La maldición de Catrine 6. Clara Bohr
23%

6. Clara Bohr

De nuevo, Catrine. Han pasado cinco días desde nuestro primer encuentro y ya estamos otra vez en la sala de interrogatorios de la comisaría, pero esta vez está acompañada por otra muchacha casi tan hermosa como ella, aunque de pelo más oscuro, tez más clara y rasgos más agresivos, de actitud algo más chulesca y altiva. Se llama Clara Bohr.

Las dos visten atuendos capaces de cortar la respiración a cualquier hombre que ose mirarlas.

Las dos, alumnas de Lars Anderssen, el profesor de Matemáticas suicida.

Las dos, implicadas en otro suicidio, después de otro acto sexual.

Las dos, fumando ante mí, con cara de desprecio absoluto.

Mi mente está tan confusa como nublada por la belleza de estas dos damas.

Siento envidia a la vez que pena por el joven americano que ha sucumbido a sus encantos.

Su familia todavía no sabe que está muerto.

No hemos podido contactar con ellos. Tal vez no tenga familia y sea un tipo solitario que viaja así, sin nadie más, sin temer a nada.

Está claro que no temía a la muerte por el modo en que se ha ahorcado con el asa de su mochila.

Son las dos de la tarde y yo debería estar comiendo y no aquí, pero es Catrine, la misteriosa Catrine, con su misterioso caso de suicidas sexuales.

Y este asunto empieza a pesar demasiado.

El hambre parece esfumarse cuando comienzo la ronda de preguntas.

Estoy nervioso por tenerla delante de mí de nuevo, pero no he de mostrarlo, he de evitar por todos los medios que lo noten, sería cederles terreno a un juego femenino que saben dominar muy bien con sus armas, con sus ironías perspicaces y miradas locuaces.

—Bien. ¿También vas a decirme que es casualidad esta vez, señorita Catrine ?

—¿Cómo que esta vez? ¿Ya os conocíais?

Clara parecía asombrada.

—Sí, Clara. Verás…

—Sí, la señorita Catrine no es la primera vez que se somete a interrogatorio en esta sala, ¿verdad, Catrine? —interrumpí.

Ella me miró como perdonándome la vida. Me sentí poderoso. Por poco tiempo.

—Sí. Deberías contarle a mi amiga Clara que has estado insinuándote y mirando hacia partes de mi cuerpo que un policía no debería mirar.

Su contraataque fue demoledor, no exento de razón.

El silencio invadió todo por un instante.

—No llevemos esto al terreno personal, por favor. Yo nunca he hecho eso, señorita, cuide sus modales.

—Empieza tú por ser profesional, señor Bent. Y me has vuelto a llamar de usted.

Catrine me dominaba. No podía hacer nada al respecto; su energía, tan cercana, era demasiado influyente en mi persona.

—¿A qué estamos jugando? —preguntó Clara rompiendo aquel momento de extraña tensión.

—Esto no es ningún juego, señoritas. Decidme qué estabais haciendo con ese americano. Os recuerdo que está muerto.

—Murió mientras dormíamos —dijo Clara—. No sabemos más.

—¿De qué le conocíais?

—De un rato. Le conocimos por la tarde. Nos preguntó si podíamos ayudarlo con la orientación; parecía algo perdido .

Clara parecía bastante dada a hablar y quise aprovechar esa baza.

—¿Y vosotras dos? ¿De qué os conocéis?

—Eso no importa.

Catrine contestó con chulería; Clara parecía ser más dulce, dato que cambió más tarde.

—Sí, sí importa. Debemos saber qué relación os une, podría ser determinante para llegar a conclusiones. ¿De qué os conocéis?

—A mí este tío empieza a cansarme, Catrine. ¿Has terminado ya? ¿Podemos irnos a casa?

Clara comenzó a sacar su lado más oscuro.

—No, no he terminado todavía. Debéis responder a mis preguntas si no queréis tener problemas mayores con la ley.

—¿Y si nos negamos a responder?

Una calada al cigarrillo para después apretujarlo contra el cenicero sucio de la mesa siguió a esa frase; la mirada de Clara era arrolladora.

—Entonces no tendré más remedio que acusaros como presuntas homicidas.

Estabais en el lugar del suceso cuando el sujeto murió.

Bien podría ser una trama trazada por las dos para deshaceros de él.

Puede que fuese el típico americano que viene a Copenhague y cree que tiene poder sobre las mujeres por ser americano, os molestó y le disteis su merecido.

Eso no se sabe. Lo cierto es que está muerto, que falleció en tu casa, señorita Clara, y que las dos estabais presentes y tuvisteis relaciones sexuales con él.

A lo mejor queréis hablar ante un juez, mejor que ante mí, ¿no?

—Este tío me da grima, Catrine. ¡Vámonos !

Clara estaba enfadada, se podía percibir su malestar desde dentro de un cubículo de acero, sumergido en algún océano, a kilómetros de distancia.

