5. Clark Roberts #2
—¿Qué pasó en mis primeros días, señora? ¿Qué pasó? —pregunté, ansiosa.
—Solo el paso del tiempo dictará el porvenir, y te mostrará el camino a seguir. Descubrirás todo cuando llegue el momento, alguien te ayudará a hacerlo, en su debido momento, claro. No puedo decirte más. Y ahora, llévate una Piedra de los Recuerdos o págame la consulta, señorita .
—¿Cómo? ¡Nadie le ha pedido una consulta, señora! —gritó Clara.
—Te equivocas, joven. Tu amiga ha sido muy clara: «Quiero saber qué sabe sobre mi vida amorosa». Yo respondí, y ahora me debe dinero. Nadie dijo que fuese gratis la consulta.
La mujer era muy lista, pero dado el porcentaje de aciertos que había tenido merecía ser pagada de algún modo. Así que accedí a comprar una Piedra de los Recuerdos; una piedra que a día de hoy todavía conservo.
—Yo también quiero mi consulta —dijo Lovise.
—Quieres saber sobre tu amor con ese joven danés, ¿verdad?
Clara miraba con indiferencia, al parecer no estaba de acuerdo con que quisiéramos preguntarle.
—Sí, eso mismo. Has dicho que me casaré en España.
—Sí, allí mismo, cerca del mar Mediterráneo, en un bonito paraje natural.
—¿Es el amor de mi vida? —preguntó Lovise, ansiosa.
—Sí. Ahora compra una piedra tú también.
—Lo haré.
—¿Y la joven que atrajo a ustedes hasta aquí en busca de la famosa piedra no tiene nada que quiera saber sobre su porvenir?
Giró sus ojos lentamente hacia Clara, la cual se mostraba de brazos cruzados y mirando hacia ninguna parte con el mentón alzado.
—No, solo quiero la dichosa piedra —respondió Clara, seca .
— deberías saber que tu futuro es turbio, señorita. Ya que me vas a comprar la piedra sí o sí, te diré algo. Debes tener cuidado con quién entra en tu vida; puede arrastrarte hacia caminos nebulosos y violentos. Tenlo en cuenta.
La señora con aspecto de gitana y misteriosa existencia se retiró hacia algún lugar de la trastienda para poco después aparecer con tres cajitas de madera pulida y barnizada en las que una inscripción en forma de símbolo arcaico se dejaba ver con tinta negra intensa.
—Gracias —dijo Clara—, pero me las arreglaré, no hace falta que nadie me avise de cómo irá mi vida. Limítese a darnos lo que hemos venido a buscar.
—Tu terquedad te llevará a esos caminos sin remedio, avisada quedas, muchacha.
»Bien, como vuestra amiga sabe, estas piedras tienen poderes extrasensoriales que refuerzan la memoria.
Tienen capacidades terapéuticas neuronales que invitan a las neuronas de la memoria a conectarse con más fuerza entre sí y a regenerarse de posibles daños por sustancias tóxicas, así como por el deterioro debido al paso del tiempo.
Debéis llevarlas en todo momento con vosotras para que surtan el efecto esperado.
Yo siempre recomiendo que se lleven en colgantes, para ello tienen esos pequeños agujeros, pero también se pueden llevar en el bolso por si un día no va muy a juego con vuestra vestimenta, ya veo que sois mujeres de ir muy elegantes.
Llevadlas cerca de la piel y notaréis los resultados en pocas semanas.
Con el paso del tiempo, recordaréis cosas que creíais haber vivido en anteriores vidas, pero que, sin embargo, pertenecen a esta misma.
Que las disfrutéis. Y tú recuerda que hasta que no llegue esa persona que te ayudará a esclarecerlo todo, deberás vivir con ello, no hay nada que hacer .
Después de esa última frase me miró con sonrisa cómplice y nos entregó una cajita a cada una de las tres.
Nada más haberle pagado una voz nos sorprendió, justo detrás de nosotras.
—Perdónenme, señoritas —dijo al ver que las tres nos girábamos hacia su voz—. Soy americano, estoy aquí de vacaciones y no conozco muy bien la ciudad, ¿podrían ayudarme?
Sonaba tan dulce y tan gracioso con ese acento torpe que daban ganas de comérselo al instante.
Era muy guapo y olía bien; el típico joven americano de pelo largo y claro, con ojos negros, profundos y cara de facciones marcadas.
Su sonrisa hacía asomar dos hoyuelos graciosos a ambas partes de sus labios carnosos y prominentes.
Llevaba una mochila negra sobre camisa a cuadros rojos y blancos, con unos vaqueros desgastados claros y zapatillas Converse.
No pude contestar otra cosa: «Por supuesto.
Has topado con las chicas más adecuadas, nativas de Copenhague».
Su sonrisa lució incandescente, con esos dos cráteres laterales que le daban aspecto gentil y caballeroso.
—Muchas gracias —dijo—. Me llamo Clark Roberts, soy de Searcy, Arkansas. ¿Vosotras sois…?
Su acento era tan gracioso que no pudimos evitar reír, olvidándonos por completo de la mujer mística de la tienda.
—Yo soy Catrine, ella Clara y la morena vergonzosa se llama Lovise. Bienvenido a Copenhague, Clark. Qué nombre tan americano el tuyo.
—Sí, mis padres me lo pusieron en honor a Superman. Son muy patriotas .
—Ya veo, ya. Y dime, ¿qué te trae por estas tierras tan alejadas de tu hogar? Y solo…
Había que hablarle despacio; si no, no entendía muy bien el idioma.
—Siempre he sido un aventurero. Me gusta visitar ciudades lejanas y mezclarme con sus gentes. Aprender el idioma y probar su gastronomía. Ahora tocaba Dinamarca, y claro, uno no puede venir a Dinamarca y no visitar su capital. Y aquí estoy.
—Qué valiente —dijo Lovise.
—Sí, y guapo —dije.
Mi sonrisa seductora se dejó llevar hacia los rasgos tan auténticos y carismáticos de aquel joven americano de gracioso acento y pelo lacio y claro.
—Muchas gracias, ratas.
—¿¿Ratas?? —preguntó Clara, aún parecía algo enfadada.
—«Chicas» habrá querido decir, ¿no, Clark? —dije mientras posaba la mano en su pectoral para comprobar el nivel de atletismo que poseía, descubriendo un torso duro como acero, como el personaje que inspiró su nombre—. Ven con nosotras, te vamos a llevar a unos sitios geniales de la ciudad.
—Me parece fabuloso. Perdón por la equivocación en la palabra, siempre me pasa —contestó, alegre como una paloma ante granos de maíz.
Salimos del mercadillo ruso y fuimos directos al puerto, a Halvandet Club.
Parecía que el plan principal comenzaba a fluir de la forma prevista, pero no olvidemos que el plan se había hilado para tratar de poner a prueba mis amoríos.
Con Clark a nuestro lado, ya no hacía falta ir a ninguna discoteca para ligar, pensaba llevarlo a la cama fuera como fuese; esa era mi principal misión.
El problema fue que Clark pareció interesarse más por Clara que por mí, y aquello me molestó bastante.
Clara no iba a venir en un principio, luego me pidió que la acompañase a ese mercadillo de baratijas, viéndome obligada a gastar un dinero en aquella piedra que estaba reservado para la fiesta, y cuando encontramos al hombre que podía poner a prueba mis desdichas amorosas, va y parece que me lo quiere quitar, una arpía de mucho cuidado, aunque yo, como siempre, supe sacar partido de aquella situación.