta conversación si es necesario.
Conozco marineros que pasan tantas horas en alta mar que sus barcos, según ellos, tienen vida propia.
Aseguran que tienen conversaciones de todo tipo con ellos, incluso que llegan a comprenderlos tanto o más que muchas personas.
Es algo que siempre me resultó misterioso; supongo que solo los marineros entienden ese tipo de sensaciones .
Oigo un ruido en el portal del edificio.
Es Clara. No viste como esta mañana. Ahora lleva unos vaqueros rotos y una camiseta blanca, holgada, corta hasta el ombligo y con un gran escote cuya tela cae insinuando unos pechos bastante prominentes.
Sonríe al verme, y eso corrobora mi teoría instintiva de que en pocas horas estaré haciendo el amor con ella.
—Hola, Bent.
—Hola, Clara.
—Dime…
—Vamos a un lugar más tranquilo —digo; quiero llevarla a mi terreno, alejarla de su casa un poco, que no sienta necesidad de subir enseguida—. He visto un bar en la esquina, vamos, te invito.
—Está bien.
Acepta deprisa. No hay duda ya, le he gustado en silencio, solo trataba de quedar bien delante de su amiga con esos comentarios despectivos sobre mí en comisaría.