—Entendedme, señoritas. Este es mi trabajo, debo hacerlo, y de la mejor forma posible.

Creedme, yo no quiero creer que unas chicas tan dulces como vosotras se dediquen a inducir suicidios de hombres por ahí, pero debo descartar cosas.

Estas preguntas forman parte del protocolo de investigación.

Estaréis de acuerdo con que la forma de morir ha sido un tanto extraña, ¿no?

—La verdad es que sí. En eso llevas razón.

Clara parecía conciliarse un poco.

Catrine no abría la boca, se notaba su preocupación. Yo no podía dejar ver que este era el cuarto hombre que se suicidaba tras tener relaciones sexuales con ella, no ante los ojos de Clara. Por secreto profesional, Clara solo podía ser consciente del caso que le atañía a ella en persona, nada más.

—Estamos diciendo todo lo que sabemos, Bent. De verdad, no es agradable para nosotras todo esto. No lo hagas más difícil.

Catrine rompió su silencio de esa forma, haciéndose la víctima, cosa que me hacía dudar de si decía la verdad.

—Nosotras nos conocemos de la universidad, nada más —dijo Clara—. A Clark lo conocimos ayer por la tarde, en una plaza del centro. Lo llevamos a mi casa y allí, sí, tuvimos relaciones con él, las dos a la vez. ¿Es eso lo que querías oír?

—No. Eso ya lo sabía, las pruebas así lo confirman.

—¿Entonces ?

Tomé un cigarrillo y me lo puse en la boca, torcido; hice pantalla con una mano y con la otra accioné el encendedor, acercándolo en un gesto sutil. El humo corrió por la habitación.

—Entonces no hay más preguntas, por ahora. Podéis marcharos —dije—. Catrine, ¿tienes un segundo?

—Sí, ¿qué pasa?

—¿Nos permites un momento a solas, señorita Clara?

—Por supuesto.

Clara terminó de colocarse el abrigo y salió por la puerta, custodiada por mi compañero Carl, que aguardaba al otro lado.

—Es el cuarto en tu repertorio. De verdad pienso que no ha sido premeditado ninguno de ellos, pero cuesta creerlo, la verdad. Tienes todo mi apoyo. Pero entiende que debo hacer mi trabajo lo mejor que pueda.

—Gracias, detective. Pero sé arreglármelas sola —respondió; esa no era la respuesta que esperaba, pero Catrine nunca era como uno podía esperar—. Cualquier cosa te llamaré, no te preocupes.

—Debes hacerlo, Catrine. Es un caso muy extraño el tuyo. Temo que haya alguien detrás de ti que haga que los chicos se suiciden. Es lo único que cabe pensar. ¿Conoces a alguien que tenga algo contra ti o que se pueda sentir despechado de algún modo?

—No, Bent. Te he dicho todo lo que sé, y estoy tan perdida como tú en este asunto. La diferencia es que a mí me afecta directamente, nada más. Hasta otra, Bent Meyer.

—Adiós, Catrine.

La veo ponerse el abrigo y desaparecer por la puerta.

Me siento solo y desconsolado. Se crea un vacío profundo cada vez que ella se aleja de mí.

Comienzo a pensar que mis ideales sobre este caso van más allá de lo puramente profesional.

A decir verdad, eso ya lo supe cinco días antes, cuando estuve interrogándola por primera vez.

Pero ahora el sentimiento se reafirma, y esas últimas palabras que le he dirigido han salido espontáneas, sin siquiera pensar, como agua que nace de lo hondo de la tierra a borbotones sobre lecho de roca, natural y fresca.

Es sensato pensar que sus encantos invitan a caer rendido a sus pies.

Es acertado razonar sobre sus maneras de entender la vida.

Es una diosa de pelo negro y tez fina y blanca, frágil como cerámica y peligrosa como loba hambrienta.

Un pecado hecho mujer. Y sigo sin entender su falta de agradecimiento hacia mí, con todo lo que he hecho por ella.

Todavía sigue pensando que solo estoy interesado en descubrir la verdad sobre su caso.

Y yo, sin embargo, lo que quiero es que sea mi dueña, sentir su poder sobre mí como el combustible en un motor, como un ancla en el fondo marino, como una muñeca de trapo en manos de una niña; quiero una oleada de sensaciones etéreas.

Es todo lo que quiero y dudo que lo consiga.

Su amiga Clara también es muy bella. No sé por qué me pasa este pensamiento por la cabeza ahora.

Pienso en llamarla con la excusa de que he olvidado decirle algo en comisaría para verla de un modo más personal.

Su número consta en su expediente. No me es difícil conseguirlo.

Los detectives tenemos ese privilegio que no tienen todos los agentes, podemos acceder a bases de datos públicos y reservados de cualquier individuo que exista a efectos legales.

Lo anoto en mi teléfono para llamar más tarde.

Ahora debo comer algo o mis neuronas terminarán por matarse unas a otras por la falta de combustible que les llega después de estar desde las seis de la mañana sin comer nada .