La maldición de Catrine 5. Clark Roberts #3
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5. Clark Roberts #3

Tumbados en una de las camas del Halvandet, reíamos y hablábamos, siempre en conjunción con Clark, conscientes de que no entendía ni conocía muy bien nuestras costumbres.

—Y así es cómo damos aquí las gracias, Clark —dijo Clara.

Le plantó un beso en los labios al que el americano respondió con efusión, y es que ya eran más de cuatro las cervezas que habían caído en nuestro estómago llegados a aquel punto de la tarde.

—¿Las gracias? ¿Por qué? —respondió él después de separarse de los labios de Clara.

—Por ser tan guapo y regalarnos tu presencia —dije—. Gracias.

Me lancé sobre él, besándole con ganas también.

Clark quedó alucinado y con cara de sorpresa absoluta. Miró a Lovise y dijo:

—¿Tú también me vas a dar las gracias? —dijo, y sonrió.

—A mí no me pareces tan guapo —dijo Lovise.

Era comprensible, nos estaba siguiendo el juego, pero ella no tenía ninguna intención de montárselo con él, estaba ciegamente enamorada de Jonas.

Tampoco la hubiese dejado si se le hubiera ocurrido participar en aquel disparate, aunque Lovise no era de ese tipo de mujeres que aman más a los hombres que no están a su lado que al que les ofrece toda la confianza y protección que debe poseer una relación.

Así comenzó nuestro juego. Aquella tarde descubrimos que nos gustaba experimentar y acabamos despidiendo a Lovise y tramando un plan muy distinto del original: ir a casa de Clara y hacer el amor con el americano, ebrios y con ganas de probar cosas que hasta aquel momento eran desconocidas para ambas.

Así no tendría que competir con Clara por Clark, y podría poner a prueba mis desvaríos amorosos.

Borrachos de cerveza danesa como si aquel día fuese la última vez que podríamos probarla, entramos en casa de Clara; un piso compartido con tres chicas estudiantes más, las cuales volvían a sus respectivos pueblos los fines de semana.

Era un piso lúgubre, lleno de trastos y desorden, situado en el centro de Copenhague, con vistas al canal donde pesqueros y navíos descansaban los fines de semana, dando paso a yates y embarcaciones de recreo mientras los transeúntes se diseminaban por ambas orillas, observando el atardecer o las aves acuáticas que viven ahí, o simplemente paseando con sus mascotas, cogidos de la mano.

Al entrar, después de haber estado bromeando y besándonos con Clark a modo de falso agradecimiento durante toda la tarde ante la indigna mirada de la puritana Lovise, no tardamos en lanzarlo sobre la cama más cercana, ¿o era un sofá?

No lo recuerdo bien, esta Piedra de los Recuerdos debe estar comenzando a fallar, no lo sé.

Pues bien, una vez lanzado con agresividad y sexualidad sobre aquella base blanda, fuera cual fuese, comenzamos a lamerle mutuamente cada rincón y a desnudarlo con esmero.

Llevamos a cabo un trío sexual que fue una de las experiencias salvajes más memorables de mi vida.

Y es que ni Clara ni yo volvimos a hablar del tema, sobre todo después de lo que encontramos la mañana siguiente al acto.

No sé lo que fue antes, llegar al orgasmo o quedarme dormida.

Lo que sé es que, al despertar, encontré a Clark de un color morado muy atípico en una persona, frío y con los ojos perdidos en algún lugar de la lámpara que colgaba del techo.

En su cuello se encontraba, de un modo incomprensible, una de las cintas de las asas de su mochila, enganchada y apretada de tal forma que había conseguido cortar la sangre y la respiración.

Clark estaba más muerto que vivo cuando despertamos y para él las del día anterior sí fueron las últimas cervezas de su vida, por ello se dejó llevar tanto por el momento, intuía que aquel era su final, aunque pensándolo bien, no es una mala forma de terminar, deseado y devorado por dos féminas de atractivo sexual avanzado, con ganas de experimentar cosas que hasta el momento parecían inalcanzables para todos los participantes.

Para Clara aquel hecho era algo insólito, pero para mí era algo ya habitual ya; eran cuatro los hombres muertos poco después de hacer el amor conmigo.

Aquello no podía ser casualidad, la gitana del mercadillo lo había dicho claro.

Mis sospechas de que me había convertido en una asesina del amor se demostraban con hechos tan escarpados y difíciles de digerir que hacían que perdiera horas de sueño y que mi apetito se redujera casi hasta desaparecer, algo que podía llegar a acarrear graves problemas de salud.

Con nuestro susto presente llamamos a la policía.

No tardaron en llegar, y cómo no, Bent Meyer lideraba el convoy policial.

Parecía que no me iba a librar de ese poli en la vida, y es que hoy en día todavía lo tengo escribiéndome cada dos o tres días y pidiéndome por favor que vaya a cenar con él, que le conceda una oportunidad.

Es tan tonto que sabe que puede morir y aun así prefiere correr el riesgo.

No puedo entenderlo. Quizá lo que le da morbo es saber que tantos hombres han muerto después de tener relaciones sexuales conmigo.

No lo sé, tendría que entrar en su cabeza para tan siquiera imaginar lo que ahí reside.